Hay destinos de vino con todo resuelto —carteles, horarios, salas de catas, autobuses— y destinos de vino en los que hay que llamar antes y preguntar por alguien. Este es del segundo tipo, y conviene saberlo, porque de ahí salen tanto lo mejor como lo peor del viaje.
01 Cómo encaja contigo
El perfil al que le encaja es el de quien disfruta encontrando cosas que no conoce y no necesita que se las presenten envueltas. Si te da igual llegar a una bodega y que te atienda quien esté, y te interesa probar uvas cuyos nombres no has oído nunca, aquí vas a estar en tu sitio. Si viajas para tachar una lista de nombres conocidos, no.
02 Seis mil cien años de lagar
El argumento que sostiene todo este viaje se descubrió en 2007, en una cueva del valle de Vayots Dzor, cerca del pueblo de Areni. Allí apareció una instalación completa para hacer vino: una pila de prensado excavada en la roca, cubas de barro para la fermentación, canales de drenaje y tinajas con pepitas de uva, restos de sarmiento y residuo de vino.
La datación la sitúa hacia 4100-4000 a. C., unos 6.100 años, lo que la convierte en la bodega completa más antigua que se conoce: al menos mil años más vieja que la que ostentaba el récord anterior. En la misma cueva apareció además el zapato de cuero más antiguo que se conserva, de unos 5.500 años.


Lo interesante para un viaje no es el récord, sino que ese valle sigue plantado de viña. No estás visitando un yacimiento y luego, aparte, unas bodegas: estás en el mismo sitio donde se hacía vino hace seis milenios, y donde se sigue haciendo con variedades locales.
03 Lo que te va a costar
La primera factura es de organización. Aquí no hay una ruta del vino con paneles cada dos kilómetros ni bodegas que abran a horario fijo con visitas cada hora. Muchas son explotaciones pequeñas y familiares, y la diferencia entre una gran mañana y una mañana perdida es haber llamado antes. Si viajas sin planificar nada, este destino te va a frustrar.

La segunda es de transporte y no tiene vuelta de hoja: el transporte público no llega a los valles de viña con la frecuencia ni la flexibilidad que hace falta. O alquilas coche —y entonces alguien no cata— o contratas conductor. No hay una tercera opción razonable.
Y la tercera es de temporada. Todo esto vive entre mayo y octubre, y muy especialmente en septiembre y la primera mitad de octubre, cuando se vendimia. De noviembre a abril la viña está parada, el campo hiela y las bodegas pequeñas trabajan puertas adentro. El viaje se puede hacer, pero es otro.
04 Cómo montaría yo estos días
Día uno, la ciudad: el centro a pie y una primera cena larga probando de todo sin decidir nada. Sirve para calibrar el paladar antes de salir al campo y para preguntar, que es la mejor fuente de información que vas a encontrar.
Día dos, el valle de Vayots Dzor: la cueva del lagar por la mañana y dos bodegas por la tarde, concertadas de antemano. Vuelta a dormir a la ciudad. Día tres, otro valle o una salida de montaña sin vino, para que el viaje no se vuelva monotemático. Y si tienes un cuarto día, repite el valle que más te haya gustado en vez de añadir uno nuevo: aquí se gana más volviendo que acumulando.
05 El veredicto
Para quien viaja por el vino, esto ofrece algo que ninguna región europea puede ofrecer: beber donde se documenta la producción más antigua conocida, con uvas que no vas a encontrar en ninguna carta de tu país y a un precio que no se parece al de Borgoña ni al de la Toscana.
A cambio hay que aceptar que la infraestructura está a medio hacer. Eso significa llamar antes, contar con un conductor y venir entre mayo y octubre. Aceptado eso, es de los viajes de vino más interesantes que se pueden hacer ahora mismo, precisamente porque todavía no está resuelto.
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