En Luisiana se han perdido cinco mil kilómetros cuadrados de tierra desde 1932
El servicio geológico estadounidense ha medido 5.197 kilómetros cuadrados de tierra desaparecidos en las parroquias costeras entre 1932 y 2016. El estado se construyó con el barro que bajaba el río, y dejó de recibirlo el día que se encauzó.

Casi todos los territorios que visitamos parecen permanentes a escala humana. Este no. Aquí hay mapas de hace ochenta años que ya no sirven para navegar, y pueblos que aparecían en tierra firme y hoy están rodeados de agua.
Y lo interesante, editorialmente, es que la causa principal no es el mar subiendo, sino una decisión de ingeniería tomada río arriba hace un siglo.
01 Cinco mil ciento noventa y siete

La cifra viene de un trabajo del servicio geológico estadounidense que comparó la superficie de tierra de las parroquias costeras entre 1932 y 2016. El resultado son 5.197 kilómetros cuadrados perdidos, más o menos 443.
El ritmo no ha sido constante. Las tasas medidas van desde 83,5 kilómetros cuadrados al año en los peores momentos, hacia mediados de los setenta, hasta unos 28 al año en los últimos tramos de la serie. La pérdida sigue, pero más despacio.
La comparación que se usa allí es la de un campo de fútbol americano: según el periodo, se ha perdido uno cada treinta y cuatro minutos en el peor momento, y uno cada cien minutos al ritmo más reciente. Sirve para entender la escala, aunque la cifra que importa es la primera.
02 Un estado hecho de barro prestado
Para entender la pérdida hay que entender de qué está hecha esta tierra. La mitad sur del estado no es roca: es sedimento que el río fue trayendo desde medio continente y depositando al llegar al golfo, capa sobre capa, durante miles de años.
Un delta funciona como una cinta transportadora que va cambiando de sitio. El río se desborda cada primavera, deposita limo en las llanuras laterales, acaba colmatando su propio cauce y entonces se abre camino por otro lado, empezando a construir un lóbulo nuevo. El anterior queda sin alimento y se hunde despacio.
Ese ciclo de construir y abandonar es lo que ha ido levantando la costa entera. El estado tiene 135.382 kilómetros cuadrados, de los cuales 23.102 son agua: un quince por ciento. No es un dato de geografía curiosa, es la definición del sitio.
03 El día que el río dejó de desbordarse

Aquí está el giro. Durante el siglo XX el río se encauzó entre diques continuos para proteger ciudades y cultivos de las crecidas, y para mantener abierto un canal de navegación fiable. Funcionó: las inundaciones dejaron de arrasar las llanuras.
Pero esas inundaciones eran justamente el mecanismo de reposición. Si el río no se desborda, el limo no se reparte por la marisma: viaja encerrado entre los diques hasta la boca y se pierde en aguas profundas del golfo, donde no construye nada.
El resultado es un delta que sigue perdiendo material por abajo y por los lados, pero que ya no recibe reposición por arriba. A eso se suman los miles de kilómetros de canales rectos abiertos en la marisma para la navegación y la industria, que dejan entrar agua salada tierra adentro y matan la vegetación que sujeta el suelo.
04 Y además, el suelo se hunde
La segunda mitad del problema es que un delta se hunde por sí solo. El sedimento recién depositado está suelto y lleno de agua; con el tiempo se compacta bajo su propio peso y pierde altura. En un delta sano, esa bajada se compensa con material nuevo cada año.
Cuando el aporte se corta, la compactación sigue sola. El terreno baja unos milímetros al año, y en una llanura que está a pocos centímetros sobre el nivel del mar, unos milímetros son la diferencia entre marisma y laguna.
Por eso la pérdida no se ve como un acantilado retrocediendo, sino como una marisma que se deshilacha. En las fotos aéreas se reconoce enseguida: la hierba se rompe en jirones, aparecen charcas dentro, las charcas se juntan y lo que era una pradera continua acaba siendo una bahía.
05 El único sitio que crece

Hay una excepción, y es la que demuestra el argumento. En el centro-sur del estado, la cuenca del río Atchafalaya es la única zona con un sistema deltaico en crecimiento y humedales prácticamente estables, mientras el resto de la costa se deshace.
El motivo es que ahí sí llega sedimento. Esa cuenca recibe un desvío del caudal principal y funciona como funcionaba todo el delta antes: el agua se reparte por una superficie ancha, suelta el limo y construye tierra nueva en la desembocadura.
Además es el mayor humedal pantanoso del país, con alrededor de un setenta por ciento de superficie forestal y un treinta de marisma y agua abierta, y conserva el mayor bloque continuo de bosque inundado que queda en el bajo valle del río. Es, literalmente, el testigo de lo que había antes.
06 Cómo se recorre
La primera decisión es aceptar que esto no se ve desde la carretera. La costa no tiene miradores ni acantilados: es una llanura de hierba a ras de agua, y para entenderla hay que subirse a una barca o a una avioneta y mirar desde arriba.
La segunda es elegir los dos extremos del relato. Por un lado, la marisma que se está perdiendo, al sur y al este; por otro, la cuenca interior que sigue creciendo, con sus bosques inundados. Ver las dos en el mismo viaje es lo que convierte un paseo en pantano en una lección de geografía.
Y la tercera es una manera de mirar. Cuando cruces un canal recto como una regla en mitad de la marisma, fíjate en los bordes: casi siempre están más deshechos que el resto. Ese canal es una de las razones por las que la cuenta de los 5.197 kilómetros cuadrados sigue sumando.




