Túnez son dos ciudades cosidas por una puerta.
Una medina de 280 hectáreas y una ciudad nueva de manzanas rectas comparten centro sin mezclarse. Entre las dos hay un arco, y ese arco explica casi todo.

01 La medina, 280 hectáreas
La medina de Túnez está inscrita en la lista del Patrimonio Mundial desde 1979, ocupa unas 280 hectáreas y conserva del orden de setecientos monumentos: palacios, mausoleos, madrasas, fuentes. No es un decorado conservado, sino un barrio habitado y en funcionamiento.
Su forma se explica por capas. El núcleo central es antiguo, del siglo VIII, y los arrabales del norte y del sur se añadieron en el siglo XIII. Entre los siglos XII y XVI, bajo los almohades y los hafsíes, esta fue una de las ciudades más ricas y populosas de su mundo, y esa prosperidad se nota en la densidad de lo construido.

02 La ciudad nueva y su cuadrícula
Al este de la medina empieza otra cosa. La ciudad nueva se trazó a finales del siglo XIX y principios del XX sobre terrenos ganados al agua, con manzanas rectangulares, aceras anchas y una avenida central arbolada que funciona como salón urbano.
Aquí la escala cambia por completo: cafés con terraza, edificios de cinco o seis plantas, escaparates y un ritmo de paseo que en la medina sería impensable. Es la parte de Túnez que un visitante europeo reconoce de inmediato, y por eso mismo la que menos cuenta sobre la ciudad.

03 La puerta entre las dos
El punto de costura es una sola puerta, Bab el Bhar, la antigua puerta del mar. Durante siglos marcó el límite de la ciudad amurallada por el lado que miraba al agua; hoy la muralla ya no está y el arco se ha quedado exento, en medio de una plaza.
Cruzarlo dura tres segundos y cambia todo: se acaba la calle recta y empieza el zoco, se apaga el ruido de los coches y aparece el de los talleres, y la orientación deja de depender del plano para depender de la memoria. Pocas ciudades ofrecen una transición tan corta entre dos maneras de construir.

04 El lago, el mar y la línea de tren
Túnez no da directamente al Mediterráneo: da a una laguna, el lago de Túnez, unida al golfo por un canal que termina en el puerto de La Goulette. Esa lámina de agua poco profunda es lo primero que se ve desde cualquier altura de la ciudad, con el perfil doble del Bou Kornine al otro lado.
El lago también organiza los desplazamientos. Una línea de tren ligero cruza hacia la costa y enlaza en pocos minutos con Cartago, Sidi Bou Said y La Marsa. Es decir: el yacimiento arqueológico y el pueblo blanco más fotografiado del país son, en la práctica, barrios de la capital.

05 La huella
Lo que queda de Túnez es el contraste, y el hecho de que se recorra a pie. En un cuarto de hora se pasa de un zoco cubierto a una avenida con ficus, y de ahí a un andén desde el que se llega al mar.
Es una capital que no necesita ser espectacular porque es densa. Su mérito no está en un monumento concreto, sino en cuántas cosas distintas caben en muy poco espacio y en lo bien que se nota, al cruzar una puerta, dónde termina una lógica y empieza otra.





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