01 Tres mil quinientos nidos
Este viaje es para un perfil estrecho y conviene decirlo pronto. Libreville no ofrece ciudad: no hay casco antiguo, ni conjunto monumental, ni una escena cultural que llene los días. Lo que ofrece es una posición, y para quien viaja por fauna marina esa posición es extraordinaria.
La puesta se concentra entre octubre y marzo, con el grueso en diciembre y enero. Se hace de noche, caminando por la arena con un guía, sin luces y sin flash, y lo que se ve depende de la suerte y de la paciencia. En la zona anidan además otras especies, entre ellas la tortuga olivácea.

02 Y en la otra mitad del año, ballenas
La segunda cita ocurre en la mitad opuesta del calendario. Durante el invierno austral, las ballenas jorobadas suben desde el sur y pasan frente a esta costa, y se dejan ver desde embarcación en las aguas del exterior del parque, junto con delfines mulares. Julio y agosto son los meses centrales.
Jorobadas en julio y agosto; laúdes de octubre a marzo. La misma franja de costa, dos animales enormes y ninguna posibilidad de verlos el mismo día.
Lo que distingue esta costa no es el número de ballenas sino el de barcos: aquí prácticamente no hay flota de avistamiento. En los grandes destinos balleneros del mundo una jorobada aparece rodeada de embarcaciones; aquí, si sale, sale para ti. Es una diferencia de experiencia difícil de exagerar.
03 Dos citas que no coinciden
Aquí está la decisión que hay que tomar antes de comprar el billete, y conviene tomarla con los números delante. Las dos temporadas no solo no se solapan: caen en las dos mitades climáticas opuestas del año, y cada una tiene su inconveniente.
La temporada de ballenas coincide con la estación seca, que aquí es la más gris del año: julio deja 5 milímetros de lluvia pero solo 93 horas de sol, tres al día. Vas a tener el mar en calma y las pistas firmes, y vas a tener el cielo tapado casi todos los días.
La temporada de tortugas coincide con la más húmeda: octubre trae 419 milímetros en 22,4 días y noviembre, 464 en 23,1. Diciembre y enero, que son el pico de la puesta, mejoran algo —298 y 243 milímetros— pero siguen siendo meses de agua. La contrapartida es que en esos meses sí hay sol entre chaparrón y chaparrón.

04 Cómo se arma el viaje
Cinco o seis días bastan. Una mañana para la ciudad —el frente marítimo, el mercado, poco más—, y el resto al otro lado del estuario: se cruza en barco desde Libreville, se duerme en la orilla de enfrente y desde ahí se sale, de día al mar y de noche a la playa según la temporada.
Todo se organiza con antelación y en francés. No hay transporte regular al parque, no hay carretera de acceso y no hay una oferta de excursiones que se pueda contratar sobre la marcha en la calle. Gabón recibe muy pocos viajeros, y eso significa a la vez soledad garantizada y logística que hay que preparar de casa.

Y el aviso que decide, que en este caso es doble. El primero: Gabón es uno de los destinos más caros de África, y no compensa la diferencia con servicios, sino con ausencia de gente. El segundo: no hay garantías. Son animales salvajes en un parque sin infraestructura de observación, y hay viajes en los que no aparece nada.
Si eso te parece un precio razonable por tener treinta y cinco kilómetros de playa protegida y un mar sin barcos, este es tu destino, y de los mejores que quedan. Si esperas comodidad, buen tiempo y algo que hacer cuando la fauna no aparece, casi cualquier otro sitio te va a tratar mejor.


