Destino

Roma es una ciudad donde el tiempo es simultáneo.

No la 'Ciudad Eterna' de la postal. La verdadera diferencia de Roma es que el pasado no se conserva tras un cristal: sostiene los edificios, se habita y se mira con un encogimiento de hombros. Todas las épocas están presentes a la vez.

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Largo Argentina: templos republicanos hundidos bajo la calle moderna, donde pasan los autobuses y duermen los gatos.
Largo Argentina: templos republicanos hundidos bajo la calle moderna, donde pasan los autobuses y duermen los gatos.

01 La ciudad que no acordona el pasado

Casi todas las ciudades históricas guardan su historia en una zona delimitada —el casco viejo, el parque arqueológico, el museo— a donde vas a mirar el pasado para luego volver al presente. Roma se niega a esa separación. Sales de un metro y tropiezas con un templo republicano; el café de detrás ocupa un palacio renacentista; el muro en el que se apoya es ladrillo imperial. No hay 'centro histórico' porque no hay parte que no lo sea.

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Entiende eso y Roma deja de ser una agotadora lista de monumentos para volverse algo más extraño y más fácil: un lugar donde no visitas el pasado, simplemente paseas dentro de él.

02 No capas, sino todo a la vez

Excava en cualquier punto de Roma y encuentras el tiempo apilado. La basílica de San Clemente es el caso de manual: una iglesia del siglo XII sobre una iglesia del siglo IV, sobre una casa romana del siglo I y un templo de Mitra, sobre cimientos de la República —cuatro niveles que puedes bajar físicamente, con los siglos volviéndose más húmedos a medida que desciendes.

Pero 'capas' es casi la palabra equivocada, porque sugiere que el pasado está enterrado y terminado. En Roma no lo está. La iglesia del siglo XII de arriba sigue siendo una parroquia en funcionamiento; se dice misa sobre el templo mitraico. Las épocas no están apiladas como estratos muertos. Están todas encendidas a la vez.

03 Una ciudad hecha de sí misma

El otro truco de Roma es que se construyó con sus propias ruinas. Durante siglos la ciudad fue una cantera: columnas, mármol y piedra se arrancaron de los edificios imperiales para reinstalarse en iglesias y palacios —lo que los arquitectos llaman spolia—. Entra en casi cualquier iglesia romana antigua y las columnas que dividen la nave son más viejas que el cristianismo, rapiñadas de algún templo o de unas termas.

El Panteón es el ejemplo supremo: un templo pagano a todos los dioses, de casi dos mil años, todavía cubierto por su cúpula original, que sobrevivió precisamente porque se convirtió en iglesia. El obelisco de la Piazza del Popolo es egipcio, traído a Roma por emperadores y reerigido por papas. Aquí nada se tira; simplemente se le asigna un nuevo oficio. La ciudad es un collage de su propio pasado, reutilizado sin fin.

Grabado de Piranesi de la Piazza del Popolo con su obelisco egipcio
Piranesi, Piazza del Popolo: un obelisco egipcio, traído a Roma por emperadores y reerigido por papas — el tiempo reutilizado.Giovanni Battista Piranesi / Public domain  · Public domain

04 El encogimiento de hombros romano

Lo siguiente que notas es la actitud de los romanos ante todo esto, que es: ninguna. El asombro es enteramente del visitante. Un romano aparca la vespa contra un muro de mil novecientos años, tiende la ropa cruzando un callejón medieval, se toma un café con el Foro de fondo y no levanta la vista. Las ruinas de Largo Argentina, donde asesinaron a Julio César, son hoy más famosas como refugio de gatos.

No es falta de respeto; es familiaridad. Cuando lo extraordinario es tu telón de fondo cotidiano, dejas de hacerle reverencias. La relación del romano con el pasado es doméstica, no devota —como dejas de ver las fotos colgadas en el pasillo de tu propia casa—.

05 Por qué el asombro es tuyo, no suyo

Aquí está el descubrimiento que reordena todo el viaje. El visitante llega preparado para que lo abrume la Historia con mayúscula, y pasa el primer día con el cuello torcido mirándolo todo. Y entonces, despacio, la ciudad le enseña su propio registro: el casual. Empiezas a tomarte el café de espaldas al monumento, dejando que el pasado sea mobiliario y no espectáculo.

Ese es el regalo que de verdad da Roma: no los monumentos en sí, que podrías ver en cualquier guía, sino la experiencia de vivir, por un rato, en un lugar donde tres mil años son simplemente el aire. Los romanos no están poco impresionados por hastío. Lo están porque, para ellos, no es más que su casa.

06 Lo que queda

Sal de Roma y los monumentos sueltos se difuminan —confundirás un arco de triunfo con otro en menos de un mes—. Lo que queda es la sensación de simultaneidad: ese momento desconcertante y maravilloso en que entendiste que la parada del bus, la panadería y el templo antiguo eran, todos, simplemente un martes.

Esa es la verdadera diferencia de Roma. No que tenga más historia que ningún sitio, sino que se niega a mantenerla en el pasado. La ciudad solo te pide que dejes de tratar su antigüedad como un museo y empieces a tratarla, como hacen los romanos, como el lugar donde te encuentras de pie.

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María Reyes

Editora de Destinos · Flowtravel

María escribe sobre ciudades desde la cultura y la vida cotidiana.

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