Destino

Oaxaca reúne uno de cada cuatro municipios de México, y la explicación es el relieve

El estado tiene 570 municipios; México entero tiene 2.462. En 93.952 kilómetros cuadrados —poco más que Hungría— caben tres cordilleras que se cruzan, una altitud media de 1.644 metros y 176 de las 364 variantes lingüísticas del país. Casi todo lo que hace a Oaxaca distinta se deduce de una sola cosa: aquí el terreno casi nunca dejó que dos valles se juntaran.

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La plaza principal de Monte Albán, sobre una cresta aplanada a mano a 1.940 metros. Al fondo, las sierras que cierran el valle por todos lados.
La plaza principal de Monte Albán, sobre una cresta aplanada a mano a 1.940 metros. Al fondo, las sierras que cierran el valle por todos lados.Rob Young·CC BY 2.0

Hay una cifra que suele leerse como una curiosidad administrativa y que en realidad es un mapa físico disfrazado: Oaxaca tiene 570 municipios. México entero tiene 2.462. Es decir, casi uno de cada cuatro municipios del país está en un estado que ocupa menos del cinco por ciento de su superficie. El municipio más pequeño de México también está aquí: Natividad, con 2,2 kilómetros cuadrados.

No es una rareza legal. Es lo que ocurre cuando el terreno impide durante siglos que dos pueblos vecinos compartan una plaza, un cementerio o un molino.

01 Tres cordilleras que se cruzan

Oaxaca es el punto donde el relieve mexicano se enreda. La Sierra Madre del Sur llega desde el oeste por la costa del Pacífico; la Sierra Madre de Oaxaca baja desde el norte; la Sierra Atravesada cierra por el este, camino del istmo. Las tres se anudan en un nudo orográfico, el Nudo Mixteco, y de ahí salen ramales en todas direcciones.

Macizo montañoso de laderas pardas y crestas afiladas al fondo, con matorral bajo y árboles secos en primer plano bajo un cielo azul con nubes blancas.
Un macizo de la Mixteca Alta. En esta parte del estado las laderas se levantan de golpe y el suelo cultivable se queda en el fondo de barrancos estrechos.Fani Lugo / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

El resultado se mide bien con dos números. La altitud media del estado es de 1.644 metros, más alta que la de cualquier capital europea. Y algo más de la mitad de la superficie es propiamente montaña: no colinas suaves, sino laderas que suben mil metros en pocos kilómetros. El punto culminante, el Cerro Nube, alcanza los 3.720 metros a menos de sesenta kilómetros en línea recta del mar.

En un territorio así, la unidad de vida no es la región. Es el valle. Cada hondonada tiene su agua, su franja de tierra cultivable y su horizonte cerrado; y durante siglos, moverse al valle siguiente costaba un día entero de camino.

02 Uno de cada cuatro municipios del país

De ahí sale la cifra del principio. Cuando México organizó su mapa municipal, en Oaxaca no había manera de agrupar: cada núcleo llevaba generaciones administrando por su cuenta su tierra, su agua y su calendario, y ninguno estaba dispuesto a depender del de al lado, al que solo llegaba cruzando una sierra.

Cerro alargado cubierto de bosque de pino con una pequeña construcción blanca en la cresta; al pie, las casas dispersas de un pueblo y, en primer plano, una explanada con bancos.
El cerro de Santiago Nundichi, en la Mixteca. El pueblo ocupa el fondo de su propia hondonada y la cresta boscosa marca dónde empieza el término siguiente.Fani Lugo / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

La comparación que mejor lo explica está en el otro extremo del país. Baja California tiene una superficie mayor que la de Oaxaca y se reparte en siete municipios. La diferencia no es de población ni de riqueza: es que allí el terreno permite gobernar mil kilómetros desde una sola oficina, y aquí no permite gobernar dos valles desde la misma.

El estado está dividido además en ocho regiones —Valles Centrales, Sierra Norte, Sierra Sur, Mixteca, Cañada, Papaloapan, Istmo y Costa—, y esas ocho no son un invento de escritorio: cada una corresponde a un compartimento físico distinto, con su altura, su clima y su despensa.

03 Quince lenguas y 176 variantes

La misma lógica se oye antes de verse. El catálogo oficial de lenguas indígenas de México registra 364 variantes lingüísticas en todo el país. Oaxaca concentra 176: casi la mitad, agrupadas en quince lenguas y cinco familias distintas. Zapoteco, mixteco, mazateco, mixe, chinanteco, chatino, triqui, cuicateco y varias más.

