Esta ciudad es el puerto de otro país.
Yibuti se fundó en 1888 sobre una costa deshabitada, y no por lo que había aquí sino por lo que había detrás: Etiopía. La ciudad nació como el extremo marítimo de una vía de tren que tardó veinte años en llegar a Adís Abeba, y hoy alrededor del noventa por ciento del comercio exterior etíope sigue pasando por sus muelles. Vive en ella el setenta y tres por ciento de la población del país.

01 Una ciudad fundada para un tren
El detalle importa porque explica el orden de las cosas. Primero se eligió el puerto; después se trazó la ciudad; y solo después llegó la gente. En 1892 la administración se trasladó aquí desde Obock, y en 1897 empezaron las obras del ferrocarril que debía unir este fondeadero con el altiplano etíope. El primer servicio comercial salió en 1901. La línea no llegó a Adís Abeba hasta 1917: veinte años de obra para justificar un puerto.
Ese ferrocarril sigue existiendo, aunque no sea el mismo. En 2017 se inauguró una línea nueva, eléctrica, de vía estándar y 753 kilómetros entre Adís Abeba y el puerto: la primera línea electrificada transfronteriza de África. Cambió la máquina, no la idea. La idea tiene ciento treinta y ocho años y sigue siendo la misma: llevar al mar lo que produce un país que no tiene mar.

02 Tres cuartas partes del país
La consecuencia demográfica es de las más extremas que existen. La ciudad ronda los 777.000 habitantes, y eso equivale a cerca del setenta y tres por ciento de toda la población nacional. No hay una segunda ciudad que compita: hay una capital y hay campo. Quien dice «Yibuti» está diciendo, casi siempre, esta ciudad.
Etiopía es un país sin costa con más de cien millones de habitantes, y esta ciudad es su puerta al mar. Eso se nota en la calle antes que en ningún dato: en los camiones que suben y bajan por la carretera del interior, en el vocabulario logístico que aparece en los rótulos, en la cantidad de negocio que no tiene nada que ver con el turismo. Una capital de menos de un millón de personas que mueve la carga de cien millones tiene, forzosamente, una escala rara.
También explica por qué el visitante no encuentra aquí el repertorio habitual. No hay ciudad vieja anterior al puerto, porque antes del puerto no había ciudad. No hay grandes monumentos heredados, porque no hubo siglos previos que los levantaran. Lo que hay es una ciudad de trabajo de ciento treinta y ocho años, plantada sobre una costa de coral a catorce metros sobre el nivel del mar.

03 La cuadrícula y la sombra
Una ciudad dibujada de golpe se lee de golpe. El casco creció alrededor de tres mesetas bajas con tres funciones distintas —la administrativa, la económica y la residencial—, y el centro se trazó en damero: calles largas, manzanas regulares y unas cuantas plazas grandes que ordenan el conjunto. La principal es la Place du 27-Juin, que casi todo el mundo sigue llamando Place Ménélik.
Ahí está la única firma arquitectónica reconocible de la ciudad: los soportales. Los edificios de dos plantas del centro antiguo apoyan el piso superior sobre arcadas continuas, de modo que la acera queda bajo techo. En un lugar donde julio tiene una máxima media de 42,1 °C, eso no es un capricho estilístico sino una infraestructura. La sombra es aquí un servicio público.
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El resto de la ciudad es más baja y más extensa, y crece hacia el interior en barrios numerados. Vista desde el aire no tiene perfil: casi nada supera las cinco plantas, y el color dominante es el blanco sucio del cemento y el beige de la arena. Esta no es una ciudad que se mire de lejos. Es una ciudad que se recorre por dentro, buscando el lado en sombra de la calle.
04 Cómo se visita
La primera decisión es cuándo. Entre junio y agosto la ciudad es un horno con máximas medias de 39 a 42 grados y mínimas que no bajan de 30, y en esos meses sopla desde el desierto el khamsin, un viento seco cargado de polvo que reduce la visibilidad. De diciembre a febrero las máximas rondan los 29 y las mínimas los 22. La diferencia entre las dos mitades del año no es de matiz: es de viabilidad.
La segunda es entender que la ciudad es una base, no un fin en sí misma. Dos o tres días bastan para el centro, los soportales, el mercado y la orilla. Lo que hay alrededor —el golfo de Tadjoura enfrente, el lago Assal a un par de horas por carretera, las chimeneas del lago Abbé más lejos— es lo que justifica la escala del viaje, y todo se organiza desde aquí.
Y la tercera es de expectativa. Yibuti no está construida para gustar de entrada. Es una ciudad funcional, calurosa, de tráfico y polvo, sin fachada turística ni intención de tenerla. Lo interesante es exactamente eso: pocas capitales del mundo enseñan con tanta claridad para qué fueron hechas. Aquí el motivo está a la vista, en los muelles, y no ha cambiado desde 1888.




