La ciudad se diseñó para veinte mil personas.
En 1964 aquí vivían 3.855 personas. Se dibujó un plano, se levantó casi todo en tres años y se calculó el conjunto para veinte mil habitantes. En 2022 el censo contó 246.325. Caminar Gaborone es caminar por encima de esa diferencia: un plano pequeño que tuvo que dar de sí doce veces.
01 Una ciudad calculada
Conviene detenerse en esa cifra, porque explica media ciudad. Veinte mil habitantes es el tamaño de un pueblo grande. No se pensó una metrópoli ni se dejó margen para una: se resolvió un encargo concreto con un número concreto, y se resolvió deprisa.
El censo de 1964 contó 3.855 personas en el lugar. El de 1971, 17.718. El de 1981, 59.657. El de 1991, 133.468. El de 2001, 186.007. El de 2011, 231.626. El de 2022, 246.325. Es decir: el plano se quedó corto antes de cumplir veinte años, y la ciudad lleva medio siglo resolviendo por su cuenta lo que aquel cálculo no previó.

02 El agua fue lo primero
Entre las razones documentadas para poner la ciudad exactamente aquí, la primera es la proximidad a una fuente de agua dulce. En una región de clima semiárido caluroso, con menos de quinientos milímetros de lluvia al año, eso no es un detalle logístico: es la condición previa a cualquier plano.
La presa que abastece a la ciudad se empezó en 1963 y se terminó en 1964, el mismo año en que arrancaron las obras urbanas. Es una estructura de relleno con núcleo de tierra, veinticinco metros de altura y tres kilómetros y medio de longitud, que embalsa el río Notwane. Entre 1983 y 1985 se recreció siete metros. Su capacidad ronda los 141 millones de metros cúbicos, y su cuenca útil, unos 225 kilómetros cuadrados.

03 La copa de coñac
Durante las obras, el responsable de la autoridad urbanística de entonces, Geoffrey Cornish, comparó el trazado con una copa de coñac: las oficinas administrativas en la base y los comercios repartidos a lo largo del «mall», una franja de suelo que sale de esa base. La comparación se publicó en 1966 y ha sobrevivido porque sigue siendo la mejor descripción del plano.
Ese «mall» —el Main Mall— es una calle peatonal ancha, pavimentada con adoquín, con árboles a los lados y puestos con sombrilla arrimados a las fachadas. No es una plaza mayor ni un bulevar heredado: es una pieza dibujada, y se nota. La ciudad se planeó siguiendo principios de ciudad jardín, con abundantes recorridos peatonales y espacios abiertos, y el resultado es una capital donde el suelo libre pesa tanto como lo construido.

Lo demás lo pone el emplazamiento. La ciudad se asienta a unos mil diez metros de altitud, entre los cerros de Kgale y Oodi, junto al Notwane, a quince kilómetros de la frontera sudafricana, y ocupa 169 kilómetros cuadrados. Es llana, es baja y es ancha: desde casi cualquier calle se ve el horizonte.
04 Lo que pasó con el número
Construir una ciudad entera en tres años exige mano de obra, y la mano de obra necesita dónde vivir. El plano, calculado para veinte mil, no lo había previsto. Los trabajadores levantaron sus propias casas en la zona industrial del sur, en un asentamiento que se llamó Naledi. La palabra significa «la estrella», y también se lee como «bajo el cielo abierto» o «una comunidad que destaca entre todas».
La respuesta oficial tardó y fue por partes: en 1971 se levantó un barrio de vivienda económica llamado Bontleng; en 1973 la corporación de vivienda construyó un «Nuevo Naledi» al otro lado de la calle del viejo; y en 1975 el suelo de Naledi dejó de estar clasificado como industrial y pasó a ser residencial. El viejo Naledi no desapareció: se legalizó.
Esa secuencia es, en pequeño, la historia entera de la ciudad. Un plano ordenado y rápido; un cálculo que se queda corto; y luego cincuenta años de ajustes sobre la marcha. Hoy el área metropolitana ronda los 534.842 habitantes y la ciudad propiamente dicha, 246.325: doce veces el número para el que se dibujó.
Al viajero eso le llega en forma de sensación difusa antes que de dato. Las avenidas son más anchas de lo que pide el tráfico. Entre edificio y edificio quedan solares de tierra anaranjada con matorral. El centro se recorre a pie en una tarde y luego la ciudad sigue, baja y dispersa, durante kilómetros. Nada de eso es descuido: es un plano pequeño al que se le pidió mucho más de lo que prometía.





