Destino

El único desierto de Europa y una de las sierras más lluviosas de España están en Andalucía, y los produce la misma cordillera

En Cabo de Gata caen unos 156 milímetros de lluvia al año y el clima es de desierto cálido, el único de Europa. A 280 kilómetros, en la sierra de Grazalema, se superan los 2.000 y en 1963 se midieron 4.346, el mayor registro anual de la España peninsular. Entre los dos puntos hay una sola cordillera, las Béticas, y toda Andalucía se explica por lo que esa barrera hace con el aire del Atlántico.

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El tajo de Ronda, en pleno sistema Bético. La roca caliza se parte en vertical y el pueblo se asoma al corte: así funciona la barrera que separa las dos Andalucías.
El tajo de Ronda, en pleno sistema Bético. La roca caliza se parte en vertical y el pueblo se asoma al corte: así funciona la barrera que separa las dos Andalucías.Tesla Delacroix·CC BY-SA 4.0

Andalucía tiene un problema de imagen que es en realidad un problema de escala. Se la piensa como una región homogénea de sol, cal y olivo, y en cambio es el territorio de contrastes climáticos más violentos de España. Entre sus dos extremos hay una diferencia de lluvia de más de diez a uno, y los separan 280 kilómetros: la distancia entre Madrid y Valladolid ida y vuelta.

Lo interesante es que los dos extremos no son casualidades independientes. Son las dos caras del mismo obstáculo.

01 Tres franjas y ningún término medio

El mapa físico de Andalucía se lee en tres bandas paralelas, de norte a sur. Arriba, Sierra Morena, un escalón viejo y redondeado que la separa de la meseta y que no llega a los 1.400 metros. En medio, la depresión del Guadalquivir: una llanura triangular que se abre hacia el golfo de Cádiz. Abajo, las cordilleras Béticas, jóvenes, plegadas y mucho más altas.

Ladera empinada cubierta de bosque denso de coníferas de color verde oscuro, con roquedos calizos asomando entre los árboles y una masa de nube baja desbordando la cresta del fondo.
Pinsapar en la sierra de Grazalema. Este abeto solo sobrevive en unos pocos rodales del sur peninsular, donde la niebla y la lluvia son constantes.Ángel Regatero / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

Esa tercera banda es la que manda. Las Béticas cruzan la región de suroeste a noreste, desde la provincia de Cádiz hasta la de Almería, y funcionan como una pared inclinada frente al mar. El aire húmedo que llega del Atlántico choca contra ellas por su extremo occidental. Cuando llega al oriental, ya no le queda nada que soltar.

02 Donde el Atlántico se estrella

El extremo occidental de las Béticas está a poco más de sesenta kilómetros del océano y es lo primero que encuentran los frentes atlánticos al entrar por el golfo de Cádiz. Ahí, en la sierra de Grazalema, el aire tiene que subir mil metros de golpe, se enfría y descarga. Las medias anuales superan los 2.000 milímetros, y en 1963 se midieron 4.346: el registro anual más alto de la España peninsular.

El resultado no se parece a la idea que casi nadie tiene de Andalucía. Hay bosque cerrado, niebla persistente y un árbol que solo sobrevive aquí y en un puñado de sierras vecinas: el pinsapo, un abeto que quedó aislado cuando el clima se secó y que no existe en ningún otro sitio del mundo salvo en el norte de Marruecos.

Conviene decirlo con precisión: Grazalema no es el punto más lluvioso de España —zonas de Galicia y del País Vasco compiten de sobra—, pero sí el más lluvioso de Andalucía y uno de los primeros del país. Que esté a cien kilómetros de un desierto es lo que lo vuelve extraordinario.

03 El otro extremo: la sombra de lluvia

Doscientos ochenta kilómetros al este, en el cabo de Gata, la misma cordillera produce el efecto contrario. Los frentes que quedan han cruzado ya toda la barrera y llegan exhaustos; además, las sierras de Almería los interceptan por última vez. La estación del cabo registra unos 156 milímetros al año, con una media anual de 19,8 grados.

Ladera de matorral bajo y espartales amarillentos en primer plano que baja hacia una ensenada de arena clara, con cerros pelados de color pardo cerrando el fondo bajo un cielo azul con nubes blancas.
La ensenada de los Genoveses, en Cabo de Gata. El matorral es de esparto y palmito: vegetación de secano extremo que llega hasta la orilla.Sylwia Toboła / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

Con esas cifras, la clasificación climática deja de ser mediterránea y pasa a ser de desierto cálido. Es el único punto de Europa que entra en esa categoría, y también el más seco del continente. El parque natural que lo protege ocupa 460 kilómetros cuadrados de sierra volcánica, salinas y calas, y su paisaje se parece más al norte de África que al resto de la península.

