El Peloponeso parece una península y es un archipiélago de valles.
En el mapa es una mano de cuatro dedos; sobre el terreno, una colección de llanuras cerradas por montañas de más de 2.000 metros, cada una con su río corto y su ciudad. De Esparta a Olimpia, de Mistrás a Monemvasia, casi todo en el Peloponeso se entiende como un lugar que se explica por el compartimento en el que nació.
._View_from_the_Menelaion.jpg?width=1600)
Si abres un mapa de Grecia, el Peloponeso parece una mano de cuatro dedos que cuelga del continente: la península de Mesenia, la de Mani, el cabo Malea y la Argólida. Ocupa 21.550 kilómetros cuadrados y vivían en él unas 1,15 millones de personas en el censo de 2011. Pero el mapa engaña en lo esencial: sugiere un territorio de una pieza, y dentro casi nada está conectado con nada.
01 Un mapa que sugiere una pieza
El nombre ya lo decía. Peloponnesos significa «isla de Pélope», un héroe de la mitología al que los antiguos atribuían la conquista de la región. Lo de «isla» no era una confusión de geógrafos: se usaba la palabra en su sentido arcaico, el de tierra casi cercada. Y casi cercada era. El único cuello que lo unía a la Grecia continental, el istmo de Corinto, mide apenas unos kilómetros.
Los antiguos ya lo veían como un lugar aparte. Hacia el 600 a. C. se pavimentó en el istmo de Corinto el Diolkos, un camino de losas por el que se arrastraban los barcos de un golfo al otro, y en 1893 se terminó el canal de Corinto, de 6.343 metros de largo, que lo convierte técnicamente en una isla. Hasta 2004, además, solo se llegaba por el istmo o en transbordador; ese año se inauguró el puente de Rio-Antirrio. Son los bordes. Lo interesante, y lo que casi nunca cuenta el mapa, es lo que hay dentro.

02 Por dentro, un archipiélago
Aquí está lo que cambia la lectura. Si entras en el Peloponeso por el canal o por el puente esperando un territorio continuo, la geografía te lo desmiente a los pocos kilómetros. El Taigeto sube a 2.407 metros; el Cilene, a 2.376; el Aroania, a 2.355; el Erimanto, a 2.224. El Mainalo y el Parnón rondan los 1.981 y los 1.935. Es el relieve de una isla de montaña, no de una llanura con unos cuantos cerros.
Y los ríos hacen el resto, pero a pequeña escala: el Alfeo, el más largo, mide 110 kilómetros; el Eurotas, 82; el Pineos, 70. Son ríos cortos que no unen regiones, sino que riegan cada una su valle. De ahí sale una forma de ocupar el territorio muy poco habitual: no una red, sino compartimentos. En el valle del Eurotas, entre el Taigeto y el Parnón, creció Esparta. En la llanura de la Argólida, Argos, Micenas y Tirinte. En el valle del Alfeo, Olimpia. Cada una de esas llanuras fue una isla pequeña dentro de la grande.
._View_from_the_Menelaion.jpg?width=1200)
Las ciudades griegas antiguas fueron ciudades-estado independientes, y la historia ofrece muchas razones para ello. Aquí hay además una de orden físico, que ayuda a entenderlo: cada una tenía su llanura, su río corto y su muralla de montaña. Quien quisiera visitar a su vecino cruzaba un puerto de montaña. El Taigeto, por ejemplo, separa el valle del Eurotas, al este, de Mesenia, al oeste. Para pasar de un lado al otro había que subir y volver a bajar, y esa fricción, repetida durante siglos, produjo lugares distintos entre sí.
03 Olimpia, el valle que se enterró
Olimpia es el ejemplo más limpio. Está en el valle del río Alfeo, con el afluente Cladeo bordeando el recinto por el oeste, a unos 18 kilómetros de la costa del golfo de Kiparisia; en la Antigüedad, quizá estuviera a la mitad de esa distancia. La tradición fija en el 776 a. C. los primeros Juegos. Y el valle, lejos de conservar el santuario, lo enterró: depósitos aluviales de hasta ocho metros lo cubrieron. Durante mucho tiempo se atribuyó a las crecidas del río; investigaciones más recientes apuntan a varios tsunamis.

Lo que se ve hoy es producto de esa capa de sedimento: Richard Chandler redescubrió el lugar en 1766, una expedición francesa hizo la primera excavación en 1829 y las excavaciones alemanas empezaron en 1875. Los Juegos modernos se restauraron a escala mundial en 1894. La llama olímpica se sigue encendiendo en el templo de Hera con un espejo parabólico que refleja el sol. Un valle cerrado que guarda, bajo tierra, lo que se le confió.
04 Mistrás: una ciudad que cambia de piso
Si los valles son compartimentos, las laderas son su otro piso. Mistrás se construyó a partir del invierno de 1248-1249 en una pendiente del Taigeto, sobre la antigua Esparta. Desde 1349 fue la residencia de los déspotas de Morea y siguió siéndolo hasta 1460. Tiene una ciudad alta y una ciudad baja, y muchas de sus calles son sendas, porque con aquella pendiente los vehículos de ruedas no eran prácticos. Se despobló a partir de la década de 1830, cuando se trazó la Esparta moderna en el llano. La gente bajó de la montaña a la llanura: el movimiento inverso al de 1248.

El nombre del lugar en la Edad Media, Morea, que da título al Despotado, tiene un origen discutido. La explicación más extendida lo liga con la morera y con la forma de la península, que recuerda a una hoja de morera. Es una teoría, no una certeza: el nombre solo aparece documentado en crónicas bizantinas del siglo X. Pero basta como imagen: una hoja con nervaduras, es decir, un mapa de valles.
05 Monemvasia: una isla dentro de la isla
La costa este guarda el caso extremo. Monemvasia es una roca unida a tierra por una lengua de arena de unos 400 metros; en 1890, tres años antes de que se terminara el canal, se cortó parte de esa lengua para abrir un paso artificial a las barcas. Su nombre viene de moni («único») y emvasis («entrada»): la ciudad de la entrada única. Se fundó en el siglo VI y es una de las ciudades fortificadas habitadas de forma continua más antiguas de Europa.
.jpg?width=1200)
En la ciudad alta, la meseta de la roca, de unos 100 metros sobre el mar y hasta 300 de ancho por un kilómetro de largo, hoy no vive nadie. La ciudad baja, amurallada por tres lados, tenía en el censo de 2021 una comunidad de 1.626 habitantes. La misma lógica aparece una y otra vez: un lugar que se sostiene por un hilo (un istmo, un puerto de montaña, un único acceso) y que debe a ese hilo su carácter.
06 Cómo se lee entonces el Peloponeso
Lo que sorprende, y lo que más se malinterpreta, es la escala. El Peloponeso no es grande: 21.550 kilómetros cuadrados, una superficie comparable a la de Eslovenia. Lo que tiene es un relieve denso. Pasar unos días aquí consiste en pasar de un valle a otro, y en notar a cada cruce de sierra que has cambiado de mundo: otro paisaje, otra piedra, otro tamaño de pueblo.
Por eso conviene tratar de leerlo al revés de como se hace con un destino continuo. No hay un centro desde el que irradie todo. Hay una colección de llanuras y de lugares colgados de un hilo. Si te sigue pareciendo un solo lugar, sube a un puerto de montaña y mira hacia los dos lados.

En el Peloponeso la aceituna se recoge cuando llegan las lluvias

El Peloponeso, para quien camina el Mani de torre en torre.

Peloponeso para parejas que enlazan senderos, piedra y costa

El Peloponeso es una isla desde 1893 y casi nadie lo dice.


