Destino

Santa Cruz es una provincia de dos bordes con cuatrocientos kilómetros de viento en medio

Al oeste, un campo de hielo que cae en lagos; al este, una costa donde invernaron Magallanes y Drake. Entre los dos, una meseta con 1,4 habitantes por kilómetro cuadrado que guarda las manos pintadas más antiguas del sur del continente. Santa Cruz se entiende por sus extremos y por la distancia que los separa.

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El frente del glaciar Perito Moreno sobre el lago Argentino: una pared de hielo azul y blanco de unos cinco kilómetros de ancho, con témpanos flotando en el agua gris verdosa y montañas nevadas al fondo.
El frente del glaciar Perito Moreno sobre el lago Argentino: una pared de hielo azul y blanco de unos cinco kilómetros de ancho, con témpanos flotando en el agua gris verdosa y montañas nevadas al fondo.Justraveling.com·CC BY-SA 4.0

Si se mira el mapa de Argentina, Santa Cruz es el penúltimo escalón hacia el sur: 243.943 kilómetros cuadrados, la segunda provincia más extensa del país, más grande que el Reino Unido. En el censo de 2022 vivían en ella 337.226 personas, es decir, 1,4 habitantes por kilómetro cuadrado. Son cifras que conviene tener delante, porque explican casi todo lo demás.

Explican, por ejemplo, que un viaje por Santa Cruz consista sobre todo en atravesar. Las ciudades están en la costa, los pueblos de montaña están pegados a los glaciares y, en medio, la carretera sube y baja por mesetas donde el único movimiento son las matas de coirón inclinadas por el viento. Este artículo recorre la provincia de borde a borde: primero el hielo, después la estepa que separa, y por último el mar.

01 Un mapa con el centro vacío

Casi todos los santacruceños viven en la orilla atlántica. Río Gallegos, la capital, Caleta Olivia, Puerto Deseado, Puerto San Julián y Puerto Santa Cruz son ciudades de mar, de petróleo o de pesca. En el extremo opuesto, a seiscientos kilómetros, están El Calafate y El Chaltén, que no viven de la tierra sino del hielo y de la roca. Entre unos y otros quedan Gobernador Gregores, Perito Moreno, Los Antiguos y una red de estancias separadas por decenas de kilómetros de alambrada.

Hay un dato que resume esta forma. El río Santa Cruz, que cruza la provincia de oeste a este, tiene asentamientos humanos solo en sus dos extremos: junto a su nacimiento, en la zona de El Calafate, y en su desembocadura, en Puerto Santa Cruz y Comandante Luis Piedra Buena. En los 385 kilómetros del medio no hay un pueblo. El vacío no es una impresión del viajero; está en el censo.

02 El borde de hielo

El oeste de Santa Cruz no termina en una cordillera, sino en un campo de hielo. El Hielo Patagónico Sur se derrama hacia el lado argentino en glaciares que caen directamente en dos lagos enormes: el Viedma y el Argentino. El Argentino tiene unos 1.400 kilómetros cuadrados de superficie, está a solo 187 metros sobre el nivel del mar y alcanza los 500 metros de profundidad. Es el mayor lago enteramente argentino, y su color lechoso, entre el turquesa y el gris, viene del polvo de roca que arrastra el hielo.

El glaciar Perito Moreno es la cara visible de ese borde. Su frente mide unos cinco kilómetros de ancho y se levanta entre 60 y 74 metros sobre el agua. Durante décadas fue famoso por algo poco habitual: no retrocedía. Avanzaba hasta tocar la península de Magallanes, cerraba un brazo del lago, el agua represada subía varios metros y, cada cierto número de años, el dique de hielo se rompía con un estruendo que atraía a miles de personas. La última rotura confirmada fue en diciembre de 2019.

Eso está cambiando. Un estudio publicado en 2025 midió que la superficie del frente, que bajaba 0,34 metros al año entre 2000 y 2019, pasó a perder 5,5 metros al año entre 2019 y 2024, y que en ese mismo periodo el frente retrocedió unos 800 metros. En 2026 las mediciones siguieron registrando pérdidas rápidas. Quien se asoma hoy a las pasarelas mira una pared que durante mucho tiempo pareció la excepción y ya no lo es. Es parte de lo que hace distinto a este lugar: aquí el paisaje más estable de la provincia tiene fecha.

03 Una montaña que humea y un pueblo de 1985

Doscientos kilómetros al norte de El Calafate, el lago Viedma termina en un valle donde el viento del oeste se encuentra con una muralla de granito. El pico principal mide 3.405 metros y los tehuelches lo llamaban Chaltén, «montaña que humea», porque casi siempre lleva una nube enganchada en la cumbre. Hoy en los mapas figura como Fitz Roy, pero el nombre antiguo sobrevive en el pueblo que está a sus pies.

