Nagano tiene ocho vecinos y ningún mar
Nagano no toca la costa, limita con ocho prefecturas y es, en realidad, un racimo de cuencas encajadas entre los Alpes japoneses. Cada valle mira hacia fuera por su propio río; lo que los une es una canción que casi todos saben y una costumbre de cuidarse entre vecinos.
Quien mira Nagano en un mapa de Japón ve una mancha grande y verde en el centro de Honshu, sin una sola línea de costa. Quien la recorre descubre otra cosa: no una prefectura, sino una sucesión de llanos rodeados de montaña, cada uno con su ciudad, su río y su manera de ganarse la vida, separados entre sí por puertos de montaña.
Esa forma explica casi todo lo que se siente al pasar unos días allí. La vida ocurre abajo, en los fondos planos; las cumbres marcan el borde de cada mundo. Y lo que une a esos mundos se descubre en los gestos de la gente más que en las carreteras.
01 Un territorio hecho de fondos de valle
Nagano mide 13.561 kilómetros cuadrados y es la cuarta prefectura más extensa de Japón. No toca el mar, y a cambio limita con ocho prefecturas: Niigata, Toyama, Gifu, Aichi, Shizuoka, Yamanashi, Saitama y Gunma. Ninguna otra del país tiene tantos vecinos.
El motivo de esa vecindad múltiple está en el relieve. Por Nagano pasan los Alpes japoneses en sus tres cordilleras, la de Hida al norte, la de Kiso en el centro y la de Akaishi al sur, y dentro de sus límites se alzan nueve de las doce montañas más altas de Japón. Entre esas cordilleras quedan los huecos donde vive la gente: la cuenca de Zenkōji-daira, alrededor de la ciudad de Nagano; la de Matsumoto y Azumino; el valle de Ina; la cuenca de Saku; la de Suwa, con su lago; y el estrecho valle de Kiso.

Vistos desde arriba, esos fondos parecen pequeños países. Las casas, los arrozales y los huertos de manzanos ocupan la parte llana; las laderas se reservan para el bosque y los bancales. Desde la estación de Obasute, en lo alto de una pendiente sobre Zenkōji-daira, se ve la cuenca entera de una vez: una llanura cerrada por montes bajos, con el río en el centro y las poblaciones repartidas por el fondo.
02 Ríos que se van por lados opuestos
Si cada cuenca es un mundo, cada río es su puerta. El Chikuma nace en el monte Kobushi, en el límite con Yamanashi y Saitama, atraviesa Saku, Ueda y Zenkōji-daira, y al entrar en Niigata cambia de nombre: allí se llama Shinano, y con sus 367 kilómetros es el río más largo de Japón. Desemboca en el mar de Japón, en la ciudad de Niigata. El Sai, que baja de los Alpes del norte por Matsumoto, se le une antes de salir.

Hacia el sur, el agua se va en sentido contrario. El Tenryū es el único río que sale del lago Suwa; recorre el valle de Ina entre dos cordilleras y llega al Pacífico cerca de Hamamatsu, tras 213 kilómetros. El Kiso baja por su valle hacia la llanura de Nagoya y la bahía de Ise. Nagano reparte su agua entre dos mares que no ve.
Esa divisoria no es solo hidrografía. Durante siglos, las mercancías, las noticias y las influencias llegaron a cada cuenca por su río y por su camino, y cada una miró hacia el vecino que tenía más a mano. El norte comerciaba hacia Niigata y el mar de Japón; el sur, hacia la costa del Pacífico y la región de Nagoya. Por eso en Nagano conviven acentos, platos y costumbres que no siempre se parecen entre sí.
03 Kiso, el valle de los árboles vigilados
El caso más claro es el valle de Kiso, en el suroeste. Es tan estrecho que en muchos tramos apenas caben el río, la carretera, la vía del tren y una fila de casas. Por él pasaba el Nakasendō, el camino de montaña que unía Edo con Kioto: once de sus sesenta y nueve posadas estaban en este valle, y su vida se organizaba alrededor de los viajeros que iban y venían.

