Chisináu, la ciudad que se sacó a sí misma del suelo.
La caliza que levantó la capital moldava salió de unas colinas a veinte minutos del centro. Lo que quedó allí abajo fue un vacío de cientos de kilómetros, y ese vacío también se aprovechó. Chisináu y su subsuelo son la misma piedra leída en dos direcciones.

01 La piedra que falta debajo
A unos quince kilómetros del centro, bajo la localidad de Cricova, hay túneles que se empezaron a excavar en el siglo XV. No se abrieron para guardar nada: se abrieron para sacar caliza, y esa caliza sirvió para construir Chisináu. Es una relación poco habitual entre una capital y su entorno. La mayoría de las ciudades importan su material o lo compran; esta se lo arrancó al terreno que tenía debajo, y durante siglos la cantera y la obra fueron el mismo proyecto visto desde dos extremos.
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La piedra es una caliza pálida, blanda de trabajar, que se corta en bloques con sierra en vez de labrarse a golpes. Eso explica dos cosas a la vez: por qué la ciudad creció rápido cuando el Imperio ruso decidió convertirla en capital de provincia, y por qué sus fachadas del siglo XIX están cubiertas de molduras, cornisas y bandas decorativas que en granito habrían costado una fortuna. El ornamento no es aquí un lujo importado. Es lo que permite un material fácil de tallar.

02 Una capital que se reconoce por su color
El apodo de la ciudad —la ciudad blanca— no es una metáfora poética, sino una descripción literal del material. Camina por el centro con la luz de media tarde y verás la misma gama repetirse de edificio en edificio: un beige claro que tira a hueso, con las juntas marcadas y las esquinas redondeadas por la lluvia. No hay ladrillo visto dominante ni piedra oscura. La paleta de Chisináu la decidió una cantera, no un arquitecto.
Quien más partido le sacó fue Alexandru Bernardazzi, que firmó más de treinta proyectos en la ciudad entre finales del siglo XIX y comienzos del XX: el ayuntamiento, la torre de agua, colegios, el juzgado. Su obra funciona hoy como un catálogo involuntario de lo que ese material permitía. Y al lado, otros arquitectos empujaron el mismo repertorio hacia lo insólito: el Museo Nacional de Etnografía e Historia Natural, terminado en 1905, aplica sobre esa caliza clara un vocabulario de arcos apuntados y almenas que no se parece a nada de su entorno.

03 El hueco se llenó de vino
Cuando la extracción cesó, quedó debajo del campo una red de galerías vacías con una propiedad que nadie había buscado: doce grados constantes, todo el año, sin gastar un vatio. En los años cincuenta esas minas abandonadas se reconvirtieron en bodegas. Hoy Cricova tiene unos ciento veinte kilómetros de galerías que bajan hasta cerca de cien metros de profundidad, y en Mileștii Mici, un poco más al sur, la red supera los doscientos kilómetros y guarda más de dos millones de botellas, la mayor colección de vino registrada del mundo.
El detalle que mejor explica lo que ocurrió allí abajo es que las galerías tienen nombres de calle, y los nombres son los de los vinos que se almacenan en cada tramo. No es una ocurrencia turística: es lo que pasa cuando una red pensada para camiones de piedra se hereda entera y hay que orientarse dentro. Se entra en coche o en un pequeño tren, se circula por la derecha y se lee la señalización. La cantera no se convirtió en museo. Se convirtió en un barrio.

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04 Reconstruida dos veces sobre el mismo plano
Aquí aparece la tensión que cambia la lectura de todo lo anterior. En 1834 se aprobó un plano que dividió la ciudad en dos mitades: la vieja, de calles irregulares en la parte baja, y una cuadrícula nueva de avenidas largas subiendo la ladera. Ese trazado sigue siendo el esqueleto del centro. Lo que no sobrevivió fue casi todo lo que había encima.
En noviembre de 1940 un terremoto con epicentro en Vrancea sacudió la ciudad y dañó cerca de dos mil ochocientos edificios. Cuatro años después, la guerra había destruido en torno al setenta por ciento del conjunto construido. Entre 1947 y 1949 el arquitecto Alexéi Shchúsev dirigió el plan de reconstrucción, y la ciudad se volvió a levantar donde ya estaba, con la misma piedra de siempre. Chisináu no es una capital antigua que se conserva: es un plano antiguo con edificios jóvenes encima.
Eso explica una sensación difícil de nombrar cuando caminas por el centro. Las proporciones son decimonónicas —manzanas largas, avenidas anchas, árboles a los lados— pero los edificios que las ocupan tienen setenta u ochenta años. La ciudad se comporta como un molde que ha sido rellenado varias veces. Reconoces la forma antes que el contenido.
05 Lo que Chisináu te deja
Sobre la piedra vino el verde, y esa es la tercera capa. El parque central se trazó en 1818 y todavía conserva moreras y acacias de entre ciento treinta y ciento ochenta años; el Dendrarium ocupa ochenta y tres hectáreas al oeste; en Valea Morilor una escalinata de piedra clara —la misma caliza otra vez— baja en terrazas hasta un lago artificial. Un visitante que llega esperando una capital gris se pasa el primer día corrigiendo esa idea.

Lo que te llevas de Chisináu no es una silueta ni un monumento, sino una operación: alguien sacó una montaña de piedra de debajo del campo, la puso de pie en forma de ciudad y después descubrió que el agujero servía. Pocas capitales dejan tan claro de qué están hechas y de dónde salió. Cuando bajas a las galerías y ves el mismo material que llevas dos días viendo en las fachadas, entiendes que arriba y abajo no son dos visitas distintas. Son el mismo bloque, uno en positivo y otro en negativo.
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