Una laguna de agua turquesa en una hondonada de piedra gris y ocre; detrás, laderas con nieve y, en el centro, una torre de granito con la cumbre envuelta en nubes blancas y densas.
La laguna de los Tres, con el Fitz Roy medio tapado por la nube que le valió el nombre tehuelche de Chaltén, «montaña que humea».Almonroth / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

El Chaltén se fundó el 12 de octubre de 1985 y es el pueblo más joven de Argentina. No tiene centro histórico porque no tiene historia que no sea la montaña. Las calles terminan en senderos: desde la última casa se sale caminando a la laguna Capri, a la laguna Torre o a la de los Tres, sin coche ni transporte intermedio. El día empieza mirando al cielo, porque la montaña decide si se verá o no, y la conversación en cualquier panadería es la misma: si el Fitz Roy «se abrió» o no.

Ese es un rasgo que separa a El Chaltén de otros pueblos de montaña: aquí el pueblo es el vestíbulo de la caminata. Se duerme a cuatrocientos metros del inicio del sendero y se vuelve a la calle principal con el polvo de la morrena en las botas. El lugar entero se organiza alrededor de una sola pregunta, que es si hoy se ve la cumbre.

04 El río que cruza el vacío

El río Santa Cruz nace en el lago Argentino y recorre 385 kilómetros hasta el Atlántico. Lleva un caudal medio de 790 metros cúbicos por segundo, un agua de color lechoso que arrastra desde los glaciares, y corre por un valle de entre tres y quince kilómetros de ancho que se abre en mitad de la meseta. Es el último gran río de la Patagonia sin represas.

Su historia explica cómo se entró en la provincia: por el agua, no por la tierra. En abril de 1834 el bergantín Beagle fondeó en su desembocadura y el capitán Robert FitzRoy decidió remontarlo para encontrar su origen. Veinticinco hombres en tres botes, con el joven Charles Darwin entre ellos, subieron durante dieciséis días arrastrando las embarcaciones a pie contra la corriente, unos 230 kilómetros. El 4 de mayo, con las provisiones justas, dieron la vuelta sin haber visto el lago. Les faltaba muy poco: el lago Argentino lo alcanzó y lo bautizó Francisco Moreno en 1877.

Esa secuencia, mar primero y lago después, es la secuencia de la provincia entera. Santa Cruz se conoció desde la costa, y el interior tardó generaciones en dejarse recorrer. Todavía hoy, el único puente de población entre los dos bordes es ese valle, y está casi vacío.

05 La estepa y lo que se le pide

Llanura de matas bajas y hierba seca de color pardo, con un afloramiento de roca estratificada en lo alto de una loma y, a la izquierda, un pináculo de piedra aislado bajo un cielo con nubes rosadas.
Meseta junto a la Ruta 40 cerca de La Leona, entre El Calafate y El Chaltén: coirón, roca estratificada y ninguna construcción a la vista.GerthMichael / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

Entre el hielo y el mar, la provincia es una sucesión de mesetas escalonadas, cañones de basalto y lagunas que aparecen y desaparecen con el año. Lo que une todo eso es el viento. Sopla del oeste, casi sin descanso, y lo primero que aprende quien llega es a abrir la puerta del coche con las dos manos. Los arbustos crecen inclinados hacia el este; las estancias se construyen con el frente de espaldas al poniente.

La estepa se ocupó para una sola cosa: ovejas. Las estancias, con su casco, su galpón de esquila y sus puestos repartidos por el campo, fueron la manera de poblar un territorio que no admitía cultivos. En su momento de mayor carga la provincia llegó a tener unos seis millones de cabezas; hoy quedan unos dos millones. Las cenizas volcánicas, las sequías, los precios de la lana y los pumas fueron vaciando campos que ya estaban casi vacíos. Algunas estancias se convirtieron en otra cosa: la que ocupaba el actual parque nacional Monte León llegó a tener 40.000 ovejas en la década de 1920; hoy protege a unas 46.000 parejas de pingüinos.

Para el viajero, la estepa se recorre por la Ruta 40, que en Santa Cruz alterna asfalto con tramos de ripio todavía en obra, y por rutas provinciales de grava. Entre un pueblo y el siguiente pueden pasar dos o tres horas sin cruzarse con nadie. Lo que sí se cruza son guanacos, choiques y, en los lagos, flamencos. Aquí el silencio no es una metáfora: es la distancia medida en litros de combustible.

