01 Ochenta y ocho islas y un millón de aves
Conviene empezar por lo que no es. Bisáu, la capital, se ve en un par de días: no tiene conjunto monumental, ni museos que llenen una tarde, ni una escena que justifique quedarse. Si el viaje se acaba en la ciudad, el viaje se ha quedado a medias. Lo que trae a la gente hasta aquí está enfrente, cruzando el agua.
La combinación es lo que hace singular este destino: no es solo un archipiélago bonito, es un archipiélago con una organización social propia —cuatro clanes matrilineales, gestión comunal de la tierra— que está reconocida como una de las razones por las que el entorno ha llegado hasta hoy en el estado en que está.

02 Las tortugas
El dato más contundente del archipiélago es el de la tortuga verde: estas islas son el sitio de puesta más importante de toda África occidental. Las playas de arena de algunas islas pequeñas concentran la mayor parte de los nidos, y el conjunto está protegido precisamente por eso.
El sitio de puesta de tortuga verde más importante de África occidental está en un país que casi nadie visita, a unas horas en barco de su capital.
Conviene decirlo con claridad: las zonas de puesta más sensibles están protegidas y el acceso está restringido o requiere permiso y acompañamiento. No es un espectáculo abierto ni una excursión que se contrate en el muelle. Quien vaya buscando garantías, o quien no acepte que la protección esté por delante de la visita, se va a llevar un chasco.
Junto a las tortugas está el otro gran argumento: las aves. El archipiélago es el segundo enclave de África occidental para las migratorias, con alrededor de un millón de aves al año que usan los bajíos y las llanuras de fango que quedan al descubierto con la marea. Para quien viaja con prismáticos, eso solo ya justifica el viaje.
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03 Viajar con la marea
La logística de este viaje se resume en una palabra: marea. Los canales entre las islas son poco profundos y las llanuras de fango se descubren y se cubren varias veces al día, de modo que las salidas en barco no se organizan por horario sino por altura del agua. Es normal esperar medio día a que suba.
No hay puentes, no hay aeropuertos en las islas y en la mayoría no hay carretera. Se llega en barco desde Bisáu y se salta de isla en isla en piragua. Eso significa que el itinerario no puede ser rígido y que perder un enlace cuesta un día entero, no una hora.

04 Cómo se arma el viaje
Ocho o diez días es la medida mínima razonable, y conviene no llenarlos. Dos días para la capital y las gestiones, y el resto para dos o tres islas, contando siempre con un día de margen por si el barco no sale. Intentar cuatro islas en una semana es la manera más segura de pasarse el viaje esperando en un muelle.
El mes tiene respuesta clara: de noviembre a abril. Es la estación seca —diciembre 0,2 milímetros, enero 0,1, febrero y marzo 0,0— y es cuando el mar está en calma y las travesías son fiables. De julio a septiembre caen 371, 468 y 364 milímetros, y el archipiélago deja de ser accesible con normalidad.
Y el aviso que decide, que aquí es más severo que en casi cualquier otro destino de esta serie. Guinea-Bisáu recibe poquísimos viajeros y no tiene nada preparado para ellos: el alojamiento en las islas es muy básico, la electricidad es limitada, no hay asistencia médica cercana y casi nada se puede reservar por adelantado desde fuera.
Si eso te parece un precio razonable por recorrer ochenta y ocho islas protegidas donde anidan las tortugas verdes de media región y donde no vas a coincidir con otro viajero, este es uno de los destinos más extraordinarios que quedan en la costa atlántica africana. Si no, casi cualquier otro sitio te va a tratar mejor.


