Hay destinos de vino con todo resuelto —carteles, horarios, salas de catas, autobuses— y destinos de vino en los que hay que llamar antes y preguntar por alguien. Este es del segundo tipo, y conviene saberlo, porque de ahí salen tanto lo mejor como lo peor del viaje.

01 Cómo encaja contigo

El perfil al que le encaja es el de quien disfruta encontrando cosas que no conoce y no necesita que se las presenten envueltas. Si te da igual llegar a una bodega y que te atienda quien esté, y te interesa probar uvas cuyos nombres no has oído nunca, aquí vas a estar en tu sitio. Si viajas para tachar una lista de nombres conocidos, no.

¿Cómo encaja Ereván con este perfil?
Profundidad histórica del vino La bodega más antigua conocida del mundo está a hora y media de la ciudad
Uvas que no vas a encontrar en otro sitio Variedades autóctonas cultivadas en valles secos a gran altitud
Ereván como base Ciudad compacta, buena mesa y todas las salidas a menos de dos horas
Relación calidad-precio Comer y beber bien aquí cuesta bastante menos que en Europa occidental
Infraestructura enoturística Pocas bodegas con visita organizada y horarios poco fiables
Llegar sin coche El transporte público no cubre los valles de viña; hace falta coche o conductor
Ventana de temporada De noviembre a abril la viña está parada y el campo, helado

02 Seis mil cien años de lagar

El argumento que sostiene todo este viaje se descubrió en 2007, en una cueva del valle de Vayots Dzor, cerca del pueblo de Areni. Allí apareció una instalación completa para hacer vino: una pila de prensado excavada en la roca, cubas de barro para la fermentación, canales de drenaje y tinajas con pepitas de uva, restos de sarmiento y residuo de vino.

La datación la sitúa hacia 4100-4000 a. C., unos 6.100 años, lo que la convierte en la bodega completa más antigua que se conoce: al menos mil años más vieja que la que ostentaba el récord anterior. En la misma cueva apareció además el zapato de cuero más antiguo que se conserva, de unos 5.500 años.

Interior de una cueva excavada arqueológicamente, con cubas circulares de barro hundidas en el suelo, restos de vasijas rotas alrededor y una retícula de cuerdas blancas con etiquetas numeradas cruzando la escena.
Las cubas de barro del lagar, todavía en el suelo de la cueva y con la retícula de excavación encima. Aquí se fermentó vino hace seis mil cien años.23artashes / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0
Viñedo en primavera con cepas bajas en vaso atadas a postes de hormigón inclinados, hierba seca entre las hileras y, al fondo, casas dispersas al pie de una loma pelada.
Viña joven en el valle de Areni, con los postes de hormigón inclinados típicos de la zona. El mismo valle, seis mil años después.David Stanley / Wikimedia Commons / CC BY 2.0·CC BY 2.0

Lo interesante para un viaje no es el récord, sino que ese valle sigue plantado de viña. No estás visitando un yacimiento y luego, aparte, unas bodegas: estás en el mismo sitio donde se hacía vino hace seis milenios, y donde se sigue haciendo con variedades locales.

03 Lo que te va a costar

La primera factura es de organización. Aquí no hay una ruta del vino con paneles cada dos kilómetros ni bodegas que abran a horario fijo con visitas cada hora. Muchas son explotaciones pequeñas y familiares, y la diferencia entre una gran mañana y una mañana perdida es haber llamado antes. Si viajas sin planificar nada, este destino te va a frustrar.

Cesto grande de mimbre lleno de racimos de uva blanca en primer plano bajo una parra, y detrás, agachado y de espaldas parcialmente, un hombre cortando racimos entre las hojas.
Vendimia manual en cesto de mimbre. La escala del trabajo explica por qué muchas bodegas no tienen sala de catas ni horario de visita.Narek75 / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

La segunda es de transporte y no tiene vuelta de hoja: el transporte público no llega a los valles de viña con la frecuencia ni la flexibilidad que hace falta. O alquilas coche —y entonces alguien no cata— o contratas conductor. No hay una tercera opción razonable.

Y la tercera es de temporada. Todo esto vive entre mayo y octubre, y muy especialmente en septiembre y la primera mitad de octubre, cuando se vendimia. De noviembre a abril la viña está parada, el campo hiela y las bodegas pequeñas trabajan puertas adentro. El viaje se puede hacer, pero es otro.

04 Cómo montaría yo estos días

Día uno, la ciudad: el centro a pie y una primera cena larga probando de todo sin decidir nada. Sirve para calibrar el paladar antes de salir al campo y para preguntar, que es la mejor fuente de información que vas a encontrar.

Día dos, el valle de Vayots Dzor: la cueva del lagar por la mañana y dos bodegas por la tarde, concertadas de antemano. Vuelta a dormir a la ciudad. Día tres, otro valle o una salida de montaña sin vino, para que el viaje no se vuelva monotemático. Y si tienes un cuarto día, repite el valle que más te haya gustado en vez de añadir uno nuevo: aquí se gana más volviendo que acumulando.

05 El veredicto

Para quien viaja por el vino, esto ofrece algo que ninguna región europea puede ofrecer: beber donde se documenta la producción más antigua conocida, con uvas que no vas a encontrar en ninguna carta de tu país y a un precio que no se parece al de Borgoña ni al de la Toscana.

A cambio hay que aceptar que la infraestructura está a medio hacer. Eso significa llamar antes, contar con un conductor y venir entre mayo y octubre. Aceptado eso, es de los viajes de vino más interesantes que se pueden hacer ahora mismo, precisamente porque todavía no está resuelto.

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SN

Sofía Navarro

Editora de Made For You · Flowtravel

Sofía empareja destinos con el viajero al que de verdad le encajan.