Este viaje no es para quien quiere elegir cada mañana entre ocho excursiones. Es para quien prefiere una sola cosa hecha durante varios días seguidos y está dispuesto a pagar el precio de una isla pequeña con un único alojamiento.

01 Por qué el sur y no Cairns
La diferencia no está en la calidad del arrecife, está en la distancia. Desde Cairns el arrecife exterior queda a una o dos horas de navegación, así que la jornada empieza y termina con un traslado y el tiempo real en el agua son unas horas con horario fijo. En un cayo el traslado se hace una sola vez: al llegar.
Hay una segunda diferencia, y es estacional. La costa tropical tiene medusas peligrosas de noviembre a mayo; el extremo sur del arrecife queda fuera del trópico y ese problema pesa mucho menos. A cambio se gana otra cosa: es la zona de tortugas y de ballenas.
02 Lady Elliot: una pista de aterrizaje sobre el coral
Lady Elliot es el cayo más meridional de la Gran Barrera: 45 hectáreas de arena y vegetación baja a unos 80 kilómetros al noreste de Bundaberg. Es el único cayo de coral del arrecife con pista de aterrizaje, y esa pista es la única forma de llegar, porque no hay ferri. El vuelo dura unos veinticinco minutos desde Bundaberg y unos cuarenta desde Hervey Bay.

La isla está rodeada por una plataforma de coral poco profunda que se descubre en parte con la marea baja. Se le atribuyen más de 1.200 especies marinas, y lo que la ha hecho conocida son las mantas, que se concentran ahí atraídas por el plancton. Las tortugas verdes son residentes, no una casualidad afortunada.
Lo que conviene entender antes de reservar es la escala. La isla se rodea a pie en poco más de media hora. No hay pueblo. Hay un alojamiento. Si eso suena a poco, este viaje no es el tuyo.
03 Heron: veinte hectáreas y una estación científica
Heron está más al norte y más lejos de la costa: unos 80 kilómetros mar adentro desde Gladstone, con veinte hectáreas de superficie. Se llega en barco, unas dos horas hasta el embarcadero, o en helicóptero.

Tiene algo que Lady Elliot no tiene: una estación de investigación marina que funciona desde 1951 y que es la instalación que lleva más tiempo estudiando el arrecife de forma continuada. Eso se nota en el ambiente de la isla, donde conviven el alojamiento y el trabajo de campo, y explica por qué aquí la conversación de sobremesa suele ir de corales.
El canal de acceso está dragado a través de la plataforma de coral, y la marea manda: con marea baja la plataforma queda casi seca y el barco no entra a cualquier hora. Es la primera lección práctica del sitio, y también la primera vez que uno entiende lo somero que es un arrecife de verdad.
04 Las dos paradas de tierra
Los dos cayos se enlazan bien con dos paradas en el continente que cubren la otra mitad del calendario.
La primera es Mon Repos, junto a Bundaberg. De noviembre a enero las hembras de tortuga suben a desovar a esa playa, y de diciembre a marzo salen las crías del nido. Las visitas son nocturnas y guiadas, en grupo y por turnos, con lo que eso implica: no es un encuentro solitario en la arena, y la espera puede ser larga.

La segunda es la bahía de Hervey. Las jorobadas la usan como parada en el viaje de vuelta hacia el sur entre julio y octubre, con el grueso en agosto y septiembre. Al ser un descansadero y no un corredor de paso, los avistamientos son de animales que se quedan, y eso cambia por completo el tipo de salida: no se persigue nada.
Las dos paradas tienen un problema de calendario. Las ballenas están de julio a octubre y las tortugas de noviembre a marzo: no coinciden. Hay que elegir cuál de las dos, y la elección arrastra la fecha del viaje entero.
05 Lo que cuesta hacerlo así
El primer peaje es la rigidez. Cada isla tiene un alojamiento y un medio de acceso con pocas salidas al día. Si el tiempo se estropea, no hay alternativa: se espera. Conviene dejar un día de margen antes de un vuelo internacional.
El segundo es el precio. Sin competencia en la isla y con el traslado en un vuelo o un barco propios, el coste por noche no se parece al de un hotel de Cairns. La compensación es que ahí el arrecife no se paga aparte: no hay excursión diaria que sumar.
Y hay una renuncia de fondo: aquí no pasa nada más. No hay pueblo, ni cartelera, ni una segunda playa a la que ir si esta no te convence. Lo que hay es un arrecife que empieza a diez metros de la puerta y una isla que se acaba enseguida. Si eso te parece suficiente, te sobra el resto del estado.