Durante el periodo Edo, el valle no lo administraba un señor de Shinano, sino el dominio de Owari, con sede en Nagoya, que lo quería por su madera. Desde mediados del siglo XVII, los habitantes de Kiso tenían prohibido talar cinco especies, entre ellas el hinoki, el ciprés japonés. El dicho que se recuerda de aquella época es brutal: «un árbol, una cabeza». Las penas se suavizaron con el tiempo y la prohibición desapareció en la era Meiji, pero el bosque que hoy cubre las laderas es en buena parte herencia de aquella vigilancia.

Ese bosque guardado sigue siendo parte de la identidad del valle. En Akasawa, cerca de Agematsu, crecen cipreses de Kiso de más de trescientos años. En 1970 se convirtió en el primer bosque de recreo natural designado en Japón, y en 1982 acogió el primer encuentro de shinrin-yoku, los «baños de bosque», una costumbre que después se extendió por todo el país. Lo que antes se protegía por orden de un dominio lejano hoy se visita para caminar despacio entre los árboles.
Kiso enseña algo que se repite en toda la prefectura: cada cuenca ha aprendido a convivir con lo que la rodea y a protegerlo, a menudo con reglas muy estrictas. El valle mira hacia Nagoya por su río, pero su carácter lo marca la montaña que lo encierra.
04 Lo que cada cuenca hace con lo que tiene
Al norte de Matsumoto, la cuenca de Azumino vive de algo que no se ve a primera vista: el agua que la nieve de los Alpes del norte deja en el subsuelo y que vuelve a brotar en el llano. En la granja Daio, la mayor explotación de wasabi de Japón, con unas quince hectáreas, se calcula que corren unas 120.000 toneladas de agua de manantial al día, a una temperatura casi constante de unos 12 o 13 grados durante todo el año. La wasabi crece en lechos de grava por donde esa agua no deja de pasar.

Unas montañas más al sureste, la cuenca de Suwa encontró su oficio en el aire. A finales del siglo XIX y principios del XX, la zona de Okaya, a orillas del lago, fue uno de los grandes centros de la seda de Japón. Cuando esa industria se hundió, el lago siguió atrayendo fábricas, pero de otro tipo.
El 18 de mayo de 1942, Hisao Yamazaki, dueño de una relojería local, abrió junto al lago Suwa un taller con nueve empleados en un antiguo almacén de miso. Montaban piezas de reloj. La idea era que Suwa, con su aire limpio y la poca humedad del verano, podía ser «la Suiza de Oriente». De aquel taller salió la empresa que en 1969 presentó el Astron, el primer reloj de pulsera de cuarzo del mundo, y que hoy se conoce como Epson.

