Hay oficios que se explican solos en cuanto se ven las cifras. Este es uno: bajar diez metros en apnea, trabajar en el fondo con un minuto de aire en los pulmones, subir, respirar y volver a bajar. Repetido durante siete horas. Y hacerlo, en la mayoría de los casos, después de los setenta años.
01 Qué es exactamente el trabajo

Las haenyeo son mariscadoras. Recogen a mano oreja de mar, erizo, pulpo, caracola y algas, y lo hacen en el fondo, no desde la orilla. La diferencia con cualquier otra pesca es el método: se sumergen sin botella, sin manguera y sin ningún suministro de aire.
El equipo es mínimo y ha cambiado poco en lo esencial: gafas, un gancho de hierro para despegar el marisco de la roca, una red y una boya que marca su posición en superficie y sostiene la captura. Hoy usan traje de neopreno; antes, ropa de algodón.
El trabajo se organiza por rangos según la experiencia, de menor a mayor: hagun, junggun y sanggun. Las sanggun, las más veteranas, son quienes enseñan al resto, deciden dónde se trabaja cada día y vigilan a las demás en el agua.
02 Un minuto, diez metros, siete horas
Las cifras del oficio son las de un deporte de resistencia practicado como jornada laboral. Unos diez metros de profundidad, alrededor de un minuto de apnea por inmersión, y ese ciclo repetido durante hasta siete horas en un día de trabajo.
Al salir a superficie emiten un silbido largo al vaciar y volver a llenar los pulmones. Se llama sumbisori y no es un adorno: es la manera eficiente de reventilar después de una apnea, y sirve además para que el grupo sepa que todas han subido.
La temporada no es continua. Se trabaja unos noventa días al año, repartidos según la marea, el estado del mar y los periodos en que la zona se deja descansar. El resto del año se dedica a otras tareas, muchas veces agrícolas.
Diez metros, un minuto de aire, siete horas de jornada: las cifras de un deporte de élite aplicadas a un trabajo de toda la vida.
03 Las reglas que impiden vaciar el mar

Lo que hace singular a este oficio no es solo la técnica: es que la gestión del recurso está en manos de las propias buceadoras. Las cofradías de pesca locales tienen los derechos sobre su tramo de costa, y dentro de ellas son las haenyeo quienes fijan las reglas.
Esas reglas son concretas: tallas mínimas por especie, zonas que se cierran para que se recuperen, fechas en las que no se entra al agua y una prohibición de fondo que lo explica casi todo. No se usa equipo de respiración.
La razón es práctica antes que ceremonial. Con botella, una sola persona puede limpiar un fondo entero en una jornada. Con un minuto de aire, cada inmersión es corta y selectiva, y el propio límite fisiológico impone el ritmo al que se puede extraer.
04 Las cifras que preocupan
En 2016 la cultura de las haenyeo entró en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. La inscripción reconoce un sistema completo: la técnica, la organización por rangos, el conocimiento del fondo marino y la transmisión entre generaciones.
El problema está en la última parte. En 2013, cuando se preparaba la candidatura, había más de 4.500 haenyeo en activo. A finales de 2024 quedaban unas 2.600. Es una caída de más del 40 por ciento en once años.
La estructura de edad es todavía más elocuente: más del 60 por ciento tiene 70 años o más, y sumando a las de sesenta se llega al 90 por ciento. No es un oficio con pocas aprendices: es un oficio con casi ninguna.
Las causas se acumulan. El trabajo es duro y mal pagado en comparación con casi cualquier alternativa en una isla con una economía de servicios; y los caladeros se han reducido por el deterioro del ecosistema marino y el cambio de las condiciones del agua.
05 Lo que se está intentando

La respuesta institucional ha sido convertir la transmisión, que antes era familiar, en algo formal. Existen escuelas de haenyeo que enseñan la técnica a personas de fuera del oficio, y un museo dedicado a documentarlo.
La dificultad no es aprender a bucear: es entrar en el sistema. Los derechos sobre cada tramo de costa pertenecen a la cofradía local, y una recién llegada necesita que esa comunidad la acepte, la sitúe en un rango y le enseñe su fondo concreto, roca por roca.
Ese conocimiento local es la parte que no está escrita. Dónde hay oreja de mar en cada estado de marea, dónde tira la corriente y qué zona se dejó descansar el año pasado son cosas que solo se aprenden en el agua y con alguien delante.
06 Cómo verlo sin estorbar
Lo primero es entender que no es un espectáculo. Se puede ver el trabajo desde tierra en varios puntos de la costa, sobre todo a primera hora y con marea baja, pero es una jornada laboral y conviene mirarla desde lejos y sin cámara en la cara de nadie.
La segunda vía es la más útil para quien quiere entender el oficio: el museo dedicado a las haenyeo explica el equipo, los rangos y la organización, y hay puntos de la costa donde se conservan los bulteok, los refugios de piedra con hoguera donde se cambiaban y se calentaban entre inmersiones.
Y la tercera es directa: comer lo que sacan, en los puestos de la propia orilla, y pagarlo. Es la parte del sistema que sigue funcionando y la única en la que un visitante puede tener un papel útil.


