Guanajuato mes a mes: cuándo tiene agua el territorio
Pasa el cursor sobre cada mes para ver el resumen. La lluvia dura poco; lo que importa es cuándo se ve lo que queda de ella.
Guanajuato suele contarse por sus ciudades: la capital metida en una cañada, San Miguel de Allende, Dolores Hidalgo, León. Pero el estado se entiende mejor por algo que casi no se ve desde una plaza: el agua, y lo poco que dura. La mayor parte del territorio es una altiplanicie semiárida donde la lluvia llega concentrada en unos pocos meses y el aire se lleva, año tras año, bastante más de lo que cae.
Esa cuenta explica presas del siglo XVIII, calles bajo tierra, campos que están verdes en plena sequía y una sierra que reverdece más tarde que el resto. Y señala un momento concreto del año, el final de las lluvias, entre septiembre y la primera mitad de octubre, como aquel en que el territorio enseña con más claridad para qué está hecho.

01 Una cuenta que casi nunca sale a favor
La evaporación que mide el Servicio Meteorológico Nacional se registra en un tanque abierto: indica cuánta agua podría perder una superficie expuesta al sol y al viento, no cuánta pierde exactamente un campo. Aun así, es una buena medida de cuánta sed tiene el aire. Y en Guanajuato esa sed es enorme.
En Celaya, en el este del Bajío, abril recibe 8 milímetros de lluvia y el tanque pierde 233,5: casi treinta veces más. En Dolores Hidalgo, más al norte, caen 468,9 milímetros al año y se evaporan 1.357,7. Ni en Celaya ni en Dolores hay un solo mes, en la normal 1991–2020, en que la lluvia supere a la evaporación. La cuenta no es igual en todo el estado: en León, al oeste, julio y agosto sí salen a favor, con 187,9 milímetros de lluvia frente a 155,7 de evaporación y 170,4 frente a 152,7. Pero incluso allí el año completo pierde mucho más de lo que recibe: 1.834,9 milímetros evaporados frente a 730,3 de lluvia.
Eso cambia la manera de mirar el paisaje. En Guanajuato la lluvia no se acumula sola: hay que atraparla, guardarla o sacarla del subsuelo. Casi todo lo que llama la atención del viajero, desde un embalse junto a un paseo arbolado hasta un campo de hortalizas en marzo, es una respuesta a esa cuenta.
Los momentos clave de un vistazo
Jacarandas en flor y campos regados junto a cerros secos: la otra mitad de la historia.
El mes más lluvioso y el de la apertura de la Presa de la Olla; tardes de tormenta.
Último mes con saldo a favor en la capital y el más lluvioso de la Sierra Gorda.
La lluvia se retira y el paisaje sigue verde; la capital se llena con el Cervantino.
02 Tres meses de sobra en la sierra
La excepción más clara está en las montañas. En la ciudad de Guanajuato, a unos 2.000 metros y encajada entre las sierras que rodean el valle, la estación del observatorio registra 763,4 milímetros al año, la cifra más alta de las estaciones citadas. Y aquí la cuenta sí sale a favor, aunque sea por poco: julio suma 187,8 milímetros de lluvia frente a 141,8 de evaporación; agosto, 147 frente a 136,9; septiembre, 131,3 frente a 120,7.
Son tres meses de agua de sobra en todo el año, uno más que en León. El resto, de octubre a junio, vuelve a mandar el aire seco. Julio tiene de media 15,6 días de lluvia y noviembre, 2. Por eso la sierra que rodea la capital cambia tanto de color entre una época y otra: los encinares de la Sierra de Santa Rosa, al norte de la ciudad, se ven de un verde cerrado en pleno verano y las laderas bajas pasan el invierno en tonos pardos.
Septiembre es el último de esos meses y, a la vez, el que llega con todo acumulado. Los embalses han recibido el agua de julio y agosto, el suelo está húmedo y las lluvias empiezan a espaciarse. Si viajas a finales de septiembre, ves el territorio con el depósito lleno, justo antes de que empiece a vaciarse otra vez.
En Guanajuato la lluvia no se acumula sola: hay que atraparla, guardarla o sacarla del subsuelo.
03 Una ciudad hecha para la crecida
La capital lleva casi tres siglos organizada alrededor de esos pocos meses. La Presa de la Olla se construyó entre 1741 y 1749 para abastecer de agua a la ciudad minera, y desde entonces se estableció la costumbre de abrir sus compuertas una vez regularizadas las lluvias, para que el agua limpiara el cauce del río. La apertura se sigue celebrando, en principio el primer lunes de julio, aunque la fecha depende de cómo vengan las lluvias: en 2026 estaba prevista para el 13 de julio.
El problema de una ciudad en una cañada no es solo la escasez, también el exceso repentino. Entre el 30 de junio y el 1 de julio de 1905, una gran crecida arrasó parte de Guanajuato. Aquella inundación impulsó las obras para desviar y encauzar el río bajo la ciudad, un sistema de túneles que empezó con un primer canal de desagüe en 1823 y que terminó, con el entubamiento del río, convertido en la calle subterránea por la que hoy circulan coches y autobuses.