Que una industria de precisión naciera en un almacén de miso no es una casualidad simpática, sino un buen resumen de Nagano. El miso de Shinshū, el nombre antiguo de la región, tiene la mayor cuota de mercado del país. El fermento y el reloj comparten algo: los dos piden paciencia, aire estable y gente dispuesta a hacer bien una tarea pequeña muchas veces. Cada valle aprovecha a su modo el clima, el agua y el aislamiento que le tocaron.
05 Una canción para tantos valles
Con tantos valles mirando hacia fuera, la pregunta es qué hace que la gente de Nagano se sienta de un mismo sitio. Una respuesta sorprendente es una canción. «Shinano no Kuni», «La tierra de Shinano», la escribió en 1899 Asai Retsu, un maestro de la región, y le puso música en 1900 Kitamura Sueharu, para la escuela primaria aneja a la escuela normal de Nagano. Los maestros formados allí la llevaron a las aulas de toda la prefectura.
La letra funciona como una lección de geografía cantada. Habla de una tierra de montañas con cuatro llanuras fértiles, Matsumoto, Ina, Saku y Zenkōji, nombra sus cumbres y sigue sus ríos: el Sai y el Chikuma hacia el norte, el Kiso y el Tenryū hacia el sur. Elegir el nombre antiguo de la provincia, Shinano, y no el de la ciudad de Nagano, permitía que nadie quedara fuera.
En 1968 se convirtió en el himno oficial de la prefectura, y su arraigo es real: más de la mitad de los adultos que crecieron allí saben cantar al menos una estrofa. Suena en partidos de béisbol escolar, en reuniones y en algunos autobuses turísticos; en 1998 sonó en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Invierno, y desde 2014 es la melodía de salida de los trenes en la estación de Nagano.
No es una unidad sin roces. Entre el norte, con la ciudad de Nagano, y el centro, con Matsumoto, existe una rivalidad antigua que los propios habitantes reconocen con humor, y hay quien describe la prefectura, medio en broma, como «un conjunto de cuencas». Precisamente por eso la canción importa: es lo que esas cuencas tienen en común cuando todo lo demás las separa.
06 La salud como tarea de vecinos
El otro hábito compartido es menos vistoso y más revelador. En 1965, Nagano tenía la tasa de muertes por ictus más alta de Japón, y uno de los motivos señalados era el exceso de sal: encurtidos, sopas y miso en cantidades generosas, en una tierra de inviernos largos donde conservar los alimentos era una necesidad.
La respuesta no vino solo de los hospitales. En 1945, en el pueblo de Kōho, hoy parte de Suzaka, un grupo de mujeres del lugar empezó a ayudar por su cuenta a la enfermera de salud pública, desbordada de trabajo. De ahí nació la figura de los hoken hodōin, vecinos voluntarios que se turnan por hogares, normalmente durante dos años, para llevar información sanitaria casa por casa. En 1967 surgió también una red de voluntarios de alimentación formada por mujeres que habían pasado por cursos de nutrición.
A partir de 1981 la prefectura organizó una campaña para reducir la sal con consignas que cualquiera podía seguir: una sola sopa de miso al día, dejar la mitad del caldo de la soba o del ramen. Los voluntarios las repitieron en cocinas y reuniones de barrio. En 2010, Nagano encabezó la esperanza de vida de Japón tanto en hombres como en mujeres.
La historia no es de perfección. En la encuesta de 2019, sus habitantes seguían tomando más sal que la media nacional, 11,3 gramos diarios los hombres y 9,8 las mujeres, y la prefectura mantiene campañas para reducirla. Pero el modo en que se abordó el problema dice mucho del lugar: en cuencas donde la ayuda de fuera tardaba en llegar, la salud se volvió también una tarea de vecinos.
07 Cómo se siente cruzarla
Recorrer Nagano es una sucesión de umbrales. Sales de una cuenca subiendo por una carretera de curvas o por un túnel, cruzas un tramo de bosque y bajas a otro llano con otra luz, otro río y otras montañas en el horizonte. Las distancias en línea recta son cortas; las de verdad, no. Por eso cada valle conserva su ritmo y por eso el viaje se entiende mejor despacio, durmiendo en más de una cuenca.
En lo más alto, la lógica de la prefectura se vuelve casi una norma. Kamikochi, un valle de unos quince kilómetros a unos 1.500 metros de altitud junto al río Azusa, en el término de Matsumoto, está cerrado a los coches particulares: se llega en autobús o en taxi, y solo abre de mediados de abril a mediados de noviembre. Es otro acuerdo para proteger lo que hay, como el que durante siglos protegió los árboles de Kiso.

Al final del viaje lo que queda es la imagen de muchos fondos de valle, cada uno con su manera de vivir: el agua de Azumino, los relojes de Suwa, los cipreses guardados de Kiso, la gran llanura de Zenkōji-daira vista desde Obasute. Nagano no se entiende desde una sola ciudad. Se entiende al pasar de una cuenca a otra y notar que, aunque cambien el río y el horizonte, la gente sigue cantando la misma canción.





