Hay ciudades donde se come muy bien y ciudades donde comer es el motivo del viaje. Kuala Lumpur está en el segundo grupo, y por una razón que no es gastronómica sino histórica: aquí no hay una cocina local, hay tres, y llevan siglo y medio conviviendo en las mismas calles.
01 Tres cocinas, no una con influencias
Conviene entenderlo bien porque cambia cómo se planifica el día. No se trata de una cocina malaya con toques chinos e indios: son tres tradiciones que siguen siendo reconocibles por separado, con sus propios locales, sus propios horarios y sus propios códigos, y que se pueden recorrer en unas horas a pie.
El origen está en cómo se formó la ciudad. El asentamiento creció como punto de reparto para las minas de estaño, y a él llegaron mineros y comerciantes chinos, población malaya y, más tarde, prestamistas y trabajadores indios, cada grupo instalándose en su zona. Esas zonas siguen ahí, y con ellas la comida.
02 Un día bien montado son tres comidas y tres barrios

El desayuno es el momento indio. La versión clásica es el roti canai —una masa estirada y plegada hasta quedar hojaldrada, hecha a la plancha— con un cuenco de dal o de curry para mojar. Se come temprano, de pie o en mesa de formica, y no cuesta prácticamente nada.

A mediodía entra lo malayo. El plato de referencia es el nasi lemak: arroz cocido en leche de coco, con huevo, encurtido, cacahuetes, pescadito seco y una salsa de guindilla llamada sambal, más la proteína que elijas. Llega en plato o envuelto para llevar, y funciona igual de desayuno que de cena.
03 La noche es china y es de calle

Por la noche el eje se desplaza a los barrios chinos y a las calles de puestos. El plato más reconocible es el arroz con pollo, servido escalfado o asado sobre arroz cocido en el propio caldo, pero la lista es larga: fideos salteados al wok, sopas de fideos, cerdo asado, marisco a la plancha.

El formato importa tanto como la comida: mesas plegables sobre la calzada, sillas de plástico, cartas con fotos y una cuenta que no llega a lo que cuesta un café en Europa. No hay que reservar y no hay que arreglarse. Es la manera más eficiente que conozco de conocer una ciudad a base de cenar en ella.
04 Las pegas, que son dos y son reales
La primera es física. Se camina mal: hace entre 32 y 34 grados todo el año con una humedad del ochenta por ciento, las aceras son irregulares y desaparecen sin avisar, y por la tarde cae una tormenta. Ir de un barrio a otro andando suena bien sobre el plano y cansa mucho en la calle. Conviene usar el metro y el taxi sin remordimientos.
La segunda es de expectativas. Fuera de la mesa, la ciudad tiene poco programa. El casco antiguo es pequeño, hay dos o tres visitas de altura y a partir de ahí empieza una ciudad de oficinas y de centros comerciales muy grandes. Dos o tres días bastan; una semana obliga a salir de la ciudad.
05 A quién le encaja
Le encaja a quien organiza los viajes alrededor de lo que va a comer y no le importa que el resto sea sencillo. A quien disfruta de los sitios sin mantel, de las cartas con fotos y de pedir señalando. Y a quien viaja con presupuesto ajustado, porque aquí lo bueno es justamente lo barato.
No le encaja a quien necesita un itinerario de visitas lleno, a quien lleva mal el calor húmedo sostenido o a quien viaja buscando alta cocina con reserva. Y si vienes por la comida, ven con hambre y con margen: la parte difícil de este destino es que solo caben tres comidas al día.



