La intuición dice que donde hay muchas flores hay buena tierra. En casi todo el mundo funciona. Aquí, no: cuanto peor es el suelo, más especies distintas aparecen.
Y esa contradicción es la clave para entender el paisaje que vas a recorrer, que a primera vista parece matorral seco y sin interés.
01 Arena vieja y lavada
El sustrato de esta región es una llanura costera de veinte a ciento veinte kilómetros de ancho que sube hacia unas tierras altas suavemente onduladas, hechas de granito, gneis y laterita muy alterados.
Lo importante es esa palabra, alterados. En un territorio que lleva miles de millones de años sin que lo levanten montañas nuevas ni lo raspen glaciares, la lluvia ha tenido todo el tiempo del mundo para arrastrar los nutrientes hacia abajo y hacia el mar.
El resultado son suelos arenosos, ácidos y con muy poco fósforo, que es justo el nutriente que más cuesta reponer. En términos agrícolas, esto es tierra mala. En términos evolutivos, es un laboratorio.
Nada ha renovado este suelo desde hace eones. Por eso está agotado, y por eso está lleno de especies raras.
02 Por qué la pobreza multiplica especies

El mecanismo es contraintuitivo pero sencillo. En un suelo rico, unas pocas especies vigorosas crecen deprisa, dan sombra a las demás y acaban dominándolo todo: mucha biomasa y poca variedad.
En un suelo pobre nadie puede crecer deprisa, así que nadie domina. Cada planta sobrevive especializándose en un hueco minúsculo: un tipo concreto de arena, una profundidad de raíz, un polinizador, una posición en la ladera.
Multiplicado por millones de años de aislamiento, ese proceso produce lo que hay aquí: una cantidad enorme de especies, muchas de ellas con áreas de distribución diminutas, a veces de unas pocas colinas. Es el mismo fenómeno de los matorrales sudafricanos o del chaparral.
03 Las banksias y su familia

La familia que mejor representa esta región es la de las proteáceas, que es también la de las proteas sudafricanas. Aquí su miembro más visible son las banksias, con esas inflorescencias en forma de cepillo o de cilindro que parecen una sola flor y son cientos.
Su adaptación al suelo pobre es una de las más elegantes que existen: desarrollan raíces agrupadas en racimos densos que actúan como una red de captura, liberando compuestos que disuelven el fósforo que el suelo retiene con fuerza.
Ese detalle tiene una consecuencia práctica para el viajero y para cualquiera que compre semillas: son plantas tan afinadas a la escasez que, puestas en una tierra de jardín normal y abonada, se mueren. No toleran el exceso.
04 Plantas que comen insectos

La prueba más rotunda de lo pobre que es este suelo es que aquí hay plantas que han renunciado a sacar nutrientes de la tierra y los consiguen cazando. La región concentra más de la mitad de las especies mundiales de drosera.
Y no están solas. También hay géneros carnívoros endémicos, plantas que atrapan insectos con vejigas diminutas en ambientes encharcados y otras que los pegan con hojas cubiertas de mucílago. Es una concentración de estrategias carnívoras difícil de igualar.
Conviene leerlo en ese orden, porque es el que explica todo lo demás. No son plantas exóticas por capricho: son la respuesta lógica a un suelo que no da fósforo ni nitrógeno, en un sitio donde sí hay insectos.
05 Una isla rodeada de desierto
Falta un ingrediente para completar la explicación: el aislamiento. Esta región no limita con otra región húmeda, sino con desiertos y matorrales áridos que ocupan el centro del continente.
Eso convierte el suroeste en una isla biológica. Las especies que evolucionaron aquí no pudieron expandirse ni recibir competencia de fuera, y llevan millones de años cocinándose en su propio recipiente, con un clima mediterráneo estable.
La consecuencia menos agradable es que ese mismo aislamiento las hace frágiles. Una especie que solo vive en un puñado de colinas no tiene a dónde ir si esas colinas cambian, y por eso la región figura en las listas mundiales de conservación prioritaria.
06 Qué mirar
Lo primero, agáchate. La mayor parte de lo interesante mide menos de treinta centímetros y pasa desapercibido desde el coche o incluso de pie. Las orquídeas locales, las carnívoras y buena parte de las especies raras están a ras de suelo.
Lo segundo, fíjate en el suelo cuando cambies de sitio. Un cambio de arena blanca a arena amarilla o a grava de laterita suele traer consigo un cambio completo de especies en unos pocos metros. Esa es la textura fina del fenómeno.
Y lo tercero, no recojas nada y limpia las botas. En una flora de endemismos minúsculos, llevar semillas o esporas de un sitio a otro no es un detalle menor, y hay áreas con protocolos de higiene precisamente por eso.


