Un viaje de tres generaciones no se rompe por el destino. Se rompe por la aritmética: el abuelo no quiere caminar dos horas cuesta arriba, el niño de seis no aguanta cuatro horas de coche, y los padres acaban repartiéndose el grupo y viéndose a la hora de cenar. Un destino que funcione para los tres tiene que resolver eso, no ofrecer más cosas.
01 El problema de los tres ritmos
La Columbia Británica tiene una ventaja poco evidente para este perfil: buena parte de lo que se viene a ver no exige esfuerzo físico. Los animales aparecen desde la cubierta de un barco o desde el borde de un río; los bosques más impresionantes se recorren por pasarelas de madera; las cascadas más grandes tienen mirador junto al aparcamiento.
A eso se le suma el clima. En verano el interior ronda los 25 grados de máxima media y la costa se queda por debajo: no hay que planificar alrededor del calor, que es lo que arruina los viajes con mayores y con niños pequeños en el sur de Europa. Aquí el enemigo es la lluvia, y la lluvia se resuelve con un chubasquero.
02 El barco resuelve los traslados
El detalle que más cambia este viaje respecto a otros es que aquí una parte de los desplazamientos se hace en transbordador. No es una excursión: la red de barcos funciona como prolongación de las carreteras, con horarios de línea regular, y los buques llevan los coches dentro.

Para un grupo de tres generaciones esto vale mucho más de lo que parece. Un trayecto en barco no es tiempo muerto: los niños se levantan y se mueven, los mayores se sientan cómodos con una ventana enorme delante, hay baños y cafetería, y todos miran el mismo paisaje a la vez. Es el único tramo del día en el que nadie tiene que esperar a nadie.
03 Naturaleza a ras de suelo
El bosque lluvioso templado de la costa tiene una ventaja práctica curiosa: como el suelo es blando, encharcado y lleno de raíces, los senderos más visitados están construidos sobre pasarelas de madera. Eso, que se hizo para proteger el terreno, resulta ser exactamente lo que necesita un grupo con un bastón y un cochecito.
.jpg?width=1200)
Lo mismo ocurre con el agua. Las grandes cascadas del interior están enfocadas para verse desde miradores construidos al borde del cañón, con barandilla y a pocos metros del aparcamiento. Se puede llegar, mirar diez minutos y volver al coche sin que nadie se quede atrás.

Con tres generaciones, el mejor plan no es el más espectacular. Es el que todos pueden hacer a la vez.
04 Dos bases y ninguna maleta de más
La provincia ocupa 944.735 kilómetros cuadrados. Con un grupo así, la tentación de verlo todo es el error más caro que se puede cometer: cada cambio de alojamiento implica recoger, cargar, conducir y volver a instalarse, y esa operación multiplicada por cinco personas de tres edades distintas consume el viaje.
Dos bases largas funcionan mucho mejor que cinco cortas. Una en la isla grande, con la costa del Pacífico y sus bosques; otra en el interior, con lagos, cascadas y clima seco. Entre las dos hay una travesía en barco, que se convierte en la jornada de transición sin que nadie tenga que conducir seis horas.

Para el alojamiento, una casa con cocina resuelve más problemas que cualquier hotel. Los horarios de comida de un niño de seis años y de una persona de setenta y cinco rara vez coinciden con los de un restaurante, y poder desayunar sin salir a la calle ahorra una discusión diaria.
05 Lo que conviene saber antes
El primer aviso es el precio. Este es un destino caro y en julio y agosto el alojamiento sube de forma notable. Mayo, junio y septiembre dan un clima muy parecido con bastante menos ocupación, y en septiembre el interior sigue rondando los 23 grados de máxima.
El segundo es la distancia real. Los mapas engañan: entre dos puntos puede haber una cordillera, un brazo de mar o las dos cosas. Antes de cerrar el itinerario, calcula los tiempos con los horarios de barco delante y no con los kilómetros.
Y el tercero es la lluvia. En la costa llueve bastante incluso en verano, y con niños y mayores conviene tener siempre un plan alternativo bajo techo para media jornada. No es un destino de piscina y toalla; es de chubasquero en la mochila desde el primer día.
06 Cómo queda el viaje
Con doce noches, un reparto que funciona es de seis y seis. La primera mitad en la isla grande: pasarelas de bosque, playas largas, salidas cortas en barco para ver fauna y una ciudad pequeña como base. La segunda mitad en el interior: lagos, cascadas con mirador y sol seco para secar la ropa.
Si el grupo puede viajar en octubre y toca año de remontada fuerte del salmón, cambia la segunda mitad por el interior meridional en la segunda o tercera semana del mes. Ver un río lleno de peces rojos es de las pocas cosas que impresionan por igual a un niño de seis años y a alguien de setenta y cinco.
Y una última recomendación que no tiene que ver con el destino sino con el grupo: reserva un día de cada tres sin plan. No para descansar, sino para que cada generación haga lo suyo unas horas y todos vuelvan por la tarde con ganas de contarlo. Los viajes largos en familia se sostienen más por eso que por el itinerario.




.jpg?width=1600)