En el Cabo Occidental hay más especies de plantas en una montaña que en todo el Reino Unido, y la causa es que el suelo es pésimo
La Región Florística del Cabo ocupa 78.555 kilómetros cuadrados y reúne más de 9.000 especies de plantas vasculares, el 69 % de ellas endémicas. Es el más pequeño de los seis reinos florales del planeta y no llega al 0,5 % de la superficie de África, pero concentra alrededor del 20 % de su diversidad vegetal. La explicación no es que aquí la tierra sea generosa: es exactamente lo contrario.
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Hay una cifra que se repite tanto en el Cabo Occidental que acaba sonando a folleto, y que sin embargo es literal: en el parque nacional de Table Mountain, 221 kilómetros cuadrados, crecen más especies de plantas —más de dos mil— que en todo el Reino Unido. No en una región británica: en el país entero.
Lo interesante no es el dato. Es la razón, que va justo al revés de lo que uno esperaría.
01 Un reino floral del tamaño de Andalucía
Los botánicos dividen el mundo en seis grandes reinos florales. Cinco de ellos son enormes: abarcan continentes enteros. El sexto ocupa 78.555 kilómetros cuadrados en el extremo suroccidental de África, una superficie parecida a la de Andalucía o Austria, y es el único que cabe casi entero dentro de un país.

Las cifras del contraste son incómodas de asimilar. Este reino no llega al 0,5 % de la superficie de África y concentra alrededor del 20 % de toda su diversidad vegetal. Alberga cinco de las doce familias de plantas endémicas de Sudáfrica y 160 géneros que no existen en ningún otro sitio. De las más de nueve mil especies, dos de cada tres no crecen de forma natural fuera de aquí.
La vegetación tiene nombre propio: fynbos, «matorral fino» en afrikáans. Son arbustos de hoja dura y pequeña, brezos, restios parecidos a juncos y proteas. Visto de lejos parece monte bajo mediterráneo cualquiera. Visto de cerca es otra cosa.
02 Dos mil especies en 221 kilómetros cuadrados
La concentración extrema se ve mejor en el caso pequeño. El parque nacional de Table Mountain cubre 221 kilómetros cuadrados sobre la península del Cabo y contiene más de dos mil especies vegetales. Es una superficie menor que la de muchas áreas metropolitanas, y supera en variedad botánica a un país de 240.000 kilómetros cuadrados.
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El reverso de esa riqueza es la fragilidad. La cordillera de Table Mountain tiene la mayor concentración de especies amenazadas de cualquier área continental de tamaño equivalente del mundo. Cuando una planta solo crece en la ladera de un monte, basta con urbanizar esa ladera.
03 El suelo malo como motor
Aquí llega la parte contraintuitiva. El fynbos crece sobre arenas ácidas y suelos pobrísimos derivados de la arenisca de Table Mountain: prácticamente sin nutrientes, sin capacidad de retener agua y sin materia orgánica acumulada. En condiciones así, ninguna planta puede crecer rápido y tapar a las demás.
En un suelo fértil, dos o tres especies vigorosas acaparan la luz y el resto desaparece: por eso un bosque templado europeo tiene pocas especies dominantes y mucha biomasa. En un suelo pobre no hay ganadoras claras. Cada especie se especializa en un nicho minúsculo —una orientación, un grado de acidez, una profundidad de arena— y compite poco con la vecina.
A eso se le suma el relieve. El Cinturón Plegado del Cabo son cadenas de arenisca casi paralelas, plegadas, que alcanzan los 2.325 metros y trocean la provincia en valles con orientaciones, lluvias y suelos distintos. Cada valle es un laboratorio aislado; cada aislamiento fabrica endemismos. Es la misma aritmética que en cualquier archipiélago, pero hecha con montañas.
04 Un paisaje que necesita quemarse
Falta el tercer ingrediente, y es el que más desconcierta al visitante: el fuego. El fynbos es un matorral propenso a arder, y no por accidente. Muchas de sus plantas dependen del incendio para reproducirse: guardan las semillas en conos leñosos que solo se abren con el calor, o necesitan el humo para germinar.

El intervalo natural que se cita con más frecuencia está entre los diez y los veinte años. Quemar demasiado a menudo agota las plantas que aún no han producido semilla; no quemar nunca deja que unos pocos arbustos altos ahoguen al resto. El equilibrio es estrecho y la gestión del parque consiste, en buena medida, en administrarlo.
Para quien llega de fuera esto exige un ajuste mental. Una ladera negra y calcinada en el Cabo Occidental no es necesariamente un desastre: en muchos casos es el primer paso de un ciclo, y al invierno siguiente esa misma ladera florece más que ninguna otra.
05 Dos océanos con doce grados de diferencia
El otro rasgo físico que ordena la provincia está en el agua. Por la costa occidental sube la corriente de Benguela, fría y con afloramiento de aguas profundas; por la costa oriental baja la de Agulhas, cálida. Las dos se encuentran en el extremo sur del continente, y el efecto es medible en cualquier playa.
En el litoral atlántico de Ciudad del Cabo el mar puede quedarse en 10 grados, con una media anual de 13. En False Bay, al otro lado de la misma península y a menos de veinte kilómetros por carretera, la media anual es de 17 y en verano pasa de 22. Bañarse en un lado o en el otro son dos experiencias distintas el mismo día.
Esa asimetría también explica el clima. El Cabo Occidental es la única parte de África con clima mediterráneo de verdad: inviernos frescos y lluviosos, veranos secos y calurosos. Ciudad del Cabo recibe 492,8 milímetros al año, de los cuales 92,3 caen en junio y apenas 9,4 en enero. Es un régimen invertido respecto al resto de Sudáfrica, donde llueve en verano.

06 Lo que esto cambia para quien viaja
La primera consecuencia es que hay que cambiar la escala de la mirada. En el Cabo Occidental el espectáculo no está en el animal grande que cruza el horizonte, sino en el metro cuadrado que tienes delante. Una ladera que desde el coche parece matorral seco contiene, si te agachas, una docena de especies que no existen en ningún otro lugar del planeta.
La segunda es que el calendario manda más de lo habitual. Con lluvia de invierno y sequía de verano, el paisaje está verde y florido entre agosto y octubre, y pardo y polvoriento en enero y febrero. Es lo contrario de lo que ocurre en el resto del país, y quien combina las dos zonas en un viaje tiene que elegir a cuál sacrifica.
Y la tercera es de expectativa. Esta es la esquina de África que menos se parece a la idea que uno trae de África: sin malaria, con clima mediterráneo, dos océanos de temperaturas incompatibles y un matorral que hay que quemar para que siga vivo. Es un lugar que se entiende mejor con una lupa que con unos prismáticos.
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En el Cabo Occidental casi todo lo que merece la pena ver ocurre en temporada baja

El Cabo Occidental para quien quiere naturaleza sin safari: al volante, sin madrugones y sin malaria
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