Bandar Seri Begawan se está mudando del agua a la tierra, y se puede medir.
El centro histórico de esta capital no está en la orilla: está sobre ella, en pilotes, y se llama Kampong Ayer. Es el mayor asentamiento del mundo construido sobre el agua y lleva medio siglo vaciándose: unos 28.000 residentes en 1981, alrededor de 13.000 en 2011 y 10.250 en el censo de 2016. La ciudad se está mudando, y el traslado se puede contar en cifras.

01 Veinticinco mil hogares en 1521
En 1521 la expedición de Magallanes recaló aquí y su cronista, Antonio Pigafetta, dejó una descripción que se sigue citando cinco siglos después: una ciudad construida enteramente sobre agua salada, con veinticinco mil hogares y las casas todas de madera. Es el primer testimonio europeo del lugar, y ya entonces describía exactamente lo mismo que se ve hoy.
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Ese asentamiento, Kampong Ayer, fue el puerto y la capital del sultanato de Brunéi durante siglos. La ciudad de tierra es muy posterior: la capital actual se llamó Brunei Town hasta el 4 de octubre de 1970, cuando pasó a llamarse Bandar Seri Begawan. Es decir, el nombre de la capital moderna tiene medio siglo y el asentamiento que le dio origen tiene, como mínimo, cinco.

02 Una ciudad con todo encima del agua
Conviene entender que no es un barrio pintoresco de casas sobre el río: es una ciudad completa, con todo lo que eso implica, montada sobre pilotes en unos diez kilómetros cuadrados de superficie. Administrativamente se reparte en seis distritos que agrupan casi cuarenta aldeas, cada una con su nombre y su identidad.
Y tiene la infraestructura entera. Escuelas, ambulatorio, parque de bomberos, comercios y tendido eléctrico, todo sobre plataformas de madera y hormigón conectadas por kilómetros de pasarelas. El agua corriente llega por tuberías que van a la vista, tendidas junto a la barandilla de la pasarela, y esa imagen —una tubería siguiendo un pasillo de tablones sobre el mar— resume mejor que ninguna otra cómo funciona el sitio.

El transporte también es propio. No hay autobuses ni taxis de carretera: hay taxis acuáticos, embarcaciones largas y estrechas con motor fuera borda que cruzan el río de forma continua entre la orilla y las aldeas. No tienen parada fija ni horario; se levanta la mano en un embarcadero y se acuerda el precio antes de subir.
03 Las cifras del traslado
Aquí está la parte que convierte una postal en una historia. La población de Kampong Ayer rondaba los 28.000 habitantes en 1981. En 2011 estaba en torno a los 13.000. En el censo de 2016 eran 10.250 repartidos en los seis distritos. Es decir, en treinta y cinco años el asentamiento perdió más de la mitad de su gente.
Las razones son prácticas y bastante universales. En tierra hay carretera, coche y garaje; hay parcelas más grandes y vivienda nueva; hay conexiones que no dependen de una lancha. Vivir sobre pilotes obliga a mantener madera en contacto permanente con agua salada, y ese mantenimiento es constante, caro y difícil de delegar.
04 Lo que se pierde al mudarse

Lo que se pierde no es solo un tipo de casa: es un tipo de vecindad. En una ciudad de pasarelas todo el mundo pasa por delante de la puerta de todo el mundo, no hay coche que te aísle del trayecto y la distancia se mide en minutos andando o en un salto de lancha. Esa manera de vivir no se puede reproducir en una urbanización de tierra, por buena que sea la urbanización.
Y se pierde un saber constructivo. Levantar y mantener una casa sobre pilotes en agua salada, con marea, humedad permanente y riesgo de incendio en una estructura de madera, es un oficio que se aprende haciéndolo. Cuando el número de casas baja a la mitad, el número de personas que saben hacerlo baja con ellas.
05 Lo que Bandar Seri Begawan te deja
Es una capital pequeña —unos 72.000 habitantes en el municipio, algo más de 318.000 en el área metropolitana, sobre 100 kilómetros cuadrados— y no se visita por acumulación de monumentos. Se visita por una sola cosa que no está en ningún otro sitio: cruzar el río en cinco minutos y aterrizar en el centro histórico de la ciudad, que resulta estar flotando.
Lo que deja es la sensación rara de estar mirando un traslado en marcha. No un lugar congelado ni un lugar perdido, sino uno a mitad de camino, con las dos versiones de la ciudad a la vista y a cien metros de distancia. Cuál de las dos gana ya se sabe. Lo que todavía está por decidir es cuánto de la primera sobrevive dentro de la segunda.
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