Casi todas las rutas de senderismo prometen lo mismo: un paisaje, un desnivel y una cima. Hay una isla donde las rutas prometen otra cosa. En Madeira los caminos siguen canales de riego, y esos canales, cuando la montaña se pone por delante, no la rodean: la atraviesan.
La red de levadas de la isla suma más de 2.170 kilómetros de canal, y dentro de esa cifra hay unos 40 kilómetros de túnel excavado en la roca. Son túneles de obra antigua, sin iluminación, algunos largos y algunos tan bajos que hay que caminar doblado. Y tienen un sendero al lado, porque alguien tenía que entrar a mantenerlos.
01 Cuarenta kilómetros de túnel
Conviene entender de dónde sale esa cifra. La cordillera cruza Madeira de este a oeste y culmina a 1.862 metros en el Pico Ruivo. El agua está al norte, donde caen hasta 2.800 milímetros al año, y la gente al sur, donde Funchal recibe 817,7. Trasvasar de un lado al otro obliga a perforar.
Los primeros grandes canales se abrieron a finales del siglo XV y en la primera mitad del XVI, con el auge del azúcar. Pero hasta finales del XVIII el sur se regaba solo con levadas que no cruzaban la cordillera central: atravesarla era técnicamente arriesgado y muy caro. Los túneles llegaron después, y son la parte más joven y más espectacular del sistema.
El resultado, para quien camina, es un tipo de ruta que no existe casi en ningún otro sitio: kilómetros de sendero horizontal a media ladera, interrumpidos cada cierto tiempo por una boca negra en la roca.
02 La ruta que lo explica todo
Si solo vas a hacer una, haz la del Caldeirão Verde, señalizada como PR 9. Arranca en el parque forestal de Queimadas, en la vertiente norte, y sigue la levada del mismo nombre unos 8,7 kilómetros por sentido, es decir, unos 17,4 kilómetros en total si vuelves por el mismo camino.

El desnivel es mínimo, porque el canal mantiene la curva de nivel y el sendero va pegado a él. Lo que hace que la jornada dure entre cuatro y seis horas y media no es la pendiente: es la longitud, el suelo mojado y los cuatro túneles.
Al final del recorrido hay una cascada que cae en vertical desde unos cien metros de altura sobre una poza. Es el punto de retorno, y funciona como recompensa, pero lo interesante del día está en el trayecto.
03 Qué se siente ahí dentro
Los cuatro túneles del PR 9 varían en longitud y en altura, y al menos uno es largo y muy bajo, así que hay tramos en los que tienes que ir encorvado. Ninguno tiene luz. La linterna frontal no es una recomendación: es material obligatorio, y conviene llevar también algo en la cabeza.
Dentro, el suelo es de piedra irregular y siempre está mojado, la roca gotea desde arriba y el canal corre a un lado con un sonido que amplifica la bóveda. Se pierde por completo la referencia del exterior: no se ve la ladera, no se ve el cielo y solo hay el círculo de la linterna y el ruido del agua.
Y después se sale. La secuencia se repite cuatro veces y es la que da carácter a la ruta: bosque, oscuridad, bosque, oscuridad. Es una experiencia más parecida a recorrer una obra de ingeniería que a hacer una excursión.
El canal no rodea la montaña: la atraviesa, y el sendero entra detrás.
04 Y qué hay fuera
El bosque por el que pasan estas rutas no es un bosque cualquiera. Es la laurisilva, un resto de la vegetación de laureles que hace millones de años cubría buena parte del sur de Europa y del norte de África, y que en esta isla existe desde hace al menos 1,8 millones de años.
Ocupa unas 15.000 hectáreas, el 20 % de la superficie de la isla, se considera la mayor superficie de laurisilva que sobrevive en el mundo y alrededor del 90 % es bosque primario. La UNESCO lo declaró Patrimonio Mundial en 1999. Crece sobre todo entre los 400 y los 1.200 metros, que es exactamente la franja por la que van las levadas.
No es casualidad: el bosque y el canal comparten altura porque comparten la misma condición, la humedad constante de la vertiente norte. Caminar una levada es caminar por el borde superior del sistema de agua de la isla, y el bosque es lo que lo alimenta.
05 El agua no es paisaje: es la razón
Conviene tener claro qué estás caminando, porque cambia la experiencia. La levada no es un sendero al que alguien puso un canal decorativo al lado. Es al contrario: el canal es la obra, y el sendero existe porque había que recorrerlo a pie para mantenerlo limpio y para repartir el agua por turnos.

Eso explica dos cosas prácticas. La primera, por qué el trazado es tan llano: el agua tiene que avanzar sola con una pendiente mínima, y por eso el camino tampoco sube. La segunda, por qué a veces es tan estrecho y expuesto: nadie lo diseñó para pasear, sino para que cupiera una persona con una herramienta.
En bastantes tramos el canal va por una cornisa sin barandilla, con la pared a un lado y la caída al barranco al otro. Si tienes vértigo, ese es el filtro real de este viaje, más que la distancia o los túneles.
06 Cómo se arma el viaje
Cinco a siete días permiten hacer una levada distinta cada día sin repetir, y conviene basarse en el norte o en el centro para no cruzar la isla cada mañana. La jornada del Caldeirão Verde pide un día completo; el resto se puede escalonar según lo que aguanten las piernas.
El material no es negociable: linterna frontal con pilas de sobra, impermeable de verdad, calzado con suela que agarre en piedra mojada y algo en la cabeza para los túneles bajos. Estás en la cara de la isla que recibe hasta 2.800 milímetros al año, y a 1.610 metros la estación de altura mide 2.927,8.
Lo que hace distinto a este viaje no es la dificultad, que es moderada, ni el paisaje, que es extraordinario pero no único. Es que durante unos cuantos kilómetros dejas de caminar sobre la montaña y empiezas a caminar dentro de ella, siguiendo un río que alguien decidió construir hace cuatrocientos años.




