Las islas de la Columbia Británica son cumbres: la cordillera sigue por debajo del agua
La provincia tiene más de 27.000 kilómetros de costa y unas 6.000 islas en un territorio de 944.735 kilómetros cuadrados donde el 75 % está por encima de los mil metros. No son datos independientes: la cordillera de la Costa se hunde en el Pacífico, y lo que asoma por encima del agua son sus crestas.
Mira el mapa de la costa canadiense del Pacífico y verás algo que parece un error de impresión: una franja de tierra deshilachada en cientos de tiras verticales, con el mar metiéndose entre ellas en cortes largos y estrechos. Cualquiera diría que ahí ha pasado algo violento.
Ha pasado, en efecto, aunque lentamente. Lo que se ve en ese mapa es una cordillera parcialmente sumergida, y las islas son la parte que todavía asoma.
01 Mil seiscientos kilómetros contra el Pacífico
La cordillera de la Costa recorre unos 1.600 kilómetros de norte a sur y tiene una anchura media de 300. Su punto más alto enteramente dentro de la provincia es el monte Waddington, con 4.019 metros, que está al noreste de la cabecera de un fiordo. Guarda ese detalle: una cumbre de cuatro mil metros a la vuelta de la esquina de un brazo de mar.

Esa cordillera no termina limpiamente en la costa, como pasa en casi todo el mundo. Se mete en el océano y sigue. Lo que en un mapa aparece como litoral es en realidad la línea variable donde el agua alcanza a cubrir la montaña, y esa línea corta la ladera a media altura.
El resultado numérico es una costa de más de 27.000 kilómetros para una provincia que, medida en línea recta de norte a sur, tiene poco más de mil. Ese factor de veinticinco a uno es la medida exacta de lo enredado que está el borde.
02 Lo que hizo el hielo
El agente que talló todo esto fue el hielo, y la provincia todavía conserva la maquinaria: la cordillera de la Costa alberga los mayores campos de hielo de latitud templada del mundo. Durante las glaciaciones, lenguas de hielo enormes bajaron por los valles fluviales existentes y los excavaron mucho más de lo que un río puede excavar.
La diferencia es geométrica y se ve a simple vista. Un río corta un valle en forma de V, estrecho abajo. Un glaciar, que ocupa todo el ancho del valle y arrastra roca por el fondo y por los lados, lo deja en forma de U: paredes casi verticales y fondo plano y muy profundo.
Cuando el hielo se retiró y el nivel del mar subió, el océano entró por esos valles en U. Un fiordo no es más que eso: un valle glaciar inundado. Por eso las paredes caen a plomo y por eso, navegando por el centro, no se ve playa a los lados.
03 Seis mil islas que antes eran crestas
El mismo hielo excavó canales en todas direcciones, siguiendo las fracturas y los valles preexistentes. Los libros de geografía lo describen sin rodeos: los canales excavados por el hielo son tan numerosos y de direcciones tan variadas que la costa rocosa queda dividida en miles de bloques insulares, unos grandes y montañosos y otros meros salientes o arrecifes.
.jpg?width=1200)
De ahí salen las aproximadamente 6.000 islas de la provincia, casi todas deshabitadas. Y de ahí sale también un rasgo que se nota nada más mirarlas: están alineadas. No están repartidas al azar, como en un archipiélago volcánico; se orientan casi todas en la misma dirección, porque son los tramos que quedaron entre canal y canal.
Dicho de la forma más simple posible: si mañana bajara el nivel del mar doscientos metros, esas islas dejarían de serlo y se verían como lo que son, las partes altas de un relieve continuo.
04 Por qué el fiordo es más hondo por dentro
Hay un detalle de los fiordos que sorprende a cualquiera que llegue en barco y mire la sonda. Casi todos son más profundos por dentro que en su propia entrada. Es exactamente al revés de lo que hace un río, que se va ahondando hacia el mar.

El motivo es que el glaciar perdía fuerza al acercarse a su final. Excavaba con toda su potencia en el tramo alto y medio, y en la boca, donde se derretía, dejaba de excavar y soltaba los materiales que arrastraba. Ahí queda un umbral de roca y morrena, un escalón sumergido que hace de tope.
Ese umbral tiene consecuencias biológicas: limita el intercambio de agua con el océano abierto y hace que el fondo de algunos fiordos funcione como una cuenca aislada. Es una de las razones por las que estas aguas concentran tanta vida y por las que el salmón, las ballenas y las focas se comportan aquí como en pocos sitios.
05 Una provincia donde el mar es la carretera
Todo lo anterior tiene una traducción cotidiana. Construir carreteras en un relieve así es carísimo, y en muchos tramos directamente imposible: no hay llanura litoral por la que pasar, solo ladera cayendo al agua. El 75 % de la provincia está por encima de los mil metros y solo el 5 % es cultivable.

La solución fue no pelearse con la geografía. La red de transbordadores funciona como una prolongación de la red de carreteras: los barcos llevan coches, tienen horarios de línea regular y conectan tramos de asfalto separados por agua. Hay comunidades enteras a las que solo se llega en barco o en avioneta, y no son casos exóticos: son parte del sistema.
Conviene añadir el contrapeso. En la esquina suroeste, donde el relieve deja algo de sitio, vive la mayor parte de los 5,6 millones de habitantes de la provincia. El resto del territorio es enorme y está prácticamente vacío, con un 12,5 % de la superficie —unos 114.000 kilómetros cuadrados— bajo alguna figura de protección.
06 Lo que esto cambia para quien viaja
La primera consecuencia es que aquí el itinerario lo dicta el horario del barco, no el mapa. Dos puntos que están a treinta kilómetros en línea recta pueden exigir un rodeo de trescientos por carretera o una travesía con salidas contadas. Antes de reservar alojamiento conviene mirar la tabla de horarios, no la distancia.
La segunda es que el trayecto es parte del viaje y no un trámite. Cruzar un brazo de mar entre paredes de montaña, con el bosque cayendo hasta el agua, es exactamente el mismo paisaje que se ha ido a buscar. Contarlo como tiempo perdido es un error de contabilidad.
Y la tercera es de escala. Una provincia de 944.735 kilómetros cuadrados no se recorre: se elige un trozo. La península del suroeste y la isla grande son un viaje; los fiordos del norte son otro; el interior seco, al otro lado de la cordillera, es un tercero que ni siquiera se parece a los anteriores. Intentar los tres es la manera más eficaz de no ver ninguno.
En la Columbia Británica el mayor espectáculo natural no es anual: llega cada cuatro años

La Columbia Británica para tres generaciones viajando juntas: el barco como transporte y la naturaleza sin esfuerzo



.jpg?width=1600)