Destino

Managua es una capital sin centro.

El terremoto de 1972 destruyó trece kilómetros cuadrados de casco urbano y nadie volvió a levantarlos. Medio siglo después, la capital sigue organizada alrededor de ese hueco, con rotondas en lugar de plazas.

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Managua vista desde la loma de Tiscapa: construcción baja entre árboles y el lago Xolotlán cerrando el fondo.
Managua vista desde la loma de Tiscapa: construcción baja entre árboles y el lago Xolotlán cerrando el fondo.Haakon S. Krohn·CC BY-SA 3.0

01 Un vacío

El 23 de diciembre de 1972, a las 00:29, un sismo de magnitud 6,3 y unos diez kilómetros de profundidad se produjo prácticamente debajo de la ciudad. En menos de una hora llegaron dos réplicas de magnitud 5,0 y 5,2. El balance de víctimas se ha calculado entre cuatro mil y once mil muertos, con veinte mil heridos y más de trescientas mil personas sin casa.

Los daños se concentraron en un área muy precisa: veintisiete kilómetros cuadrados dañados y trece kilómetros cuadrados destruidos, y esos trece eran exactamente el centro. Unas cincuenta y tres mil viviendas quedaron afectadas.

Buena parte de lo que cayó estaba construido en taquezal, un sistema de armazón de madera relleno de piedra y barro que era habitual en los edificios de más de cuarenta años. Aguanta bien el tiempo y muy mal un movimiento fuerte del suelo.

Ruina de una catedral sin techo, de piedra oscura y dos torres, al otro lado de una explanada vacía de adoquines.
La antigua catedral, en pie pero vacía desde 1972, al fondo de una explanada sin edificios alrededor.Byralaal / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

02 Lo que se hizo después

El centro no se rehízo. Durante casi dos décadas la zona quedó en ruinas, y la población que la habitaba se instaló en barrios de la periferia, buscando terrenos donde hubiera agua. Cuando por fin se intervino, no fue para reconstruir la trama antigua sino para dejar explanadas abiertas donde antes había manzanas.

Hay una razón técnica detrás de esa decisión. Bajo la ciudad, y en particular bajo el centro, corren varias fallas geológicas activas. No fue un accidente aislado: en marzo de 1931 otro terremoto ya había arrasado el mismo sector, con un balance de entre mil y dos mil quinientos muertos.

El resultado es una anomalía urbana que se percibe enseguida. La antigua catedral sigue en pie, sin techo, en mitad de un espacio despejado. A su alrededor no hay tiendas, ni cafés, ni tráfico peatonal. Es un centro conservado como pieza suelta, no como barrio.

Laguna circular de agua oscura encajada en un cráter con laderas boscosas, y una ciudad baja y verde extendiéndose detrás.
La laguna de Tiscapa, un cráter dentro de la ciudad, con el tejido urbano bajo extendiéndose al fondo.Haakon S. Krohn / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

03 Una ciudad de piezas sueltas

Managua es capital desde 1852, cuando se eligió como solución intermedia entre León y Granada, las dos ciudades que se disputaban ese papel. Es decir, nació como capital de compromiso y nunca tuvo el peso histórico de ninguna de las dos.

Hoy ocupa 267 kilómetros cuadrados y supera el millón de habitantes en la ciudad y el millón y medio en su área metropolitana. Casi todo es construcción baja repartida entre árboles: desde un mirador, lo que se ve no es un perfil de torres sino una mancha verde con edificios asomando.

La ciudad se articula con rotondas y avenidas anchas, y la vida comercial se ha ido concentrando en centros comerciales y cruces concretos. No hay un lugar donde converja todo, y por eso caminarla sin plan no funciona: hay que ir de pieza en pieza.

Orilla de arena volcánica oscura junto a un lago con oleaje, y dos conos volcánicos azulados en el horizonte.
La orilla del Xolotlán, con el Momotombo y el islote de Momotombito recortados al fondo.Jolman rivas / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

04 La ciudad y su lago

Managua se asienta a unos cincuenta y cinco metros sobre el nivel del mar, en la orilla sur del lago Xolotlán, y sube hacia el sur hasta superar los setecientos metros. El lago debería ser su fachada principal, y durante buena parte del siglo XX fue justo lo contrario.

Desde 1927 la capital vertió sus aguas residuales sin tratar directamente al lago, a través de una serie de desagües. En febrero de 2009 se inauguró una planta de tratamiento construida con cooperación alemana, pero el saneamiento sigue siendo parcial y el lago continúa muy contaminado.

Esa historia explica por qué la orilla se ha reurbanizado tarde y a tramos. Aun así, la vista desde el malecón es la mejor postal de la ciudad: agua abierta y, al fondo, la silueta cónica del volcán Momotombo.

Huellas de pies descalzos impresas en una superficie gris y agrietada de barro volcánico endurecido.
Las huellas de Acahualinca: pisadas de hace unos 2.100 años conservadas en ceniza volcánica.Dr d12 / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

05 Las huellas más antiguas

En el barrio de Acahualinca, cerca de la orilla, se conserva el rastro humano más antiguo documentado de la ciudad: una serie de huellas de pies descalzos impresas en barro volcánico y datadas en unos 2.100 años. Se descubrieron en 1874 durante unas excavaciones.

Son personas caminando por un suelo blando cubierto de ceniza reciente. La escena resume la relación de este lugar con su geología mucho mejor que cualquier monumento: la gente pasa, el volcán deja capa, la capa guarda el paso.

Managua no se entiende como capital histórica ni como ciudad monumental, porque no lo es. Se entiende como un asentamiento que ha aprendido a organizarse en torno a lo que el suelo permite, y que dejó su centro vacío porque el suelo se lo pidió dos veces.

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María Reyes

Editora de Destinos · Flowtravel

María Reyes interpreta el carácter de los lugares a partir de sus ritmos, espacios y formas de vida cotidiana.

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