01 La casa del arábica

Este viaje es para un perfil muy concreto, y conviene decirlo antes de nada. Adís Abeba no tiene monumentos, ni casco histórico, ni un catálogo de visitas que justifique el billete por sí solo: la ciudad tiene poco más de un siglo. Lo que sí tiene, y en un grado que ningún otro sitio del mundo puede igualar, es café.

Qué esperar de este viaje, medido en lo que le importa a quien viene por el café.
Autenticidad del origen El único país donde el arábica crece silvestre en bosque
Cultura de mesa La ceremonia es cotidiana, no una demostración para turistas
Variedad para probar Yirgacheffe, Sidamo, Harrar, Limu y decenas de perfiles más
Facilidad de acceso al origen Los bosques de Kaffa y Bale quedan muy lejos de la capital
Interés urbano Ciudad de 1886, sin monumentos ni centro histórico
Comodidad del viaje Seis millones de habitantes, tráfico denso y 2.355 metros

El dato de producción redondea el argumento: Etiopía es el mayor productor de café de África y el quinto del mundo. Aquí el café no es una exportación entre otras, es la exportación, y eso se nota en que la cultura del grano no vive en las cafeterías de diseño sino en las casas.

02 Hora y media, tres rondas

La ceremonia —buna, en amárico— es un procedimiento completo y dura entre una y dos horas. Se extiende hierba fresca por el suelo, se lava el grano verde y se tuesta a la vista sobre carbón, en una sartén de mango largo, hasta que humea y llena la habitación de olor. Después se muele a mano y se hierve en una jarra de barro negro, la jebena.

Tres rondas de la misma jarra: abol, tona y bereka. Levantarse después de la primera se considera de mala educación, y con razón: el café aún no ha terminado.

Se sirve en tacitas pequeñas sin asa, y se sirve tres veces. Cada ronda tiene nombre —abol la primera, tona la segunda, bereka la tercera— y cada una sale algo más suave que la anterior, porque se vuelve a añadir agua a la misma jebena. Marcharse después de la primera taza es cortar la cosa por la mitad.

Vista cenital de una jarra de café de barro negro puesta a hervir: la jarra, de cuerpo redondeado, cuello estrecho, pitorro corto y tapa cónica ligeramente ladeada, descansa encajada en la boca de un brasero metálico oxidado con dos asas de alambre, y por debajo se ven las brasas encendidas entre la ceniza; el brasero se apoya sobre un bidón verde; en la parte inferior del encuadre hay un recipiente de barro lleno de trozos de carbón vegetal negro con unas pinzas metálicas apoyadas encima, y todo el suelo de cemento está cubierto de briznas de hierba verde recién cortada.
La jebena al fuego sobre el brasero, con la hierba fresca extendida por el suelo. Ese es el montaje completo de una ceremonia, y no cambia.Abyssinian cat / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

03 Dónde se bebe

La respuesta corta es: en todas partes. La ceremonia se hace en casas, en patios, en pequeños locales de barrio y en la trastienda de negocios que no tienen nada que ver con la hostelería. No es una demostración folclórica montada para visitantes: es la manera normal de tomar café, varias veces por semana, en un país entero.

Junto a eso conviven dos cosas más. Por un lado, la herencia del café exprés a la italiana, que aquí lleva casi un siglo y que ha dejado una cultura de barra y de macchiato perfectamente asentada. Por otro, una escena reciente de tostadores y cafeterías de especialidad que trabajan con orígenes etíopes concretos: Yirgacheffe, Sidamo, Harrar, Limu.

Montón de una docena de jarras de café de barro cocido sin esmaltar, amontonadas unas sobre otras encima de un saco de arpillera basta extendido en el suelo: casi todas son de un naranja terracota vivo, con el cuerpo esférico, un asa lateral en arco, un pitorro corto y grueso y el cuello estrecho; varias llevan grabados triángulos y líneas incisas alrededor del hombro y muestran manchas oscuras de cocción; en el centro del montón destaca una única jarra completamente negra y brillante; al fondo se ve tierra seca con hojas y otro saco claro.
Jebenas de barro a la venta. En una casa etíope no es un objeto decorativo: es utillaje de uso diario, y se rompe y se repone.Rod Waddington / Wikimedia Commons / CC BY-SA 2.0·CC BY-SA 2.0

04 Cómo se arma el viaje

Cuatro o cinco días en la ciudad son suficientes si el café es el motivo. Una mañana para el mercado, otra para el mirador de Entoto y su bosque, y las tardes —en plural— para sentarse. Conviene no encadenar dos ceremonias el mismo día: entre la cafeína y los 2.355 metros de altitud, el cuerpo lo nota.

Si quieres llegar al origen de verdad, hay que contar con más tiempo y con carretera. Los bosques donde el arábica crece silvestre están en el suroeste y en el sureste del país, a varios días de viaje, y no hay un circuito montado ni señalizado. Es perfectamente posible, pero no es una excursión de un día desde la capital.

Una mujer sentada en un taburete bajo, de perfil y con la cabeza inclinada hacia abajo, tuesta café sobre un hornillo metálico verde: sostiene con la mano derecha el mango largo de una sartén ennegrecida apoyada sobre el fuego y remueve el grano; viste un traje largo de algodón blanco con bordados florales de colores en el pecho, el bajo y el hombro; detrás cuelga una cortina de tela rosa con un estampado dorado de flores y volutas que ocupa casi todo el fondo; delante, sobre un arcón de madera tallada, hay seis tacitas blancas alineadas y una jarra de barro negro en el suelo, a la izquierda.
El tueste del grano, el paso que abre la ceremonia. Ocurre delante de quien va a beber, y es lo que hace que el proceso dure lo que dura.Irene2005 / Wikimedia Commons / CC BY 2.0·CC BY 2.0

El mes no admite mucha discusión: de octubre a febrero. Son los meses secos, con entre 5 y 33 milímetros de lluvia y de 248 a 288 horas de sol. Julio y agosto, con 238 y 242 milímetros y veintisiete días de lluvia, convierten cualquier desplazamiento en una negociación con el barro.

Y el aviso que decide. Si vienes buscando ciudad, arquitectura o una lista de visitas, Adís Abeba te va a decepcionar, y no es culpa suya: tiene ciento cuarenta años y nunca prometió eso. Si vienes buscando entender de dónde salió lo que te tomas cada mañana, y estás dispuesto a dedicarle una tarde entera a una sola jarra, es de los pocos sitios del mundo donde eso se puede hacer de verdad.

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SN

Sofía Navarro

Editora de Hecho Para Ti · Flowtravel

Sofía empareja viajeros con destinos, y dice cuándo no encajan.