01 Qué hacen ahí
La clave no es la temperatura del aire, sino la química del agua. Estos lagos son salados y muy someros, con una lámina que se calienta rápido en verano y en la que proliferan crustáceos y algas microscópicas. Eso es, literalmente, el comedero del flamenco: filtra el agua con el pico y se alimenta de lo que hay en suspensión.
La segunda condición es la estacionalidad. Aquí no viven todo el año: llegan en primavera, hacia abril, y se quedan hasta bien entrado el otoño; cuando los lagos se hielan, se marchan. Es decir, aprovechan una ventana de siete u ocho meses en un lugar donde el resto del año es inhabitable para ellos.

02 Quince millones de aves de paso
Los flamencos son la postal, pero no son lo más importante. La reserva se creó en 1968, ocupa 543.171 hectáreas y en 2008 pasó a formar parte de un sitio del Patrimonio Mundial de la UNESCO junto con otra área protegida del norte del país. Lo que se protegió no fue una especie: fue una escala.
Se estima que entre quince y dieciséis millones de aves usan estos humedales como zona de alimentación en sus migraciones.
Ese es el dato que ordena todo lo demás. Estos humedales están en la ruta de aves que van y vienen entre África, Europa y el sur de Asia, y funcionan como área de descanso y alimentación en mitad de un continente. Se han registrado alrededor de 350 especies de aves, muchas de ellas amenazadas.
03 Lo que además vive en la estepa

La reserva no es solo agua. Alrededor de los lagos hay estepa, y en ella vive el antílope saiga, un animal de aspecto improbable —con un hocico abultado y flexible que le sirve para filtrar el polvo y templar el aire que respira— que pare a sus crías en estas llanuras a finales de la primavera.
El conjunto suma cifras notables: más de 500 especies de plantas y más de 1.400 de animales acuáticos y terrestres, entre ellas 43 de mamíferos. En una llanura que desde la carretera parece vacía y monótona, esa densidad es exactamente lo que no se ve si no se para y se mira.
04 Cómo verlo sin estropearlo

Tres cosas prácticas. La primera: es una reserva estricta, no un parque abierto. El acceso está regulado, hay zonas cerradas y conviene resolver el permiso y el transporte con antelación, porque no hay línea regular que llegue hasta allí desde la capital.
La segunda: lleva prismáticos. Los flamencos se mantienen lejos, en aguas abiertas y someras, y a simple vista son una línea rosa en el horizonte. Y la tercera, la que más importa: en primavera hay crías por el suelo, camufladas y quietas. Salirse de los caminos marcados en esas semanas no es una imprudencia menor.