Depresión circular entre cerros de roca desnuda de tonos ocres y rojizos, salpicada de matas dispersas, bajo un cielo azul con grandes nubes blancas.
La caldera de la Majada Redonda, un cráter volcánico erosionado dentro del parque. El color de la roca no está tapado por nada: aquí no hay bastante agua para que crezca un bosque.Falconaumanni / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

Es la misma región. Es incluso la misma cordillera. Lo único que cambia es de qué lado de la pared estás.

04 Un techo de 3.479 metros a cuarenta kilómetros del mar

En su tramo central, las Béticas alcanzan su punto máximo en Sierra Nevada. El Mulhacén mide 3.479 metros y es la cumbre más alta de la península ibérica. Su prominencia —la altura que se levanta sobre el collado que lo une a cualquier montaña más alta— es de 3.285 metros, la tercera de Europa.

Sucesión de crestas y laderas cubiertas de nieve vistas desde una cumbre, con la línea de cimas recortada contra un cielo azul claro y sombras largas sobre los neveros.
La cuerda del Mulhacén vista desde el Veleta, por encima de los 3.300 metros. Desde estas cumbres, en un día claro, se ve el Mediterráneo.Miguel Ángel Hontanilla Pozo / CC BY-SA 3.0 ES  · CC BY-SA 3.0 ES

Lo que convierte ese dato en algo raro no es la altura, sino la distancia. Del Mulhacén al Mediterráneo hay unos cuarenta kilómetros en línea recta. Es un desnivel de tres mil quinientos metros en el espacio que ocupa una ciudad grande con su área metropolitana, y produce dos consecuencias visibles.

La primera es que aquí funciona la estación de esquí más meridional de Europa, con cotas entre los 2.100 y los 3.300 metros; Pradollano, a 2.100, es el núcleo habitado más alto de Andalucía. La segunda es que al pie de la sierra, protegida del norte por esa mole, la costa de Granada tiene un microclima subtropical donde se cultivan chirimoya, aguacate y mango a la misma latitud.

05 El valle que se llevó las ciudades

Entre las dos cordilleras queda la banda intermedia, y ahí está casi todo lo demás. El Guadalquivir recorre 657 kilómetros desde la sierra de Cazorla hasta el Atlántico y va abriendo una llanura que no existe en ningún otro punto del sur peninsular. Es tierra fértil, es fácil de atravesar y es lo único plano en cientos de kilómetros.

Río ancho y liso como un espejo al amanecer, con las dos orillas oscuras en sombra y la silueta lejana de una ciudad y sus puentes recortada en la bruma dorada del fondo.
El Guadalquivir a su paso por Sevilla. La marea llega hasta aquí desde el Atlántico: el río no es solo un río, es un tramo de mar tierra adentro.Gzzz / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

El detalle que casi nadie tiene presente es que ese río se navega. Sevilla está a unos ochenta kilómetros de la desembocadura y sigue siendo el único puerto comercial interior de España: los barcos suben por el estuario con las mareas, cuyo alcance queda cortado aguas arriba por la presa de Alcalá del Río. Una ciudad de interior con muelles de carga marítima no es una imagen frecuente en Europa.

Por eso las grandes ciudades andaluzas están donde están. Sevilla, Córdoba y Jaén se alinean sobre el valle o en su borde; Granada se instala en la única vega amplia dentro de las Béticas; Málaga, Cádiz, Huelva y Almería ocupan los pocos huecos donde la montaña deja sitio junto al agua. La distribución no es histórica: es topográfica.

06 Lo que esto cambia para quien viaja

La primera consecuencia es que no existe «el clima de Andalucía». Existe el del valle, que en verano es un horno y en invierno es suave y húmedo; el de la costa, mucho más templado todo el año; y el de la montaña, que en enero tiene dos metros de nieve. Hacer la maleta para los tres a la vez es imposible, y hacerla para uno solo es lo razonable.

La segunda es que las distancias engañan en las dos direcciones. Por el valle se avanza rápido, en llano y con buenas comunicaciones. En cuanto se entra en las Béticas, el mapa deja de valer: subir a un pueblo de la sierra que aparece a treinta kilómetros puede costar una hora larga de curvas.

Y la tercera es de expectativa. Quien viene buscando la Andalucía de la postal la encontrará sin esfuerzo, pero se habrá perdido lo más interesante: que en el mismo día se puede pasar de un bosque de niebla a un desierto sin salir de la comunidad, y que las dos cosas son consecuencia de la misma pared de roca. Es raro que una región tan reconocible por fuera resulte tan poco homogénea por dentro.

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María Reyes

Editora de Destinations · Flowtravel

María Reyes busca la lógica física de cada lugar: por qué está donde está y por qué tiene la forma que tiene.

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