Hay una manera de mirar el bosque alpino que cambia el viaje entero, y no tiene nada que ver con la botánica. Consiste en dejar de verlo como fondo y empezar a verlo como una obra: algo que alguien mantiene, poda, replanta y paga, porque si deja de estar ahí hay que construir algo en su lugar.

01 Un bosque con una función asignada

Camino de grava entre árboles con una pared de roca caliza al fondo cubierta de coníferas en las repisas y las vaguadas
Camino de fondo de valle en el Johannestal, en el Karwendel: la conífera sube por las repisas de la pared hasta donde el suelo aguanta.Tirolerbergwelten / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

La legislación forestal austriaca no trata todo el bosque igual. Distingue un bosque que se protege a sí mismo y al suelo en el que está, porque la pendiente es tan fuerte que sin raíces se iría abajo, y otro que protege algo concreto situado más abajo: un pueblo, una carretera, una línea de tren.

En el Tirol el segundo grupo suma 190.000 hectáreas, alrededor del 37 por ciento de la superficie forestal. Son parcelas identificadas, cartografiadas y con obligaciones asociadas: no se talan a voluntad y su mantenimiento se subvenciona.

Si se cuenta también el bosque que protege el propio terreno, la cifra pasa del 60 por ciento del bosque tirolés. En el conjunto de Austria, el bosque con función protectora ocupa 1,6 millones de hectáreas de los cuatro millones totales.

02 Lo que hace una copa con la nieve

Ladera boscosa durante una nevada, con abetos cargados de nieve y el valle desdibujado por la ventisca al fondo
Nevada sobre el bosque del Johannestal: la nieve que queda retenida en las ramas es nieve que no se acumula en la ladera.unixasket / Wikimedia Commons / CC BY 3.0·CC BY 3.0

El mecanismo es sencillo y mecánico. Las copas interceptan hasta el 70 por ciento del volumen de nieve nueva, de modo que buena parte de la nevada no llega nunca al suelo del bosque: se queda arriba y se evapora o cae poco a poco, sin formar una capa continua.

A eso se añade lo segundo: los troncos rompen la superficie. Un alud necesita una capa de nieve lisa y continua para ponerse en marcha, y un bosque denso la fragmenta. Y lo tercero: la sombra impide que el sol recaliente la nieve y la convierta en una placa deslizante.

Las raíces hacen el trabajo del resto del año. Sujetan el suelo en pendiente, frenan la erosión y retienen agua de lluvia que, de otro modo, bajaría de golpe por el torrente. Por eso el bosque aparece también en la prevención de crecidas y de coladas de barro.

03 Aparece en el presupuesto

La prueba de que esto no es una metáfora está en las cuentas. En 2023 el Tirol destinó 91,3 millones de euros a protección frente a peligros naturales. De esa cantidad, 31,6 millones fueron a la corrección de torrentes, 24,3 a gestión de aguas, 20,5 al bosque protector, 11,7 a defensa contra aludes y 3,2 a erosión y desprendimientos.

Es decir: el bosque tiene una partida mayor que las barreras metálicas de las laderas. Y se gasta en cosas poco vistosas, como abrir claros para que entre luz, plantar donde no hay regeneración natural o retirar madera caída antes de que críe plagas.

Se plantan más de dos millones de ejemplares al año, con un cambio de criterio que se nota: menos plantaciones puras de pícea, que crecen rápido pero caen juntas ante un temporal o una plaga, y más bosque mixto.

04 La alternativa cuesta diez veces más

La razón por la que un gobierno regional paga por mantener árboles es contable. Sustituir la función de una hectárea de bosque protector por estructuras metálicas ancladas a la ladera cuesta del orden de diez veces más que cuidar el bosque que ya está ahí.

Y esa comparación solo cuenta la construcción. Las barreras hay que revisarlas, reparar las que dobla la nieve y sustituirlas al cabo de décadas. El bosque, si se le deja regenerarse, se repone solo.

De ahí la frase que se repite en la administración austriaca: ni siquiera un país rico podría permitirse sustituir por obra todo lo que hoy hace el bosque. La protección técnica se reserva para donde el bosque no puede crecer o ya no basta.

05 Por qué es más frágil de lo que parece

Granja de madera con tejado a dos aguas en el fondo de un valle, con prados, vacas pastando, un torrente encauzado y bosque oscuro cubriendo la ladera
Alzada en el Stillupgrund: la casa y el prado ocupan el fondo, y encima empieza el bosque que sujeta la ladera y frena lo que baja.Whgler / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0·CC BY-SA 3.0

Un bosque de montaña crece despacio. A 1.500 metros, un abeto tarda décadas en alcanzar el tamaño en que empieza a proteger de verdad, y si una tormenta derriba una franja entera, la función protectora desaparece durante una generación aunque se replante al día siguiente.

El otro problema es la regeneración. Buena parte del bosque tirolés es viejo y homogéneo, y bajo una cubierta cerrada no entra luz suficiente para que broten árboles nuevos. El ramoneo de los ungulados remata a los brotes que sí consiguen salir.

Por eso el mantenimiento consiste tantas veces en cortar. Abrir huecos para que entre luz suena a lo contrario de proteger, y es justo lo que hace que el bosque siga existiendo dentro de cincuenta años.

06 Cómo mirarlo cuando estés allí

Lo primero que se puede leer sobre el terreno es la posición. Fíjate en qué hay justo debajo de cada mancha de bosque en pendiente: si hay casas, una carretera o la vía del tren, estás mirando bosque protector, no un bosque cualquiera.

Lo segundo son las señales de obra. Barreras metálicas o de madera por encima del límite del arbolado, redes sobre una pared rocosa, cauces encauzados con escalones de piedra a la salida de un torrente: marcan los puntos donde el bosque no llega y hay que suplirlo.

Y lo tercero cambia el sentido de una franja talada. Un claro reciente en mitad de una ladera no suele ser un abuso: es, casi siempre, una intervención para que entre luz y salga bosque nuevo. Mirado así, media montaña tirolesa deja de ser decorado y pasa a ser una instalación en funcionamiento.

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LM

Lucía Montes

Editora de Worth Knowing · Flowtravel

Lucía Montes escribe sobre lo que sostiene un lugar por detrás: los sistemas, los oficios y las reglas que casi nunca se ven.