A la capital de Papúa Nueva Guinea no se llega por carretera.
No hay asfalto que una Port Moresby con Lae ni con Madang: la red nacional no está enlazada y todo entra por aire o por mar. Una ciudad de cerros secos y aldeas sobre pilotes que funciona como una isla dentro de su propio país.

01 Una capital sin carretera al país
El sistema de carreteras nacional de Papúa Nueva Guinea no forma una red continua. Port Moresby, en la costa suroeste de la península papú, no tiene conexión directa por asfalto con Lae ni con Madang, en la costa norte, ni con el interior montañoso.
Los vuelos internos suplen esa ausencia, y por eso el aeropuerto de Jacksons no es solo el mayor del país: es la infraestructura que lo sostiene. Ahí tienen su sede las dos aerolíneas principales, y desde ahí salen los enlaces con las ciudades a las que no se puede llegar rodando.
La consecuencia para el visitante es inmediata. No existe la idea de «llegar por tierra» ni de «seguir viaje» en autobús: cada tramo del país es un vuelo, y la capital funciona como una isla dentro de su propio territorio.

02 Un fondeadero con nombre de almirante
En febrero de 1873, el capitán John Moresby, al mando del HMS Basilisk, levantaba cartas de la costa sur de Nueva Guinea cuando entró en una bahía profunda y protegida. Bautizó el puerto con el apellido de su padre, el almirante Fairfax Moresby, y marcó en sus cartas el fondeadero frente a la colina de Paga como Port Moresby.
El sitio ya estaba habitado. Los motu y los koita llevaban siglos allí: los primeros, gente de costa; los segundos, venidos de los cerros del interior, con matrimonios cruzados entre ambos grupos. El asentamiento mayor era Hanuabada, que en realidad eran cinco aldeas.
En 1885, el comisionado Peter Scratchley eligió el lugar como capital colonial, y en 1886 un agrimensor trazó una retícula entre el puerto y Ela Beach. La ciudad moderna nació de esa cuadrícula, encajada en la silla que hay entre las colinas de Paga y Tuaguba.

03 Las casas que siguen en el agua
Lo primero que llama la atención desde el aire son las viviendas construidas sobre pilotes dentro de la bahía, alineadas a lo largo de pasarelas que salen de la orilla. No son un vestigio pintoresco: son los poblados motu, y siguen habitados.
Los propietarios tradicionales del suelo sobre el que está la capital están representados por una asamblea propia, creada por ley, que administra las tierras y los habitantes de diez aldeas reconocidas. Es la única institución de este tipo en todo el país, y su presidente ejerce además como vicegobernador del Distrito Capital.
Es un detalle que conviene tener en la cabeza al recorrer la ciudad: buena parte del suelo urbano no es un solar sin dueño, sino tierra con propietarios tradicionales que siguen ejerciendo como tales.

04 De ciento veinte mil a tres cuartos de millón
El crecimiento moderno es vertiginoso y reciente. En 1980 el censo dio 120.000 habitantes; en 1990, 195.000; en 2011, 364.145; y en el censo de 2024, 756.754 personas en el Distrito Capital Nacional.
Ese crecimiento se repartió en manchas. Tras la independencia de 1975, el nuevo barrio de Waigani absorbió las funciones administrativas y culturales —allí están el Museo Nacional y la Biblioteca Nacional—, mientras el centro histórico quedaba como distrito de oficinas.
El resultado es una ciudad policéntrica y muy extendida: Boroko, que fue el corazón comercial, Gordons, Gerehu, Koki con su mercado de productos frescos, Waigani con los ministerios. Nada de eso se camina de uno a otro: se conduce.

05 Cómo se lee la ciudad
Port Moresby no forma parte de la provincia Central que la rodea: constituye el Distrito Capital Nacional, con tres niveles de gobierno local. Es, administrativamente, otra isla dentro del mapa.
Y físicamente es una ciudad de cerros pelados, hierba amarilla y eucaliptos, algo que sorprende a quien llega esperando la selva de Nueva Guinea. Ese paisaje tiene una explicación climática que merece capítulo aparte.
La forma de leerla es esta: un fondeadero que un capitán encontró en 1873, una retícula colonial en la silla entre dos colinas, unas aldeas sobre pilotes que nunca se movieron, un barrio de ministerios levantado tras la independencia y, alrededor de todo, un país al que solo se llega volando.





