Astaná es capital desde 1997, y casi todo lo que se ve es posterior.
La capitalidad se trasladó aquí en 1997 desde Almatý, y lo que había era una ciudad de provincias en mitad de una llanura sin relieve y sin árboles. Hoy hay 1,6 millones de habitantes en 810 kilómetros cuadrados, y alrededor un cinturón forestal plantado desde cero: unas 100.000 hectáreas y más de nueve millones y medio de árboles.

01 Lo que había antes
El punto de partida importa. Antes de 1997 la capital del país era Almatý, en el sureste y al pie de las montañas. Lo que había aquí era una ciudad de provincias de tamaño medio en mitad de la estepa, sobre una llanura a 347 metros de altitud, sin relieve que la protegiera y sin bosque en cientos de kilómetros a la redonda.
Hoy el municipio tiene 1.622.245 habitantes repartidos en 810,2 kilómetros cuadrados, y es la segunda ciudad del país. Es decir, en menos de tres décadas ha multiplicado su población y ha construido de nuevo prácticamente todo lo que se ve desde el río hacia el sur.

02 Construir donde no hay nada
Levantar una capital en una llanura vacía tiene una ventaja evidente y un montón de problemas menos visibles. La ventaja es que no hay que negociar con nada preexistente: no hay casco antiguo que respetar, ni parcelario, ni topografía que obligue a doblar una avenida. Se puede dibujar recto y ancho, y así está dibujado.
Los problemas son de otro orden. En una llanura sin relieve no hay canteras cerca, no hay bosque para madera, no hay abrigo natural contra el viento y no hay una orilla firme donde apoyar la ciudad. La ribera del río que hoy ordena todo el centro no existía como tal: hubo que fabricarla, camión a camión, rellenando y consolidando el borde del agua.

03 Un bosque plantado a mano
Y aquí está la obra menos fotografiada y probablemente la más ambiciosa. Desde 1997 se ha ido plantando alrededor de la ciudad un cinturón forestal sobre terreno que nunca tuvo árboles. Su superficie ronda las 100.000 hectáreas, de las cuales unas 15.000 quedan dentro del término municipal, y en ellas crecen más de nueve millones y medio de árboles y alrededor de un millón ochocientos mil arbustos.
No es paisajismo: es infraestructura. Las hileras se orientaron según los vientos dominantes para que funcionen como cortavientos, y el objetivo declarado incluye frenar las tormentas de polvo y las ventiscas de nieve además de mejorar el aire. En una llanura abierta, un cinturón de árboles hace el trabajo que en otras ciudades hace una cordillera.

04 Dos ciudades pegadas
La consecuencia urbana de todo esto es que aquí conviven dos ciudades sin mezclarse del todo. Al norte del río está la ciudad anterior, de manzanas de bloques de cinco plantas y trazado convencional; al sur, la capital nueva, de avenidas anchas, edificios exentos y una escala completamente distinta.
Merece la pena recorrer las dos y no solo la de las fotos. La comparación es lo que da sentido al conjunto: se ve qué se conservó, qué se ignoró y qué escala se eligió cuando no había ninguna obligación de continuar nada. Pocas ciudades ofrecen ese contraste con los dos términos tan a mano.
05 Lo que Astaná te deja
Conviene decirlo con franqueza: no es una ciudad cómoda de visitar. Las distancias son largas, el trazado está pensado para el coche, hay poco tejido de calle y el clima juega en contra la mitad del año. Quien venga buscando ambiente urbano espontáneo va a encontrar sobre todo explanada.
Lo que deja es otra cosa, y es rara: la posibilidad de ver una capital entera como un proyecto todavía en curso, con sus decisiones a la vista y sin el barniz que dan los siglos. Aquí se puede señalar el borde de un río y decir que se fabricó, o mirar un árbol y saber en qué década se plantó. En casi ningún otro sitio se puede hacer eso.




