La mayoría de los monumentos romanos que siguen en pie llegaron hasta aquí porque alguien decidió conservarlos. Este llegó por el motivo contrario: porque nadie lo dejó nunca en paz.
Durante mil setecientos años se ha vivido dentro, y eso ha hecho más por su supervivencia que cualquier plan de protección.
01 Doscientos quince metros por ciento setenta y cinco
Conviene empezar por la escala, porque es lo que explica el resto. La planta es un rectángulo irregular: 214,97 metros el lado este, 174,74 el norte y 181,65 el sur, ajustado al terreno.
Alrededor hubo dieciséis torres asomando de las fachadas oeste, norte y este, más cuatro torres en las esquinas. Esa combinación —recinto rectangular amurallado, torres de esquina, puertas en los ejes— no es de palacio: es de campamento militar romano.
Y la mitad lo era. Aproximadamente la mitad del complejo estaba destinada al uso personal del emperador y el resto alojaba a la guarnición. El edificio se construyó como residencia de retiro y como fortaleza a la vez.
Mil setecientos años de gente viviendo dentro han conservado el edificio mejor que cualquier plan de protección.
02 La mudanza que lo cambió todo

A seis kilómetros de aquí estaba Salona, la capital de la provincia de Dalmacia y una de las mayores ciudades del imperio tardío, con unos 60.000 habitantes. Era la ciudad de referencia de toda la costa.
En el siglo VII, Salona quedó destruida. Y la población que salió de allí se metió en el sitio más sólido que tenía a mano: un recinto amurallado, vacío, con torres, puertas y muros de varios metros de espesor.
A partir de ahí el edificio dejó de ser un edificio. Los salones se dividieron en viviendas, los patios en plazas, los pórticos en calles. Cada generación añadió pisos, tapió arcos, abrió ventanas y apoyó una casa nueva contra una pared de mil años.
03 Las calles no se trazaron: ya estaban
Lo que hace único a este sitio no es que haya ruinas romanas en el casco antiguo: es que el casco antiguo tiene la forma del edificio romano. Las dos calles principales que lo cruzan son los ejes originales del recinto, que iban de puerta a puerta.
El cruce de esos dos ejes es el peristilo, el patio porticado que era la antesala ceremonial del emperador. Hoy es una plaza pública con escalones donde la gente se sienta, rodeada de columnas de granito traídas de Egipto.
Y las manzanas de casas son los antiguos compartimentos del palacio. Por eso las calles del recinto son rectas y se cortan en ángulo recto, mientras que fuera de la muralla el casco antiguo es un enredo de callejones medievales. La diferencia se nota al cruzar una puerta.
04 Los sótanos, que guardan el plano de arriba

La parte más útil del conjunto, para entender lo que había arriba, está debajo. Los sótanos son un sistema de salas abovedadas de cañón que se construyeron para nivelar el terreno y sostener las estancias imperiales.
Durante siglos se usaron como vertedero y quedaron colmatados. Esa negligencia fue una suerte: mientras arriba todo se reconstruía, abajo la planta permanecía intacta bajo los escombros.
Como los sótanos reproducen la distribución de las salas que sostenían, hoy sirven de plano del palacio original. Es una de las pocas partes del edificio donde se puede caminar por un espacio que conserva su tamaño y su forma romana.
05 La piedra vino de la isla de enfrente

Los materiales salieron todos de muy cerca, y eso explica que una obra de esta escala pudiera levantarse en una década. La caliza blanca procede de Brač y en parte de Seget, junto a Trogir.
La toba se extrajo de cauces cercanos y el ladrillo se fabricó en Spalatum y en talleres de los alrededores. Solo unas piezas concretas, como las columnas de granito y las esfinges, viajaron desde lejos.
Y en la mano de obra pasó algo parecido. Los nombres griegos grabados en la piedra, Zotikos y Filotas, indican que Diocleciano trajo maestros del este del imperio, pero buena parte de los trabajadores era local. El edificio es, en lo esencial, la isla de enfrente cortada en bloques.
06 Qué mirar al entrar
Lo primero, las junturas. En casi cualquier pared del recinto se ven tres o cuatro épocas encima de la misma hilada: sillar romano abajo, ladrillo medieval en medio, revoco moderno arriba y un cable eléctrico cruzándolo todo.
Lo segundo, los arcos tapiados. Las fachadas interiores del palacio tenían grandes arcadas en la parte alta, y muchas de ellas se cerraron al convertirse en muros de vivienda. El arco sigue ahí, dibujado en la pared, con una ventana cuadrada en medio.
Y lo tercero, la diferencia de trazado. Sal por una puerta y camina cien metros: las calles dejan de ser rectas de golpe. Esa línea invisible es la muralla, y separa la ciudad que se construyó dentro de un edificio de la que se construyó sin él.