Recorrer esos túneles en febrero, cuando no llueve casi nunca, es ver la infraestructura sin su motivo. En julio y agosto, con tormentas de tarde, se entiende para qué existe. Y a finales de septiembre, con la presa llena y la calle seca, se ve el resultado de toda la temporada.
04 El verde que no es de la lluvia
Si el agua escasea tanto, cabría esperar un Bajío pardo casi todo el año. No es así, y la explicación también está en la cuenta. Guanajuato es el primer productor de brócoli de México: en 2021 cosechó 387.796 toneladas en 22.913 hectáreas, según el gobierno del estado, y el municipio que más aportó fue Dolores Hidalgo, con 44.681 toneladas. Es el mismo Dolores donde caen 468,9 milímetros de lluvia al año.
Ese brócoli no depende de la lluvia. Un estudio sobre el cultivo en el estado señala que en 2010 la totalidad de la superficie sembrada de brócoli en Guanajuato era de riego. De ahí la imagen más desconcertante de la estación seca: parcelas verdes y surcos recién trabajados junto a cerros resecos, en marzo, cuando en Celaya caen 10,7 milímetros en todo el mes.

Marzo tiene además su propio color. En San Miguel de Allende, las jacarandas florecen entre finales de febrero y abril, con el mayor despliegue en marzo, y tiñen de lila plazas y calles del centro. Es un espectáculo del mes más seco, no del más húmedo. Por eso marzo es la otra ventana para entender Guanajuato: enseña cómo vive el territorio sin lluvia, igual que septiembre enseña qué hace con ella.
05 La Sierra Gorda llega tarde
Al noreste, la Sierra Gorda de Guanajuato sigue otro reloj. Es reserva de la biosfera desde el 2 de febrero de 2007, abarca 236.882 hectáreas repartidas entre Atarjea, San Luis de la Paz, Santa Catarina, Victoria y Xichú, y desciende hacia cañones mucho más bajos que el valle. En Xichú, a 1.318 metros, el mes más lluvioso no es julio sino septiembre: 114,3 milímetros y 13,5 días de lluvia, los máximos del año.
La lluvia se prolonga, además, más que en el resto del estado. Octubre deja en Xichú 54,5 milímetros y 8,5 días de lluvia, cuando en Celaya caen 34,4. En enero, en cambio, la sierra se ve como en la foto de abajo: matorral sin hojas, polvo en los caminos y laderas grises. Quien llega en la seca y quien llega a principios de octubre no ven el mismo lugar.

Es un desfase útil para el viajero. Si quieres ver el Bajío y la sierra verdes a la vez, la ventana de finales de septiembre y principios de octubre es la que mejor los hace coincidir: el valle todavía conserva la humedad del verano y la sierra está en su momento de más agua.
06 Cuándo ir y qué dejas fuera
Si quieres entender Guanajuato, ve entre mediados de septiembre y mediados de octubre. Es cuando la capital cierra sus únicos meses con agua de sobra, cuando las presas están llenas, como la de Ignacio Allende junto a San Miguel, y cuando la Sierra Gorda llega a su máximo. Las vendimias de los viñedos del estado, con sedes en San Miguel de Allende y Dolores Hidalgo, se celebran en 2026 del 1 de agosto al 18 de octubre, así que coinciden con esta ventana.
Lo que pierdes también es claro. Septiembre sigue teniendo tardes de lluvia, 12,1 días de media en la capital, y algunos caminos de la sierra pueden complicarse. La primera mitad de octubre coincide con el Festival Internacional Cervantino, que en 2026 va del 3 al 18 de octubre: la ciudad de Guanajuato gana vida cultural, pero se llena y los alojamientos se encarecen. Si lo que buscas es el territorio, organiza la capital antes o después del festival, o duerme fuera y entra de día.
Marzo es la alternativa para quien quiere la otra cara: jacarandas en San Miguel, cielos limpios y campos regados junto a cerros secos alrededor de Dolores Hidalgo. Abril y mayo llevan esa sequía al extremo, con el Bajío en su punto más pardo y polvoriento. De diciembre a febrero las noches son frías, con mínimas medias de 3,9 grados en enero en Dolores Hidalgo, y el paisaje está en reposo. Julio y agosto traen tormentas y el primer verde, pero todavía no el depósito lleno. En Celaya ningún mes llueve más de lo que se evapora; el final de septiembre es cuando mejor se ve lo que el territorio ha conseguido guardar.



