En Quintana Roo la costa se eligió antes de que existiera la ciudad.
En 1970 la isla donde hoy está Cancún tenía tres habitantes. Antes de que llegara nadie, una lista de criterios (clima, playa, huracanes, mano de obra, distancia a Estados Unidos) ya había decidido que allí debía ir la costa turística de México. Casi todo lo demás del estado se lee como lo que quedó fuera de esa lista.

Empecemos por lo que cuesta creer cuando uno aterriza. Quintana Roo ocupa 44.705 kilómetros cuadrados en el extremo oriental de la península de Yucatán; su punto más alto no llega a los 230 metros y, según el censo de 2020, viven en él 1.857.985 personas. Más de 130.000 habitaciones de hotel, según las cifras que maneja la prensa mexicana, se reparten por ese litoral. Y sin embargo hace poco más de medio siglo no había nada de eso en el lugar donde hoy está su ciudad más grande.

01 Una lista de criterios y tres habitantes
En 1967 el gobierno de México destinó un fondo de dos millones de dólares, administrado por el Banco de México, a estudiar dónde podían abrirse nuevas zonas de recreo. El encargo pasó a un fideicomiso, INFRATUR, y las crónicas del proyecto cuentan que en el análisis se usaron herramientas informáticas, algo poco habitual para la época. Los factores que se pusieron en la balanza eran concretos: clima, calidad de la playa, riesgo de huracanes, disponibilidad de mano de obra y distancia al mercado estadounidense. Acapulco, entonces el gran balneario del país, mostraba síntomas de saturación, y hacía falta otro.
El resultado señaló una isla alargada, unida a tierra firme por franjas de arena y manglar. Las obras empezaron el 23 de enero de 1970. En ese momento la isla tenía tres residentes, los cuidadores de una plantación de coco; el poblado más cercano, Puerto Juárez, rondaba los 117 habitantes. A la isla solo se llegaba en barco, así que lo primero fue una carretera desde Puerto Juárez y una pista de aterrizaje provisional.
Esa es la diferencia con casi cualquier otro destino de costa. Aquí la lista de criterios es anterior a la ciudad: INFRATUR compró más de 12.000 hectáreas y las dividió por usos (zona turística, sistema lagunar, suelo de conservación y zona urbana) antes de que hubiera nadie a quien alojar. Los primeros hoteles abrieron en 1974, cuando un fondo sucesor, FONATUR, tomó el control y organizó el crecimiento en tres fases: la zona hotelera, la ciudad para quienes trabajarían en ella y el aeropuerto internacional.
02 Una franja entre dos aguas
Lo que eligieron los planificadores tiene una forma muy particular, y se entiende en cuanto se ve desde arriba: una cinta de tierra con el Caribe abierto a un lado y una laguna, la de Nichupté, al otro. Por eso la carretera principal de la zona hotelera va literalmente entre dos aguas: a la izquierda el oleaje turquesa y a la derecha una superficie plana y de color más oscuro, casi sin movimiento. Una misma avenida, dos paisajes de agua que no se parecen en nada.
La laguna tampoco quedó como estaba. Las obras incluyeron dragados a gran escala que quitaron manglar y conectaron el sistema lagunar con el mar. La consecuencia, hoy, es que ese borde interior es la parte más frágil del conjunto: se ha documentado contaminación y deterioro en la laguna, y las playas de la cara marina necesitan reposiciones periódicas de arena. Una franja diseñada exige mantenimiento continuo.
03 El arrecife a pocos cientos de metros
Hay un criterio de la lista que el planificador no podía fabricar: la playa. En buena parte del litoral de Quintana Roo, el mar que llega a la orilla ya ha pasado por un arrecife. Frente a Puerto Morelos, al sur de Cancún, el arrecife corre a unos cientos de metros de la costa (las fuentes dan entre 400 y 500) y las olas rompen sobre él; lo que queda detrás es una laguna arrecifal de aguas tranquilas. Es la parte mexicana de un sistema que se prolonga hacia el sur hasta Honduras, y el tramo de Puerto Morelos es parque nacional desde 1998.

Esto es lo que la lista de 1967 daba por bueno sin poder construirlo: un litoral de aguas claras con un rompeolas natural a poca distancia. Lo que se construyó encima, hoteles, avenidas y aeropuerto, depende de esa franja de coral viva que corre bajo el agua. En ella viven corales como el cuerno de alce (Acropora palmata), que forma ramas anchas y planas, y bancos de peces pequeños se mueven entre ellas.

04 Lo que quedó fuera de la lista
Si el estado se leyera solo por Cancún, parecería una obra de ingeniería. Pero basta con avanzar hacia el sur para ver la otra capa. En el municipio de Tulum, la Reserva de la Biosfera de Sian Ka'an ocupa unos 5.280 kilómetros cuadrados (una superficie equivalente a casi el 12 % del estado) con tierra, humedales y un tramo de arrecife. Se declaró reserva de la biosfera en 1986 y la UNESCO la inscribió como Patrimonio Mundial en 1987.

El contraste es la clave de lectura. Allí no hubo un fideicomiso que dividiera el suelo por usos: lo que hay es una selva baja continua, lagunas, y restos de unos 23 sitios arqueológicos mayas conocidos en la reserva, entre ellos Muyil. La parte de la costa que nadie eligió para otra cosa sigue siendo, en buena medida, la que era; y por eso el estado enseña a la vez cómo era el litoral y cómo se decidió transformarlo.
05 Lo que significa sobre el terreno
Una ciudad que nace de un plan tiene un ritmo distinto al de una ciudad que se acumula. Las cifras lo muestran: Cancún tenía 167.730 habitantes en 1990, 397.191 en 2000 y 888.797 en 2020. Esos 888.797 son casi la mitad (el 48 %) de toda la población de Quintana Roo, concentrada en un solo municipio. El crecimiento fue más rápido que el plan: a los trabajadores que el proyecto previó se sumaron miles que llegaron de otras regiones de México, y la ciudad que se pensó para ellos no siempre bastó.
Para quien pasa unos días aquí, la consecuencia es una sensación poco común: un lugar donde casi todo tiene una razón de diseño. La avenida corre entre el mar y la laguna porque la franja era así de estrecha; los hoteles se agrupan donde el plan los puso; el aeropuerto está donde la tercera fase lo situó. Y a pocas horas por carretera hacia el sur está el contrapunto: un litoral que sigue su propia lógica, la del manglar, la laguna y el arrecife.
Esa es la diferencia que explica Quintana Roo. No es un destino que se fue formando con el tiempo, sino uno cuya geografía se leyó primero con una tabla de criterios y después se construyó. Si quitas el nombre, sigue reconociéndose: una costa que responde a una decisión de 1967, con una franja entre dos aguas y, detrás, un arrecife que ya estaba allí.




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