Marruecos tiene un problema de reparto que a este perfil de viajero le viene bien. Casi todo el turismo se concentra en dos o tres ciudades, y la capital queda fuera del circuito o entra como escala de una tarde. El resultado es que Rabat es de las pocas ciudades marroquíes donde se puede mirar sin que nadie te esté esperando a la salida.

01 La capital que nadie visita
Lo que hace cómoda a Rabat no es que tenga menos que ver, sino cómo está dispuesto. La ciudad es llana, compacta y está trazada con avenidas anchas en su mitad moderna, así que todo el conjunto se recorre andando. No hay que negociar transporte ni calcular tiempos entre puntos.
02 Cuatro capas en un día
Enlosado romano por la mañana, muralla del siglo XII a mediodía y art déco por la tarde. Todo dentro de la misma ciudad.
El itinerario que aprovecha mejor la ciudad se organiza por capas y no por barrios. La primera es Chellah, al sur del casco: un recinto amurallado del siglo XIV construido justo encima de Sala Colonia, una ciudad romana cuyo enlosado sigue a la vista. Dos épocas en el mismo encuadre.
La segunda son las murallas almohades, terminadas en 1197 y todavía en pie a lo largo de kilómetros, con sus puertas monumentales. La tercera es la casba de los Udayas, el barrio más antiguo que sigue habitado, encaramado al espolón sobre la desembocadura, con las casas encaladas en blanco y azul.

Y la cuarta es el ensanche que Henri Prost trazó a partir de 1913: manzanas regulares, avenidas arboladas y un catálogo bastante completo de art nouveau, art déco y repertorio neomorisco, construido de una vez y con criterio unitario. Es la capa que menos se mira y la que más recompensa a quien va con los ojos abiertos.
03 El clima que lo hace fácil
Para un destino que se recorre entero a pie, el clima deja de ser un detalle. Y aquí juega a favor: Rabat está en la costa atlántica y la brisa marina mantiene la temperatura contenida. La máxima media va de 17,4 grados en enero a 27,8 en agosto —diez grados de recorrido en todo el año— con 2.916 horas de sol.
Las mejores ventanas son la primavera y el principio del otoño. Mayo es el mejor mes —17,9 milímetros de lluvia, 290 horas de sol y 23,6 grados— y septiembre le sigue de cerca con 13,7 milímetros. Abril, junio y octubre funcionan también muy bien, con entre 3,6 y 54,9 milímetros y el sol por encima de las 235 horas.
04 Lo que hay que aceptar
El primer límite es de expectativas y conviene decirlo pronto: si lo que buscas en Marruecos es la medina enorme y laberíntica, la de Rabat no lo es. Es modesta comparada con las de Fez o Marrakech. Lo que ofrece esta ciudad no es escala, sino variedad de capas y facilidad para recorrerlas.
El segundo es la cantidad de programa. Con dos o tres noches se recorre todo con calma, incluida una tarde larga en Chellah y otra en el ensanche. Estirarlo a una semana no añade gran cosa: funciona mucho mejor encajada en un recorrido más amplio que como destino único.

Aceptados esos tres puntos, la propuesta encaja con un perfil muy definido: dos o tres noches en una capital atlántica llana y andable, con mil ochocientos años de ciudad legibles en cuatro paradas, un clima que no aprieta y aceras por las que se camina sin que nadie te llame desde la puerta de un local.
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