No es un plan para todo el mundo, y conviene decirlo pronto: si vienes exclusivamente a bucear, tu sitio está en el agua y este artículo no es para ti. Si te interesa lo que hay encima, sigue leyendo.

01 Casi todo el mundo se queda en el agua
Palaos ha hecho de la conservación su política de entrada. Desde diciembre de 2017, cada visitante internacional firma al llegar un compromiso ambiental que se sella en el pasaporte: fue la primera política migratoria del mundo centrada en la responsabilidad ambiental.
En la misma línea, el país declaró santuario marino el ochenta por ciento de sus aguas nacionales, sin pesca ni extracción, y en 2020 fue el primero en prohibir las cremas solares con compuestos tóxicos para el coral. Esto se nota en la práctica: hay tasas ambientales y hay permisos que comprobar antes de meterse en el agua.
Todo eso protege un arrecife extraordinario y explica por qué la oferta turística está tan concentrada. Lo que casi nadie te cuenta es que la parte terrestre del país está prácticamente vacía de visitantes.
02 La isla grande, en días de coche
Babeldaob mide 331 kilómetros cuadrados y en ella viven unas seis mil personas repartidas en diez estados. La carretera de circunvalación, terminada en 2007, la rodea en 85 kilómetros de asfalto por el que puedes conducir un buen rato sin cruzarte con nadie.
En ese anillo caben, sin apretar: el capitolio de Ngerulmud en su loma, la cascada de Ngardmau en el noroeste, el lago de Ngardok —el mayor de agua dulce del país, con cocodrilos marinos en sus orillas— y los monolitos de basalto de Badrulchau, en el extremo norte.
Añade el bai de Airai, la casa de reunión tradicional más antigua que se conserva, de unos doscientos años, y tienes cuatro días de recorrido sin repetir. La lluvia se encargará de reorganizártelos.

03 Aves que no existen en ningún otro país
La cresta central boscosa de Babeldaob, unas 13.767 hectáreas conocidas como Middle Ridge, está declarada área importante para las aves porque concentra casi todas las especies endémicas del país.
La lista incluye la paloma frutera de Palaos —el ave nacional—, la paloma terrestre de Palaos, el megápodo de Micronesia, el búho de Palaos, el martín pescador de Palaos, el abanico de Palaos y el mosquitero de Palaos, entre otras. Ninguna vive fuera del archipiélago.
No hace falta ser ornitólogo para que compense: basta con conducir despacio, parar en los claros de la carretera a primera hora y llevar prismáticos. Es el mejor argumento para madrugar en un país donde la tarde suele traer chubascos.

04 Lo práctico
Se vuela al aeropuerto internacional de Airai, en el extremo sur de Babeldaob, y desde ahí un puente lleva a Koror, donde está prácticamente todo el alojamiento y la restauración del país. En la isla grande hay opciones sueltas y pequeñas.
Alquila coche desde el primer día: sin él, Babeldaob no se recorre. La moneda es el dólar estadounidense, conviene llevar efectivo para las tasas y los pequeños comercios, y merece la pena confirmar por adelantado qué permisos hace falta pagar en cada estado.
Sobre la ropa y el equipaje, aplica lo mismo que a cualquier viaje aquí: todo se moja, todo tarda en secarse y la humedad no baja del ochenta por ciento en ningún mes. Bolsas estancas para la cámara y el pasaporte, y ropa de sobra.
05 Cómo armar cuatro días
Día uno: llegada, Koror y el bai de Airai de camino, para tener a la vista la arquitectura tradicional antes que la moderna. Día dos: subir por la costa este hasta Melekeok, ver el capitolio de Ngerulmud, el lago de Ngardok y las playas del este.
Día tres: el norte entero. Los monolitos de Badrulchau, la sabana de las lomas —donde están las obras de tierra antiguas— y la bajada por la costa oeste con parada en la cascada de Ngardmau.
Día cuatro: elige. Si el mar acompaña, dedícalo a la laguna sur y a los islotes; si no, repite carretera y busca aves a primera hora. Con una noche más, añade una jornada entera de buceo: sería absurdo venir hasta aquí y no asomarse al arrecife ni una vez.



