La ciudad se fundó en 1493 sobre una isla vacía.
Álvaro Caminha fundó la colonia de Santo Tomé en 1493, en una isla volcánica que hasta entonces no tenía habitantes. Eso convierte a esta ciudad en una de las más antiguas de África fundadas por europeos, y en una de las pocas del mundo cuyo primer plano no tuvo que negociar con nada anterior.
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01 Una isla sin nadie
Conviene calibrar lo que eso significa. Casi todas las ciudades del mundo, incluidas las coloniales, se levantaron sobre algo: un poblado, un cruce de rutas, un puerto natural que alguien ya usaba. Aquí no. La isla estaba a unos cuarenta kilómetros al norte del ecuador, cubierta de selva, y no la habitaba nadie.
La consecuencia es que la ciudad no tiene capas anteriores que descubrir. Lo más antiguo que se ve es lo primero que se construyó: una catedral del siglo XVI en el centro y el fuerte de São Sebastião, levantado en 1566, que hoy alberga el museo nacional. Debajo no hay nada más.
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02 La bahía de Ana Chaves
El emplazamiento elegido está en el noreste de la isla, sobre la bahía de Ana Chaves, con el pequeño islote de las Cabras enfrente. Es un abrigo natural, y en una isla oceánica sin ningún puerto heredado, esa fue la razón entera de poner la ciudad exactamente ahí y no en otro punto de la costa.
La ciudad es pequeña y sigue siéndolo. Pasó de 42.331 habitantes en 1990 a unos 71.868 en 2018, un crecimiento notable en términos relativos pero que la mantiene en la escala de una población media. Se recorre entera a pie sin esfuerzo, algo poco frecuente entre capitales.
Del casco parte una carretera que rodea prácticamente todo el perímetro de la isla. Ese anillo es la infraestructura que organiza el país: casi todo lo que merece un desplazamiento está sobre él o a poca distancia, y desde la capital se llega a cualquier punto en unas horas.
03 Lo que dejó el azúcar y el cacao
La isla tuvo dos monocultivos sucesivos y los dos dejaron huella construida. El primero fue la caña: en el siglo XVI, Santo Tomé llegó a ser el principal centro de producción de azúcar, hasta que la competencia brasileña desplazó ese papel. El segundo, mucho después, fue el cacao.
De ese segundo ciclo vienen las roças, las grandes explotaciones agrícolas repartidas por la isla: conjuntos completos con almacenes, secaderos, hospitales, viviendas y casas señoriales. Muchas están hoy en ruina parcial y son, en conjunto, el patrimonio construido más singular del país.

En la propia ciudad la herencia se lee en las fachadas: edificios de dos plantas con arcos en la planta baja, ventanas altas arriba, balaustradas rematando la cubierta y revocos pintados en rosa, amarillo y azul, casi todos con el paso del tiempo muy a la vista. Es un conjunto degradado y absolutamente reconocible.
04 Cómo se recorre
El casco se hace a pie en una mañana larga, sin prisa. Es llano, compacto y está organizado alrededor de la bahía, así que basta con seguir el frente de agua y meterse hacia dentro por las calles que salen de él. No hay riesgo de perderse ni distancias que exijan transporte.

Lo que de verdad completa la visita está fuera: la carretera del anillo, las roças repartidas por la isla y el interior de selva, que empieza en cuanto se deja la costa. La capital es un punto de partida excelente precisamente por lo pequeña que es.
Y una nota de calendario que aquí es contundente: la estación seca, la gravana, va de junio a septiembre, con 19, 0, 1 y 17 milímetros de lluvia. El resto del año llueve entre 81 y 131 milímetros al mes. La diferencia entre ir en julio o en marzo es enorme.
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