En una taberna cretense con música en vivo llega un momento en que la conversación baja de golpe. Alguien de una mesa canta dos versos por encima de la música, se ríe media sala, y desde otra mesa un segundo alguien canta otros dos. Para quien no entiende griego, aquello parece una canción con estrofas.
No lo es. Esos versos casi con seguridad no existían hace tres minutos. Se llaman mantinades, se componen sobre la marcha y son una de las tradiciones orales vivas más exigentes que se pueden presenciar sentado, con un vaso delante y sin enterarse de nada.
01 Lo que estás oyendo no está escrito
La diferencia entre una canción y una mantinada no está en el sonido, está en el momento de la composición. Una canción se escribió antes y se interpreta después. Una mantinada se hace mientras suena, y quien la hace tiene el tiempo que dura una vuelta de la melodía para encontrar la rima.
Hay una palabra para quien tiene esa habilidad: rimadoros, o mantinadologos. No es exactamente un músico. Es la persona a la que se recurre para que ponga en verso lo que está pasando, y a la que se llama cuando hay una boda o una celebración que merece unas palabras.

El acompañamiento es fijo: la lira cretense, un instrumento de arco de tres cuerdas y caja de pera que se apoya en la rodilla, y el laúd, que lleva el ritmo. La melodía no es el contenido; es el reloj que marca cuánto tiempo hay para pensar.
02 La medida: quince sílabas, dos versos
La forma es estrictamente cerrada. Dos versos, quince sílabas cada uno, ritmo yámbico —una sílaba átona, una tónica, y así hasta el final— y rima entre los dos. Ese verso de quince sílabas, el dekapentasíllabos, es la medida estándar de la poesía popular en lengua griega.
Lo interesante es lo que hace esa restricción. Treinta sílabas no dan para desarrollar una idea: dan para plantear una y rematarla. Por eso las mantinades tienden a dos registros, el amoroso y el satírico, que son justamente los dos que funcionan bien en dos líneas.
Y por eso la habilidad es medible. No se trata de cantar bonito, sino de que la cuenta salga, de que la rima cierre y de que el remate llegue en el segundo verso, sin margen. Un pareado que no cabe en la medida no es una mantinada más floja: sencillamente no lo es.
03 El nombre viene de Venecia
La palabra mantinada no es griega antigua: viene del veneciano matinada, «canción de la mañana». Y con la palabra llegó la cosa. El verso de quince sílabas ya existía en la poesía popular griega desde mucho antes, pero sin rima.
La rima entra en Creta en el siglo XV, durante el dominio veneciano, por contacto con la poesía italiana y europea del momento. Es una importación técnica muy concreta, y encaja sobre un molde métrico que ya estaba allí: métrica local, rima prestada.

Esto explica algo que desconcierta a quien llega con la idea de que la música cretense es un fósil intacto. No lo es. Su rasgo más característico, la rima, tiene una fecha de entrada y una procedencia, y esa procedencia está al otro lado del mar.
04 El libro del que sale todo
En ese cruce entre métrica griega y rima italiana se escribe, hacia finales del siglo XVI o principios del XVII, la obra que fija el modelo: el Erotókritos, de Vitsentzos Kornaros. Es un poema narrativo de unos diez mil versos, escrito en cretense y en el mismo verso de quince sílabas.
Su primera edición impresa salió en Venecia en 1713, más de un siglo después de haberse escrito, y para entonces el texto ya circulaba copiado a mano y recitado. Todavía hoy hay quien lo canta entero por tramos.
El dato que importa para entender una fiesta es este: como el Erotókritos está escrito en la misma medida que las mantinades, sus versos se pueden extraer y cantar como si fueran mantinades, y se hace. Una copla puede ser de anoche o puede tener cuatrocientos años, y sonar exactamente igual.

05 No se escucha: se contesta
Aquí está la parte que más cuesta ver desde fuera. Las mantinades son antifonales: un verso provoca una respuesta, la respuesta provoca otra, y así se encadenan. No es un solista con público, es una conversación en verso entre personas que están en la misma sala.
Eso cambia lo que significa la risa que se oye alrededor. No se ríen de una gracia general: se ríen porque alguien acaba de responder bien a otro alguien concreto, con nombre y apellido, delante de todos y dentro de la medida. La destreza es social antes que artística.
La versión formal de ese intercambio existe también. Hay certámenes en los que dos rimadores se responden por turnos sobre un tema dado, con segundos para pensar. Los organizan, entre otros, los municipios de Agios Nikolaos y de Ierapetra y la asociación de rimadores Michalis Kafkalas, que convoca competiciones panretenses.
06 Dónde sigue viva
La tradición no se ha replegado a los escenarios. Sigue en las bodas, en las celebraciones familiares, en las fiestas de pueblo y en los kafeneía, que son los cafés donde se pasa la tarde. Anogia, en la ladera del Psiloritis, tiene fama de ser el sitio donde esto ocurre a diario y no como excepción.
Y ha cambiado de soporte sin cambiar de forma. Las mismas quince sílabas circulan hoy por el teléfono y por las redes, y los temas se han ampliado a lo que da de sí la vida actual. La restricción métrica se mantiene intacta; lo que se mete dentro, no.
Para el viajero, todo esto se resume en una instrucción sencilla. Si en una taberna la música baja y alguien canta dos versos, no estás asistiendo a una actuación: estás dentro de un intercambio. Lo que se espera de ti no es que aplaudas, es que entiendas que la frase iba dirigida a alguien y que la respuesta está a punto de llegar.