Lo interesante no es el número de lenguas, sino el número de variantes. Una variante aparece cuando dos comunidades que hablaban lo mismo dejan de oírse a diario durante generaciones. En Oaxaca hay pueblos separados por veinte kilómetros de mapa y por cuatro horas de camino real, y esa distancia —la de verdad, la que se mide en horas— es la que fabrica variantes.

Dicho de otro modo: los 570 municipios y las 176 variantes son el mismo dato contado dos veces, una en el registro civil y otra en el diccionario.

04 El único sitio donde el terreno se abrió

Hay una excepción, y ahí está la ciudad. En el centro del estado, tres brazos de valle —el de Etla al norte, el de Tlacolula al este y el de Zimatlán y Ocotlán al sur— convergen en una llanura amplia a unos 1.550 metros. Es el único lugar de Oaxaca donde el terreno da tregua, y es exactamente donde se instaló todo lo que necesitaba espacio.

Hacia el 500 antes de nuestra era, una cresta situada justo en el cruce de esos tres brazos fue aplanada a mano para construir encima una plaza. Monte Albán está a 1.940 metros, unos 400 por encima del suelo del valle, y desde su explanada se ven los tres ramales a la vez. No es una posición elegida por el paisaje: es la única desde la que se controlaban los tres caminos.

Friso de piedra con grecas geométricas encajadas sin argamasa sobre un muro pintado de rojo, recortado contra un cielo blanquecino.
Grecas de Mitla, en el brazo oriental del valle. Cada pieza está encajada sin mortero: un trabajo que exige piedra abundante y tiempo, dos cosas que sobran en un valle cerrado.DavidConFran / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

Ese mismo triángulo sostiene hoy la vida cotidiana del estado. Y sostiene también su invento más útil: los días de plaza. En vez de un mercado grande permanente, los pueblos del valle se reparten la semana —miércoles en Etla, jueves en Zaachila, viernes en Ocotlán, domingo en Tlacolula— para que un mismo circuito de vendedores pueda recorrerlos todos sin repetir jornada. Es una red diseñada por el relieve: un solo mercado central habría dejado fuera a media población.

05 Lo que cuesta atravesar una sierra

Si alguien duda de que el relieve siga mandando, hay una obra reciente que lo cuantifica. Para unir la capital del estado con la costa del Pacífico hubo que construir una autopista de 104,3 kilómetros con diez puentes, tres viaductos y tres túneles. Tardó diecinueve años en terminarse y se abrió al tráfico en febrero de 2024.

Muro montañoso de roca clara y laderas pardas ocupando el fondo, con una carretera asfaltada y su quitamiedos metálico atravesando el primer plano.
Una sierra oaxaqueña vista desde la carretera. La calzada avanza por el único hueco disponible: en este estado el trazado no lo elige el ingeniero, lo elige la ladera.Fani Lugo / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

El efecto fue inmediato: el trayecto entre la ciudad de Oaxaca y la costa pasó de unas seis horas y media a unas dos y media. Cien kilómetros de asfalto le quitaron cuatro horas a un viaje. Eso da la medida exacta de lo que la sierra venía cobrando de peaje desde siempre, y de por qué la costa y el valle han funcionado durante siglos casi como dos estados distintos.

06 Lo que esto cambia para quien viaja

La primera consecuencia es que en Oaxaca los kilómetros no sirven para planificar. Hay que contar en horas y multiplicar por dos lo que sugiere el mapa. Un pueblo que aparece cerca puede estar al otro lado de una cresta de 2.500 metros y una carretera de curvas continuas.

La segunda es que conviene elegir un compartimento y quedarse. El estado no se recorre: se visita por regiones. Los Valles Centrales con base en la ciudad son un viaje completo; la Sierra Norte es otro; la costa es un tercero, y ahora está a dos horas y media, no a siete. Intentar los tres en una semana significa pasar la semana en la carretera.

Y la tercera es de expectativa. La variedad que aquí se celebra —de cocinas, de tejidos, de barros, de lenguas— no es abundancia decorativa: es el resultado de que cientos de comunidades tuvieran que resolverlo todo por su cuenta durante mucho tiempo. Cuando en un mercado dos pueblos vecinos venden dos versiones distintas del mismo plato, no están compitiendo. Es que hasta hace poco no se veían casi nunca.

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María Reyes

Editora de Destinations · Flowtravel

María Reyes busca la lógica física de cada lugar: por qué está donde está y por qué tiene la forma que tiene.

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