El plan mental con el que llega casi todo el mundo es el mismo: aterrizo, duermo, y al día siguiente ya estoy caminando. Es comprensible, porque nadie cruza medio mundo para ver Katmandú. Pero ese plan choca con una realidad administrativa y logística muy concreta: casi todo lo que necesitas para caminar por el Himalaya se tramita, se compra o se contrata en esta ciudad, y en ninguna otra del país con la misma facilidad.

01 La ciudad hace un trabajo que no se hace en otro sitio
La razón de fondo es la misma que explica media Nepal: la geografía. El país es estrecho, montañoso y con muy pocas carreteras que crucen de verdad, así que casi toda la infraestructura administrativa y comercial se ha concentrado en el único valle grande y llano que hay. Katmandú no es la puerta de entrada por costumbre: lo es porque no hay otra puerta.
02 Permisos: lo único que no se improvisa
Caminar por las zonas de montaña de Nepal requiere permisos, y el sistema tiene varias piezas: entradas a parques nacionales y áreas de conservación, tasas municipales en algunas comarcas y permisos especiales para las llamadas zonas restringidas. Se tramitan en Katmandú —y en algunos casos en Pokhara— antes de salir, y se comprueban en puestos de control durante la ruta.
La parte incómoda es que las reglas se han movido bastante en los últimos años: qué documento hace falta en cada zona, si es obligatorio ir con guía con licencia, si se puede caminar sin acompañamiento en según qué áreas. Por eso no te doy aquí una lista de tasas y requisitos: cualquier cifra que leas, incluida esta página, puede haber cambiado. Lo que sí es estable es dónde se resuelve, y es aquí.
Lo que se compra en Katmandú no son dos días de ciudad. Es el margen para que el viaje siga funcionando cuando algo salga mal.
03 Equipo: qué traer y qué comprar allí
La regla que mejor funciona es traer de casa lo que toca tu cuerpo y comprar o alquilar allí lo que no. Botas rodadas, calcetines, mochila ajustada a tu espalda y capa térmica: eso viaja contigo, porque estrenar calzado en una ruta de varios días es la forma más rápida de arruinarla. Saco de dormir de plumas, plumífero grueso, bastones, cubremochilas y bolsas estancas: eso se alquila o se compra en Thamel por una fracción de lo que cuesta en Europa.
Deja al menos media jornada para esto y hazlo el primer día, no el último. Si algo no encaja o no aparece en tu talla, tener un día de reserva por delante convierte un problema en un recado.

04 Lo que la ciudad no te va a dar
Conviene decirlo claro para que no te pille. Katmandú no es un sitio de descanso. El centro es denso, el tráfico es constante, hay obra permanente y el ruido no baja hasta tarde. Si llegas agotado de un vuelo largo con la idea de dormir doce horas, elige el alojamiento con cuidado y pregunta expresamente por una habitación interior.
Tampoco te va a aclimatar. La ciudad está a unos 1.400 metros, y eso está muy lejos de las cotas a las que vas a subir. Sirve para recuperar del desfase horario y para hacer una o dos caminatas suaves por el borde del valle, pero no cuentes esos días como aclimatación: la de verdad se hace en la ruta, subiendo despacio y durmiendo bajo.
05 Cómo repartir los días
La estructura que mejor aguanta los imprevistos es de dos o tres noches a la llegada y una al final. Las de la llegada son de trabajo: permisos y agencia el primer día, equipo el segundo, y el tercero de reserva por si algo se ha torcido. La del final no es un lujo: es el colchón que necesitas si el vuelo de vuelta desde la montaña se retrasa, que en este país pasa con normalidad incluso en temporada buena.

Al final, la pregunta no es si Katmandú compite con la montaña, porque no compite. La pregunta es si vas a llegar a la montaña con todo resuelto o con tres cabos sueltos. Dos días de ciudad bien planteados son lo que separa una cosa de la otra, y por eso conviene tratarla como parte del viaje y no como el rato antes de que empiece.

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