Katmandú está construida sobre el fondo de un lago.
En mitad de una cordillera hay una llanura perfectamente plana a 1.400 metros de altura, y eso no es normal. Debajo de la ciudad hay más de quinientos metros de sedimento depositado por un lago que ocupó el valle durante cientos de miles de años. Ese fondo lo explica todo: por qué el valle es fértil, por qué está lleno de gente y por qué el suelo tiembla más de la cuenta.

01 Una llanura donde no debería haberla
Katmandú está a unos 1.400 metros de altitud. La ciudad propiamente dicha ocupa 49,45 kilómetros cuadrados y tenía 856.767 habitantes en el censo de 2021; el conjunto metropolitano del valle abarca 899 kilómetros cuadrados y ronda los cuatro millones de personas. Es, con diferencia, la mayor concentración humana de Nepal, y está toda en el mismo plano.
Ese dato es más raro de lo que parece. En una cadena montañosa el terreno llano es escaso y se paga caro: es donde se puede cultivar, construir y trazar una carretera recta. Un valle plano de este tamaño, en medio del Himalaya, es una anomalía geológica que se convirtió en una anomalía demográfica.

02 Quinientos metros de fondo de lago
Los sondeos hechos en el valle han encontrado sedimentos de origen lacustre con más de quinientos metros de espesor. No son capas finas de aluvión reciente: son el registro completo de una masa de agua que ocupó la cuenca durante un periodo larguísimo, se fue rellenando de material arrastrado desde las laderas y acabó desapareciendo. Los geólogos llaman a esa masa de agua el paleolago de Katmandú.
El relleno no es homogéneo, y esa diferencia importa. Se distingue en tres formaciones con carácter muy distinto: una fundamentalmente de gravas, otra de arcillas y otra de arenas. Dicho de otro modo: bajo la ciudad no hay un suelo, hay tres, y responden de manera diferente a todo lo que se les ponga encima.
El agua acabó saliendo del valle por el sur, encajándose en una garganta estrecha que corta la barrera de colinas. Por ahí sale hoy el río Bagmati, y ese punto —el desagüe del valle— es uno de los pocos sitios donde se ve de golpe la geometría del conjunto: la llanura detrás, la roca a los lados y el corte por el que se vacía todo.

03 La tierra negra que da nombre a un barrio
De las tres formaciones, la que ha marcado más la vida del valle es la de arcilla. Un sondeo llegó a atravesar 208 metros seguidos de ella, y se la conoce con el nombre local del material: kalimati, que significa literalmente «tierra negra». Es un nombre que se sigue usando a diario, porque hay un barrio de Katmandú que se llama así.
Esa arcilla es la razón de que el valle fuera durante siglos una despensa. Un fondo de lago es, por definición, el sitio donde ha ido a parar el material más fino arrastrado desde todas las laderas de alrededor: un suelo profundo, fértil y llano, con agua a poca profundidad. En una región de pendientes y roca, eso es la excepción, y explica por qué la gente lleva milenios concentrándose aquí y no cincuenta kilómetros más allá.

04 Por qué el suelo tiembla más de la cuenta
Aquí está la otra cara del relleno, y conviene contarla sin dramatismo pero sin rodeos. Una capa gruesa de arcilla blanda no transmite las ondas sísmicas igual que la roca: las amplifica. La energía entra por la base rocosa, atraviesa cientos de metros de sedimento poco compactado y sale a la superficie con una sacudida varias veces mayor de la que le correspondería a esa misma distancia sobre terreno firme.
No es una hipótesis de laboratorio. El patrón de daños del gran terremoto de 1934, de magnitud 8,1, ya apuntaba a que los sedimentos del valle habían intensificado el movimiento del suelo, y desde entonces los estudios de microtemblores han medido esa amplificación zona por zona. Es la razón de que el mismo seísmo se note de forma muy distinta en dos puntos separados por pocos kilómetros dentro del propio valle.
05 Cómo se lee sobre el terreno
La forma más rápida de comprobarlo es subir a cualquiera de las colinas que rodean el valle y mirar hacia dentro. Lo que se ve no es un paisaje de montaña: es una superficie horizontal ocupada de borde a borde, con la trama urbana llegando exactamente hasta donde empieza la pendiente y ni un metro más allá. Ese límite tan nítido es la orilla del lago que ya no está.
Y luego está el detalle pequeño: la tierra. Fíjate en el color del suelo removido en las obras y en los taludes de los caminos. En un valle de montaña esperarías grava y roca partida; aquí, en buena parte del fondo, lo que sale es arcilla oscura y compacta. Es literalmente el sedimento del lago, y es lo que la ciudad tiene debajo de cada cimiento.





