Si llegas a la costa este del archipiélago con la marea baja, verás algo que descoloca: cientos de estacas de madera clavadas en la arena, alineadas con precisión de huerto, y entre ellas unas matas de color rojizo o anaranjado que a primera vista parecen restos arrastrados por el mar.

No son restos. Es un campo de cultivo, con sus surcos, sus pasillos y su calendario, y la única diferencia con cualquier otro es que dos veces al día desaparece bajo el agua.

01 Qué son esas estacas

El método se llama de fondo, y es sencillo de describir y duro de ejecutar. Se clavan estacas en el sustrato del llano de arrecife, se tienden líneas entre ellas y a esas líneas se atan, una a una, esquejes de alga con hilo de monofilamento.

La profundidad de trabajo es de alrededor de un metro en marea baja, que es exactamente la altura a la que una persona puede estar de pie y usar las manos. Toda la técnica está diseñada alrededor de esa cifra.

Las especies son algas rojas de los géneros Eucheuma y Kappaphycus, elegidas por una razón muy concreta que no tiene nada que ver con comerlas. Y es una agricultura de muy poca tecnología y mucha mano de obra: los intentos de trasladarla a tanques en tierra no han resultado viables comercialmente.

02 Un cultivo con horario de marea

Aquí está lo que hace este cultivo distinto de cualquier otro del mundo. No se trabaja por la mañana ni por la tarde: se trabaja cuando el agua se retira, y esa hora cambia todos los días, porque la marea sube y baja dos veces cada veinticuatro horas.

Eso significa que la jornada laboral se desplaza aproximadamente una hora cada día y va rotando a lo largo del mes. Hay semanas en que toca salir de madrugada y semanas en que toca hacerlo a mediodía, con el sol vertical sobre un arenal sin sombra.

Imagen de satélite de una isla alargada y verde bordeada por un cinturón de agua turquesa muy clara que se corta contra el azul oscuro del océano, con nubes blancas dispersas.
La isla vista desde un satélite. La franja turquesa que la rodea es la plataforma somera donde caben estos campos: sin ella, el cultivo no existiría.NASA Earth Observatory, imagen de Michala Garrison / Dominio público·Dominio público

03 Dónde acaba

Estas algas no se cultivan para comerlas en el archipiélago. Se cultivan por la carragenina, un gelificante que se extrae de ellas y que la industria alimentaria utiliza para dar cuerpo y textura a productos que no tienen ninguna relación aparente con el mar.

Es un recorrido que merece la pena tener presente. Alguien camina descalzo por un arrecife del océano Índico durante unas horas contadas, ata esquejes a un hilo, y el resultado acaba disuelto en un helado, en una bebida vegetal o en un postre lácteo a diez mil kilómetros de allí.

Otros géneros de alga se cultivan para otros fines —Gracilaria, por ejemplo, se destina al agar—, y buena parte del resto de la producción mundial sí se come, con procesados mínimos. Pero el alga de estos campos es materia prima industrial, no comida.

04 Medio punto porcentual del mundo

Ahora la cifra que cambia la escala del asunto. En 2022, el archipiélago figuraba entre los productores destacados de algas cultivadas del planeta, con alrededor del 0,5 % del total mundial.

Medio punto porcentual suena a poco hasta que se mira la lista completa. Encabezan China, con el 58,62 %, e Indonesia, con el 28,6 %; después vienen Corea del Sur y Filipinas. Y entre los siguientes aparece un archipiélago de tres islas habitadas y unas decenas de islotes.

La producción mundial superó los 35 millones de toneladas en 2019, según la FAO, y el mercado de extractos de alga estaba valorado en 16.500 millones de dólares en 2023. Este arenal que parece un descampado forma parte de esa cadena.

Playa muy ancha de arena clara junto a un muro bajo de piedra coralina, con palmeras inclinadas a la derecha, algunas construcciones de techo vegetal y dos figuras diminutas a lo lejos.
Un pueblo de la costa este con la marea retirada. La franja de arena que queda al descubierto es el terreno de trabajo.Lox / CC BY-SA 4.0·CC BY-SA 4.0

05 El agua caliente y la enfermedad

Este cultivo tiene un enemigo con nombre propio: una infección bacteriana conocida como ice-ice, que frena el crecimiento y arruina la cosecha. En Filipinas provocó entre 2011 y 2013 una caída del 15 % en una de las especies, equivalente a 268.000 toneladas.

Y su propagación está fuertemente asociada al aumento de la temperatura del agua del mar. Es decir: un cultivo que depende de aguas someras y cálidas es también, por esa misma razón, uno de los primeros en notar cuando el mar se calienta demasiado.

Hay además una discusión abierta sobre el propio cultivo. Estos campos se instalan a menudo sobre praderas marinas, sobre todo en el sureste asiático y en el Índico occidental, y eso tiene efectos negativos documentados; algunos agricultores han cortado manglares para usarlos como estacas, lo que empeora la calidad del agua.

En el otro platillo de la balanza, es un cultivo extractivo que no necesita fertilizantes ni agua dulce, con una huella ambiental menor que la de casi cualquier agricultura, y que absorbe nutrientes del medio. Es un asunto genuinamente en discusión, no un caso cerrado.

06 Cómo mirarlo sin estorbar

Lo primero es entender que estás en un lugar de trabajo, no en un mirador. Los campos se ven desde la propia playa cuando baja la marea, y para acercarse basta con caminar por los pasillos de arena que quedan entre las líneas, nunca por encima de ellas.

Playa de arena blanca en curva con palmeras y vegetación densa a la derecha, agua muy somera de tono verdoso a la izquierda y cielo azul con nubes blancas.
La misma costa unas horas después, con más agua. Este es el terreno que se cultiva: ni playa del todo ni mar del todo.Niceley / CC BY-SA 3.0·CC BY-SA 3.0

Y queda la idea que conviene llevarse de aquí. La playa que muchos viajeros ven como un inconveniente —el agua que se va y deja un arenal a mediodía— es exactamente la condición que permite que exista esta economía. La marea baja no estropea el paisaje: lo pone a trabajar.

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LM

Lucía Montes

Editora de Worth Knowing · Flowtravel

Lucía Montes escribe sobre lo que hay detrás de un dato que parece pequeño y explica un lugar entero.