Casi todo el que llega aquí acaba comprando batik, y casi nadie sabe qué está comprando. En el mismo mercado, y a veces en el mismo puesto, conviven piezas que han costado meses de trabajo y telas industriales que imitan el dibujo.
La diferencia de precio puede ser de cien a uno, y no se aprecia mirando la cara bonita. Se aprecia en dos segundos si sabes qué hacer con el paño.
01 Se dibuja con cera, no con tinte

El principio es el contrario de lo que parece. No se pinta el dibujo: se pinta todo lo que no va a teñirse. La cera caliente se aplica sobre la tela siguiendo el patrón, se deja enfriar y actúa como una barrera impermeable.
Después el paño entra en el tinte. Al sacarlo, la tela ha tomado color en todas partes menos bajo la cera, que se retira con agua hirviendo. Lo que queda es un dibujo en negativo, hecho de ausencias.
Y ahí está la parte lenta: para un segundo color hay que volver a encerar, teñir y hervir, y así sucesivamente. Cada color del paño que estás mirando es un ciclo completo, y un paño complejo puede llevar semanas o meses.
No se dibuja lo que se ve: se dibuja lo que hay que proteger. El resto lo hace el tinte.
02 El canting y el sello de cobre

Hay dos maneras legítimas de poner la cera. La primera es a mano, con un canting: un recipiente de cobre con un caño finísimo y mango de bambú, que se llena de cera caliente y funciona como una pluma. Con eso se dibuja línea a línea.
La segunda es con un sello de cobre, una plancha en la que el dibujo está formado por tiras de metal de canto. Se moja en cera y se presiona contra la tela, y cada golpe deja un módulo. Es una innovación del siglo XIX pensada para producir más deprisa.
Las dos cuentan como batik, y las dos están reconocidas como patrimonio inmaterial. Lo que no cuenta es la tela con el dibujo impreso a máquina, que imita el aspecto sin usar cera en ningún momento.
03 Por qué el revés lo delata
Aquí está la prueba práctica, y funciona siempre. La cera caliente no se queda en la superficie: empapa el tejido y sale por el otro lado. Por eso la reserva protege la tela entera, no solo la cara.
La consecuencia es que en un batik auténtico el reverso muestra el mismo dibujo, con una nitidez muy parecida. En las piezas mejor hechas cuesta decidir cuál es el derecho, y en los talleres tradicionales se encera por las dos caras precisamente para eso.
Una tela impresa no puede hacer eso. La tinta se deposita por un lado y, si el tejido es fino, se transparenta apagada y borrosa. Da la vuelta al paño, mira el dorso a contraluz y tendrás la respuesta antes de preguntar el precio.
04 El blanco de esta ciudad

Los batiks se clasifican por la región de la que salen, y la primera división es entre los del interior de la isla y los de la costa. Los del interior son la tradición más antigua y usan colores de tierra: negro, índigo, marrón y un amarillo oscuro que se saca de un árbol.
Dentro de esa familia, esta ciudad y su vecina son las dos referencias, y se distinguen por el fondo. El batik de aquí se hace típicamente sobre fondo blanco; el de la ciudad de al lado, sobre ese fondo marrón amarillento.
Los batiks de la costa son otra cosa: colores más vivos y motivos llegados del comercio marítimo, con ramos de flores europeos, aves chinas y pavos reales persas. Saber esto te permite mirar un paño y situarlo en un mapa.
05 Una tela que se lleva los viernes
El 2 de octubre de 2009 la Unesco inscribió el batik dibujado a mano y el estampado con sello en su lista de patrimonio inmaterial. Desde entonces esa fecha es el Día Nacional del Batik en el país.
El efecto práctico fue inmediato y sigue vigente: se animó a la gente a llevar batik los viernes, y desde entonces oficinas públicas y empresas privadas lo han adoptado como costumbre semanal.
Por eso, si llegas un viernes, verás la ciudad vestida de otra manera. No es folclore para el visitante: es ropa de trabajo, y conviene entenderlo así antes de sacar la cámara en una oficina o en un banco.
06 Qué mirar al comprar
Lo primero, el revés, que es la prueba que ya conoces. Lo segundo, las irregularidades: en una pieza dibujada a mano las líneas tiemblan un poco y los motivos no son exactamente idénticos entre sí. Esa falta de perfección es la firma del oficio.
Lo tercero, las repeticiones. Si el dibujo se repite en módulos perfectamente iguales pero el revés está bien teñido, probablemente estés ante un batik hecho con sello: no es lo mismo que el dibujado a mano, cuesta bastante menos y sigue siendo batik.
Y lo cuarto, el olor y el tacto. Un paño recién terminado conserva a veces un rastro del proceso, y la tela tratada con cera y hervida cae de una manera distinta a la de un algodón estampado en rollo. Con dos o tres piezas en la mano, la diferencia deja de ser teórica.


