Destino

Tallin son dos ciudades dentro de una misma muralla.

Tallin conserva uno de los cascos medievales amurallados más completos de Europa, pero su secreto no es la muralla: es que dentro de ella conviven dos ciudades que durante siglos no fueron la misma, una arriba y otra abajo.

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Los tejados rojos de la ciudad baja apretados dentro de la muralla, vistos desde el mirador de Kohtuotsa, en lo alto de Toompea.
Los tejados rojos de la ciudad baja apretados dentro de la muralla, vistos desde el mirador de Kohtuotsa, en lo alto de Toompea.Hans Steiger·CC BY-SA 4.0

01 Dos ciudades, una muralla

Casi todo el casco antiguo de Tallin cabe en una caminata de una tarde, pero no está hecho de una sola pieza. Arriba, sobre una colina de piedra caliza, está Toompea: la ciudad alta, donde vivían los señores, la nobleza y quienes administraban el poder. Abajo, al pie de la colina, se extiende la ciudad baja, la de los mercaderes y artesanos que hicieron de Tallin un puerto próspero de la liga hanseática entre los siglos XIII y XVI. Durante siglos no fueron el mismo lugar: cada una tenía sus propias reglas y su propio gobierno, y solo se unieron administrativamente en el siglo XIX. Las conectan dos calles con nombre de pierna —Pikk jalg, la 'pierna larga', y Lühike jalg, la 'pierna corta'—, y una puerta con torre que de noche se cerraba. Subir de una a otra no era un paseo: era cambiar de mundo.

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Calle empedrada Pikk jalg descendiendo entre muros hacia la ciudad baja de Tallin.
Pikk jalg, la 'pierna larga': la rampa amurallada por la que se subía de la ciudad de los mercaderes a la de los señores.Hans Steiger / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

02 La muralla que todavía se puede tocar

De los 2,4 kilómetros de muralla que rodeaban Tallin se conservan casi dos, y con ellos una veintena de torres que aún dibujan el perfil de la ciudad. No es una reconstrucción para la foto: puedes apoyar la mano en la piedra caliza y recorrer tramos del adarve. La torre de artillería más alta, de 38 metros, se llama Kiek in de Kök, que en bajo alemán significa 'mira en la cocina': desde arriba, los guardianes veían literalmente el interior de las cocinas de las casas de abajo. En el extremo norte, junto a la antigua puerta del mar, una torre ancha y achaparrada se conoce como la Gorda Margarita. Los nombres, más que los datos, cuentan cómo se vivía aquí la defensa.

Torres de la muralla medieval de Tallin con tejados cónicos rojos bajo la nieve.
La plaza de las Torres: torreones de la muralla con sus tejados cónicos, uno detrás de otro.Abrget47j / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0
Muralla de Tallin y la torre de artillería Kiek in de Kök.
Kiek in de Kök, la torre cañonera más alta: desde ella se veía el interior de las cocinas de abajo, y de ahí su nombre.Geonarva / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0 EE  · CC BY-SA 3.0 EE

03 La plaza de los mercaderes

Si Toompea era la ciudad del mando, la plaza del Ayuntamiento —Raekoja plats— era el corazón de la otra: la de quienes compraban, vendían y se gobernaban a sí mismos. La preside el Ayuntamiento, terminado hacia 1404 y el único edificio gótico de este tipo que sigue en pie en el norte de Europa. En lo alto de su aguja gira desde 1530 una veleta con forma de guardián, Vana Toomas, el 'Viejo Tomás', que la ciudad adoptó como símbolo. Alrededor, las casas de los gremios —la del Gran Gremio de los mercaderes entre ellas— recuerdan que aquí el poder no venía de un castillo, sino de la capacidad de comerciar.

Fachada gótica del Ayuntamiento de Tallin en la plaza Raekoja plats.
El Ayuntamiento gótico de Tallin, con la veleta del Viejo Tomás girando sobre la aguja desde 1530.Ivar Leidus / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0 EE  · CC BY-SA 3.0 EE

04 Lo que Tallin te deja

Lo que se queda de Tallin no es un monumento, sino un gesto: el de subir y bajar. Cuando llegas al mirador de Kohtuotsa, en lo alto de Toompea, y ves los tejados rojos de la ciudad baja apretados dentro de la muralla, entiendes de golpe la lógica del lugar: dos ciudades que nunca fueron una, mirándose desde alturas distintas. Sobre esos huesos medievales, Estonia ha añadido en las últimas décadas una capa nueva —la del país más digitalizado de su entorno—, pero la forma sigue siendo la de entonces. Te vas recordando menos las fachadas que la sensación de cruzar una frontera invisible cada vez que cambiabas de nivel.

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María Reyes

Editora de Destinos · Flowtravel

María escribe sobre ciudades desde la cultura y la vida cotidiana.

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