Georgetown se construyó en madera porque el suelo es barro.
La capital de Guyana se levanta sobre una llanura aluvial que queda por debajo de la marea alta. Ese dato explica su cuadrícula, sus canales, su muro marítimo y una arquitectura de tablón y pilares que no se parece a ninguna otra del continente.

01 Una llanura por debajo de la marea
La ciudad se asienta en la orilla derecha del río Demerara, donde el agua dulce se encuentra con el Atlántico. El terreno está en torno a noventa centímetros por debajo del nivel de la marea alta, así que el mar no está por debajo de la ciudad: está por encima.
Eso obliga a una infraestructura que no se ve en un primer paseo y que lo condiciona todo: un largo muro costero al norte, una red de canales que recoge el agua de lluvia y unas compuertas que la sueltan al mar cuando la marea baja.
El trazado también viene de ahí. Las calles siguen una cuadrícula de norte a sur y de este a oeste heredada del sistema de drenaje neerlandés, en el que cada parcela tenía su zanja y cada zanja su salida. Caminar por el centro es caminar por un plano de desagüe.

02 Por qué todo es de madera
En una llanura de arcilla blanda, un edificio pesado se hunde. La madera, en cambio, es ligera, se apoya sobre pilares y admite reparaciones parciales. En un país cubierto de bosque, además, era el material que estaba a mano.
El resultado es una arquitectura reconocible: casas elevadas sobre columnas para que el aire —y el agua— pasen por debajo, galerías corridas, persianas de lamas, ventanas que se abren hacia fuera y tejados de dos aguas muy inclinados.
La pieza que más impresiona es la catedral anglicana de San Jorge, terminada a finales del siglo XIX: cuarenta y tres metros y medio, íntegramente en madera, uno de los edificios de madera más altos que existen. Se visita como se visita una obra de ingeniería, mirando hacia arriba.

03 El centro, calle a calle
El eje comercial baja hacia el río y termina en el mercado de Stabroek, un armazón de hierro colado montado en la década de 1880 con una torre de reloj que se ve desde media ciudad. Al lado salen las lanchas y los autobuses hacia el resto del país.
Unas manzanas al norte está el ayuntamiento, de 1889, neogótico y de madera, con una torre que parece prestada de otro clima. Es probablemente el edificio más fotografiado de Georgetown y el que mejor resume su contradicción: formas europeas ejecutadas en tablón tropical.
Entre uno y otro, las avenidas anchas conservan el canal en el centro, con hierba a los lados y árboles grandes. No es un adorno: es la vena de drenaje del barrio, y explica por qué las aceras están más altas que la calzada.

04 Vivir con el agua dentro
Los canales del centro no son pintorescos: son funcionales, y en época de lluvias se ve para qué sirven. Suben, bajan, arrastran hojas y hierba flotante, y en un buen aguacero se llenan hasta el borde en cuestión de horas.
Al norte, el paseo del muro marítimo es el lugar donde la ciudad se asoma al Atlántico. El agua es marrón —la carga de sedimento que bajan los ríos de la región—, y en marea baja aparece un llano de fango que puede extenderse cientos de metros.
Ese contraste ordena la vida cotidiana: el sur y el este son la ciudad de trabajo y de mercado; el norte, el aire, el muro y los jardines botánicos, con su estanque, sus lirios gigantes y unos manatíes que viven allí desde la década de 1870.

05 Cómo se recorre
El centro es plano y compacto: del mercado al ayuntamiento y de ahí al muro marítimo se hace a pie sin esfuerzo, aunque el calor húmedo obliga a repartir el paseo entre la mañana temprano y el final de la tarde.
Para lo demás funcionan los minibuses, que salen del entorno del mercado y sirven a los barrios y a la costa. Y para salir de la ciudad, casi todo pasa por el río o por el aire: es una capital pegada a un país que no tiene carreteras por todas partes.

Georgetown no se entiende como un catálogo de monumentos. Se entiende como un sistema: un suelo blando, un mar más alto que la calle y una ciudad que decidió construirse ligera para poder quedarse.


