Si viajas de otra manera —improvisando, callejeando, buscando el bar de barrio—, este destino te va a frustrar. Si vienes a algo específico y lo organizas bien, devuelve mucho.

01 Un parque nacional a media hora
El parque nacional de Varirata está a unos veintitrés kilómetros al noreste de la ciudad, en la meseta de Sogeri, y se tarda alrededor de hora y media en llegar. Al subir se cruza la frontera del clima: abajo, sabana seca; arriba, bosque tropical cerrado.
Hay seis senderos señalizados que van de tres cuartos de hora a unas tres horas, además de miradores sobre el valle. Se han registrado 231 especies de aves, y es probablemente el sitio más fácil de todo el país para ver un ave del paraíso: la raggiana, el ave nacional, aparece con regularidad.
Necesitas vehículo propio o contratado; no hay transporte público útil. Lleva efectivo, agua, comida, repelente y protección solar, y pide un guía local en la entrada: multiplica lo que vas a ver y resuelve la parte práctica.
02 Aves que no verás en otro país
Nueva Guinea es el centro mundial de las aves del paraíso, y ninguna vive fuera de la región. En Varirata, además de la raggiana, aparecen martines pescadores de pico amarillo, abejarucos arcoíris, palomas frutíferas y cucaburras de vientre rufo.
También hay especies que no se ven, pero se encuentran: los megápodos no incuban sus huevos con el cuerpo, sino que amontonan un montículo de hojarasca de dos metros de diámetro y dejan que el calor de la fermentación haga el trabajo. Los montículos están a la vista en los senderos.
Y en la ciudad, en el parque zoológico, se pueden ver de cerca las gurias o palomas coronadas, las mayores del mundo, casi del tamaño de un pavo, con esa cresta de plumas rematadas en blanco.

03 El museo, en Waigani
El Museo Nacional y Galería de Arte está en Waigani, el barrio administrativo levantado tras la independencia. Es la mejor colección del país de cultura material melanesia: máscaras, tallas, cerámica y las embarcaciones de comercio de la costa.
Conviene verlo el primer día, no el último. Explica el resto del viaje: por qué las ollas de barro eran una moneda, cómo se navegaba con velas de estera y qué significan los diseños que luego reconocerás en los edificios modernos.
Con el museo y el parque nacional tienes el esqueleto de una estancia corta. El resto de la ciudad —el mercado de Koki, el paseo de Ela Beach, las vistas desde las lomas— se ve en coche y con acompañamiento.

04 Lo práctico, que aquí pesa más
Reserva hotel con traslado desde el aeropuerto y organiza el transporte para cada salida antes de llegar. La ciudad está muy extendida y no se camina entre barrios; los desplazamientos son en coche, y conviene que sean con alguien que conozca el terreno.
La moneda es el kina y hay que llevar efectivo para entradas y mercados. La estación seca, de junio a octubre, es también la mejor para los senderos: el barro de la estación húmeda complica bastante las subidas.
Y ten presente lo que ya sabes del país: no hay carretera que una Port Moresby con el resto. Si vas a continuar a las Tierras Altas, a Madang o a las islas, es un vuelo, y conviene reservarlo con margen.

05 Cómo armar dos días
Día uno: museo nacional por la mañana, comida tranquila y, por la tarde, el parque zoológico de la ciudad para ver de cerca las especies que luego intentarás encontrar en el bosque. Vistas desde las lomas al atardecer.
Día dos: salida a Varirata antes del amanecer, que es cuando las aves cantan y se dejan ver. Dos senderos por la mañana, comida de mochila en un mirador y regreso a media tarde.
Con una noche más, repite Varirata —un segundo amanecer cambia la lista de especies por completo— o dedica el día a la costa y al mercado. Y si esto es solo la puerta de entrada al resto del país, que lo sea: para muchos viajeros, Port Moresby es exactamente eso, y cumple bien ese papel.





