Destino

Daca hizo la tela más fina del mundo y ya nadie sabe tejerla.

Durante siglos, esta ciudad produjo una muselina que se consideró el tejido más fino jamás hecho a mano. Esa técnica se perdió. Lo que queda es su pariente vivo, el jamdani, y una ciudad que sigue organizada alrededor del río por el que salía la tela.

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El muro exterior del fuerte en luz rasante, con la hilera de merlones recortada contra el cielo y el revoco rojizo manchado por la humedad.
El muro exterior del fuerte en luz rasante, con la hilera de merlones recortada contra el cielo y el revoco rojizo manchado por la humedad.Shmunmun·CC BY-SA 3.0

01 Una tela que valía más que el oro

A finales del siglo XVIII, Daca era conocida por producir una muselina descrita como el paño más fino jamás tejido a mano. No era una exageración comercial: se trataba de un tejido de algodón tan ligero y tan transparente que las descripciones de la época parecen inventadas, y su comercio movía la economía de la región entera.

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Ese oficio se extinguió. No se transformó ni se modernizó: desapareció, con sus telares, su algodón específico y el conocimiento de los tejedores que lo hacían. Hoy nadie sabe reproducir aquella muselina, y los intentos de recuperarla son proyectos de investigación, no de taller.

02 Lo que sobrevivió

Lo que sí sigue vivo es el jamdani, el pariente cercano de aquella muselina: un algodón fino, transparente y con dibujos, tejido a mano en telar por artesanos y aprendices en los alrededores de Daca. En 2013, la UNESCO lo inscribió en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Primer plano de dos manos trabajando sobre un telar: una sostiene un hilo metálico tensado y la otra maneja una púa fina, insertando un motivo geométrico plateado sobre un tejido azul intenso de urdimbre visible.
El motivo no está impreso ni bordado: se inserta hilo a hilo durante el tejido, con una púa. Cada figura se hace a mano mientras la tela avanza.Joysaha.bd / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

Merece la pena mirar de cerca cómo se hace, porque explica por qué la técnica es tan frágil. Los motivos no se imprimen ni se bordan después: se van insertando a mano, hilo a hilo, con una púa, mientras la tela se teje. No hay un mecanismo que lo automatice. El diseño existe en la cabeza de quien teje y se pierde con él.

03 El fuerte que nunca se terminó

La otra pieza que hay que caminar es el fuerte de Lalbagh, y tiene una historia acorde con el resto de la ciudad: tampoco se acabó. Las obras empezaron en 1678, bajo el príncipe Muhammad Azam, y quedaron interrumpidas cuando lo llamaron de vuelta a Delhi. Su sucesor no lo continuó.

El motivo que se transmite es doméstico y desproporcionado: en 1684 murió allí Pari Bibi, hija del gobernador, y a partir de entonces él consideró el recinto de mal augurio y lo dejó como estaba. Así lleva tres siglos y medio: un conjunto de piezas sueltas —un pabellón, unas puertas, una tumba— dentro de un recinto que nunca llegó a cerrarse.

Canal de piedra rectilíneo excavado en el suelo de un jardín de césped, con un sumidero circular de piedra en primer término y, al fondo tras una verja, un edificio mogol de cúpulas oscuras.
El sistema de drenaje mogol, todavía visible en el césped. En una ciudad que recibe casi dos mil milímetros de lluvia al año, esto era lo primero que se construía.Yahya / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

Hay un detalle que casi nadie mira y que dice más que las cúpulas: el sistema de drenaje excavado en el suelo. En una ciudad donde caen cerca de dos mil milímetros de lluvia al año, concentrados en cuatro meses, sacar el agua no era un asunto técnico secundario. Era la condición para que existiera cualquier otra cosa.

04 El río sigue haciendo el trabajo

La tela salía por el río, y el río sigue ahí haciendo exactamente lo mismo con otras mercancías. El Buriganga, en el borde sur de la ciudad vieja, es todavía el puerto fluvial por el que entra y sale una parte importante de lo que la ciudad consume, en embarcaciones de madera manejadas a remo y a motor.

Vista cenital de decenas de barcas de madera alineadas en la orilla de un río oscuro, varias de ellas cargadas hasta el borde de sandías verdes, junto a barcazas mayores también llenas de fruta.
El puerto fluvial visto desde arriba: barcas de remo cargadas de sandías hasta el borde, amarradas junto a las barcazas grandes. Esto es descarga diaria, no folclore.Amdadphoto / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

Bajar a esa orilla es la mejor media hora que se puede pasar en la ciudad, y no hay que hacer nada más que mirar. La densidad de tráfico fluvial, la escala de la descarga a mano y el ruido continuo cuentan de una vez por qué una ciudad se pone donde se pone y sigue funcionando por las mismas razones cuatro siglos después.

05 Lo que Daca te deja

Lo que se queda no es un edificio. Es la conciencia de una pérdida concreta y documentada: aquí se hizo algo que el mundo entero quería y que ya no se sabe hacer. No se destruyó en una guerra ni se quemó en un incendio; se dejó de transmitir, que es una forma de desaparecer mucho más silenciosa.

Y queda la imagen de las manos sobre el telar, que es donde la ciudad se juega la parte que todavía puede conservar. El jamdani sigue vivo porque alguien sigue enseñándolo, y esa es toda la diferencia entre las dos telas de este artículo.

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María Reyes

Editora de Destinos · Flowtravel

María escribe sobre ciudades desde la cultura y la vida cotidiana.

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