01 Cuatro meses y una cita

Hay destinos que admiten muchas formas de viajar. Este no. Yibuti funciona muy bien para un perfil concreto y bastante mal para el resto, y conviene decirlo antes de nada. El perfil es el de quien viaja por naturaleza y geología, tolera el calor y la incomodidad logística, y tiene un motivo claro para venir.

Qué esperar de este viaje, medido en lo que le importa a quien viene por el mar y por el paisaje.
Singularidad del encuentro marino Agregación anual y previsible de tiburón ballena juvenil
Paisaje geológico El punto más bajo de África y un campo de chimeneas de travertino
Soledad en los sitios Un país sin turismo de masas, en ninguna época
Amplitud de la ventana Solo cuatro meses al año encajan clima y fauna
Comodidad y servicios Capital funcional, calor alto y poca infraestructura turística
Densidad cultural urbana Ciudad fundada en 1888, sin casco histórico ni museos

La previsibilidad es lo que convierte esto en un viaje planificable y no en una lotería. Los recuentos anuales que se llevan desde 2003 han registrado hasta 181 individuos en una sola temporada. No es una garantía —nunca lo es con fauna salvaje—, pero sí una probabilidad muy alta si eliges bien el mes y le das varios días.

Vista desde una altura sobre una bahía cerrada de agua azul acerada y superficie lisa: en el centro del agua emergen dos islotes de perfil abombado, uno grande con forma de cúpula y laderas pardas surcadas por regueros claros, y otro más pequeño y bajo a su izquierda; el primer plano y la franja intermedia son un campo de lava negra y grava oscura sin vegetación, atravesado por dos pistas de tierra clara que bajan hacia la orilla; al fondo, una línea de escarpes azulados difuminados por la calima, y arriba un cielo gris blanquecino con una zona de luz difusa a la derecha.
La bahía de Goubet, en el extremo cerrado del golfo. Es una de las zonas donde se concentra la agregación entre noviembre y febrero.Benlilkon93 / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

02 Ciento cincuenta y cinco metros por debajo

El segundo motivo está a un par de horas por carretera desde la capital, y es de otra naturaleza. El lago Assal se encuentra a 155 metros por debajo del nivel del mar: es el punto más bajo de África y el tercero más bajo de la superficie terrestre del planeta. Su salinidad ronda el 34,8 %, unas diez veces la del mar, y lo sitúa entre las masas de agua más saladas que existen.

Una cuenca cerrada donde el agua se evapora más deprisa de lo que entra. Lo que queda es sal: una orla blanca, dura y crujiente que rodea el lago entero.

El mecanismo es simple y visible sobre el terreno. La cuenca no tiene salida, así que el agua solo se va por evaporación y deja atrás todo lo que llevaba disuelto. El resultado son depósitos de sal de un blanco casi cegador junto a un agua turquesa opaca, y alrededor un anfiteatro de coladas de lava y mesetas pardas. Es un paisaje que no se parece a ningún otro que hayas visitado.

Interior de un cráter volcánico visto desde el borde, ocupando casi todo el encuadre: las paredes descienden en pendiente pronunciada y están cubiertas de bloques de lava negra y gris oscuro mezclados con zonas de escoria de un rojo óxido intenso y tramos de gravilla parda; no hay vegetación de ningún tipo ni referencia de escala, salvo un sendero apenas marcado que baja por la derecha; en la franja superior asoma el borde opuesto del cráter y una estrecha línea de cielo blanco.
El cráter del Ardoukoba, junto a la carretera del lago Assal. La lava sin erosionar es lo que se atraviesa para llegar abajo.Albert Backer / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

03 Chimeneas de cincuenta metros

La tercera pieza está más lejos, en el borde suroeste del país: el lago Abbé, un lago salado sin salida al mar que recoge las aguas del río Awash y termina ahí. Lo que lo hace único no es el lago sino lo que lo rodea: un campo geotérmico con fuentes termales y torres de caliza que llegan a los cincuenta metros de altura.

Esas chimeneas se formaron por precipitación: el agua subterránea, caliente y cargada de minerales, sube y al encontrarse con el agua del lago deposita carbonato de calcio, que se acumula durante milenios en columnas. Alrededor sigue habiendo actividad, de modo que al amanecer el vapor sale del suelo entre las torres. No hay muchas maneras de ver algo así en el mundo.

Llegar cuesta: es una jornada de pista, se duerme sobre el terreno y se madruga para ver salir el vapor con la primera luz. Si esa frase te ha atraído en lugar de desanimarte, este destino es tuyo. Si te ha desanimado, ya tienes la respuesta que buscabas.

Playa de arena blanca y muy fina que se curva desde el primer plano hacia la izquierda del encuadre: sobre la orilla, alineadas siguiendo la línea del agua, hay unas treinta aves marinas de dorso gris oscuro, vientre claro y patas amarillentas, algunas paradas y otras caminando; el agua pasa del turquesa transparente del bajío al verde esmeralda, con una franja de espuma blanca rompiendo; al fondo, sobre una lengua de tierra baja, se alinean seis construcciones oscuras de cubierta a dos aguas, y el cielo es azul pálido y neblinoso.
Las islas del golfo, a menos de una hora en barco de la capital. Son la base habitual para salir a buscar la agregación.Anai171 / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

04 Cómo se arma el viaje

Seis o siete días bastan y sobran. Dos o tres para el golfo, saliendo en barco desde la capital o durmiendo en las islas; uno largo para el lago Assal y el corredor volcánico; dos para el lago Abbé, con noche sobre el terreno; y el resto, de margen. La ciudad no necesita más de una mañana.

El mes es la decisión más importante y no admite discusión: entre noviembre y febrero. Enero y febrero dan las temperaturas más cómodas —29 grados de máxima y 22 de mínima— y caen de lleno en la temporada del golfo. Fuera de esa ventana, el viaje pierde a la vez el clima y el motivo.

Sobre el terreno, dos reglas. La primera: todo se hace por la mañana, porque el país se detiene a mediodía y las tardes no sirven para nada operativo. La segunda: nada de esto se improvisa desde el asiento de un autobús. Hace falta vehículo con conductor y un barco contratado, y eso se organiza en francés y con antelación.

Y una última cosa, que es la que decide de verdad. Yibuti no te va a compensar con nada más. No hay casco antiguo, no hay museos, no hay una escena gastronómica que justifique el billete, y la capital es una ciudad de trabajo fundada en 1888. Si vienes por los tiburones ballena y por el punto más bajo de África, saldrás con la sensación de haber visto algo que casi nadie ve. Si vienes por otra cosa, saldrás preguntándote qué hacías allí.

Rate this article

Your vote helps prioritize what we edit next.

No votes yet
SN

Sofía Navarro

Editora de Hecho Para Ti · Flowtravel

Sofía empareja viajeros con destinos, y dice cuándo no encajan.