Islamabad se dibujó entera en un plano antes de que existiera una sola calle.
En 1960 no había aquí más que campos al pie de los montes Margalla. Pakistán encargó a un arquitecto griego una capital entera sobre el papel: una cuadrícula de sectores cuadrados, cada uno con su propia letra y número, pensados para funcionar solos. Desde el aire, la diferencia con cualquier otra ciudad del país se ve al instante.

01 Una capital que no heredó nada
La capital ocupa 220,15 kilómetros cuadrados de ciudad propiamente dicha —906,50 si se cuenta el área metropolitana— a unos 540 metros de altitud, en el extremo norte de la meseta de Potohar y al pie directo de los montes Margalla. En el censo de 2023 tenía 1.108.872 habitantes en la ciudad y 2.363.863 en el conjunto metropolitano.
El traslado de la capital desde Karachi se formalizó el 14 de agosto de 1967, tras varios años de construcción. Karachi quedaba en el extremo sur del país, junto al mar Arábigo, lejos de casi todo el territorio y demasiado cerca de los intereses del gran comercio portuario. La nueva capital se planteó, literalmente, desde cero y en otro punto del mapa.
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02 El plano de un arquitecto griego
En 1960, el gobierno pakistaní encargó el diseño de la nueva capital al arquitecto y urbanista griego Constantinos Doxiadis. Su plan impuso sobre el terreno una cuadrícula de células de dos por dos kilómetros, alineada con un segundo trazado «natural» que sigue los barrancos que cruzan el emplazamiento. La construcción arrancó en 1961.
El resultado son 84 sectores, cada uno pensado para bastarse a sí mismo: viviendas, colegios, comercio y zonas verdes al alcance de un paseo corto, sin depender del centro de la ciudad para el día a día. Las avenidas principales son anchas y rectas, y entre la retícula se reparten, con regularidad casi matemática, franjas de parque y vegetación.
03 Una letra y un número para cada barrio
Los sectores se identifican con una letra, de la A a la I, y un número, y esa combinación —F-6, F-7, G-9, I-8— es la forma en que cualquier residente ubica un barrio, mucho antes que por el nombre de una calle. Cada sector se subdivide, además, en cuatro subsectores numerados. La serie D cubre del D-11 al D-17; la E, del E-7 al E-17; la F, del F-5 al F-17: una progresión que revela, con solo mirar el número, en qué parte de la cuadrícula original se está.
Ese sistema es la huella más visible del plan de Doxiadis en la vida cotidiana. Da igual que hayan pasado más de sesenta años: la ciudad sigue leyéndose, literalmente, como una tabla de coordenadas.

04 Se ve desde el espacio
La forma más rápida de comprobar que el plan funcionó tal como se dibujó es mirar una fotografía tomada desde la órbita. Junto a Islamabad está Rawalpindi, su vecina histórica, con un trazado de calles denso e irregular, crecido durante siglos sin una cuadrícula que lo ordenara. La frontera entre las dos ciudades es, sobre la imagen, casi una línea recta: a un lado, manzanas regulares; al otro, la textura orgánica de una ciudad que nunca tuvo un plano previo.
Pocas capitales ofrecen un contraste tan legible, y menos aún lo tienen a pocos kilómetros, con su propio antes y después uno junto al otro.
05 Cómo se lee sobre el terreno
Sobre el terreno, la cuadrícula se nota en la ausencia de sorpresas: las avenidas no se estrechan de golpe, las manzanas no cambian de escala sin aviso, y encontrar una dirección es, sobre todo, cuestión de entender el código de letras y números antes que de memorizar nombres de calles. Es una ciudad que premia a quien entiende el sistema y desconcierta a quien busca el desorden orgánico de una capital antigua.

Y al fondo de cualquier avenida, casi siempre, la misma referencia: la pared verde de los montes Margalla, el límite natural que Doxiadis usó como borde del plano y que sigue marcando, sesenta años después, hasta dónde llega la cuadrícula y dónde empieza la montaña.