06 Las manos del cañón

En el norte de la provincia, el río Pinturas ha cortado un cañón en la meseta basáltica. En uno de sus paredones, bajo un alero de roca, hay cientos de manos pintadas en negativo: la mano apoyada contra la piedra y el pigmento soplado alrededor. Se contaron 829 manos izquierdas y solo 31 derechas, lo que indica que casi todos sostenían el tubo con la derecha. Las pinturas más antiguas tienen unos 9.300 años y las más recientes unos 1.300; son las más antiguas del sur de Sudamérica y la UNESCO las declaró Patrimonio de la Humanidad en 1999.

Pared de roca rojiza y rosada cubierta por decenas de siluetas de manos pintadas en negativo, en blanco, rojo y negro, superpuestas unas sobre otras.
Las manos en negativo de la Cueva de las Manos, en el cañón del río Pinturas. Casi todas son izquierdas.Mariano / Wikimedia Commons / Public domain  · Public domain

Lo que hace de este lugar un descubrimiento es su posición. Las manos están en el centro de la provincia, en la parte que hoy figura como vacía en el censo, y son la huella humana más antigua de Santa Cruz. Durante nueve milenios ese cañón fue un lugar de paso de cazadores que seguían a los guanacos; los pueblos actuales llevan menos de ciento cincuenta años. Dicho de otro modo: en Santa Cruz la gente es nueva y las señales son viejas, y están justo donde hoy no vive nadie.

07 Lo que guardan las mesetas

Las mesetas también guardan tiempo más largo. Cerca de Jaramillo, en el centro-este de la provincia, hay un bosque petrificado de araucarias del Jurásico, de unos 150 millones de años. Los troncos, algunos de decenas de metros de largo, quedaron sepultados por cenizas volcánicas y hoy yacen tumbados sobre una llanura de piedra ocre, con los anillos de crecimiento todavía legibles en los cortes. Es el testimonio de un clima húmedo y templado en el mismo sitio donde hoy casi no llueve.

Un tronco petrificado tumbado, grueso y de corteza oscura, con el corte transversal mostrando los anillos y vetas de color ocre y gris, sobre un suelo de piedras rojizas y matas bajas.
Un tronco de araucaria petrificada en el monumento natural Bosques Petrificados de Jaramillo: anillos de crecimiento de hace unos 150 millones de años.Eassi / Wikimedia Commons / CC BY 3.0  · CC BY 3.0

Y en el noroeste, en la meseta del lago Buenos Aires, dentro del parque nacional Patagonia, las lagunas de altura esconden un ave que el mundo no conocía hasta 1974: el macá tobiano, un zambullidor que solo anida en estas lagunas de meseta y en ningún otro lugar del planeta. Quedan en torno a 700 u 800 ejemplares. En 2026 volvió a nidificar dentro del parque tras diez años sin registros, con nueve parejas y nueve pichones. Es una buena imagen de la provincia: lo más raro que tiene está en el sitio más difícil de alcanzar.

08 El borde del mar

El este de Santa Cruz es una costa de acantilados amarillos, mareas enormes y rías que entran tierra adentro. Fue el primer borde que conoció el mundo. En marzo de 1520 la expedición de Fernando de Magallanes fondeó en la bahía de San Julián y pasó allí el invierno austral; fue en esa costa donde sus cronistas describieron a los tehuelches y los llamaron «patagones». Cincuenta y ocho años después, en junio de 1578, Francis Drake entró en la misma bahía y también invernó en ella. En 1586 Thomas Cavendish entró en la ría de más al norte y la llamó Port Desire por el nombre de su barco: de ahí viene Puerto Deseado.

Un río estrecho que dibuja dos meandros amplios sobre una llanura de arena clara, entre colinas rocosas de tonos rojizos y pardos, bajo un cielo despejado.
Los meandros del río Deseado poco antes de su ría. La ría se adentra 42 kilómetros tierra adentro desde el Atlántico.Mikelzubi / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0  · CC BY-SA 4.0

La ría Deseado es una rareza: un antiguo cauce fluvial invadido por el mar a lo largo de 42 kilómetros, con islotes donde anidan cormoranes y, en la isla Pingüino, una colonia de pingüinos de penacho amarillo, los de las cejas doradas, que en el continente americano solo se encuentran en pocos sitios. Charles Darwin estuvo aquí el 23 de diciembre de 1833, cuatro meses antes de remontar el río Santa Cruz.

Acantilado de roca sedimentaria clara con una gran cueva abierta en su base, visto desde una playa de arena oscura y mojada que refleja el cielo nublado.
Acantilados y cuevas marinas del parque nacional Monte León, con la marea baja. Las mareas aquí dejan al descubierto cientos de metros de playa.Andarin2 / Wikimedia Commons / CC BY-SA 3.0  · CC BY-SA 3.0

Más al sur, Monte León se convirtió en 2004 en el primer parque nacional costero del país: 62.169 hectáreas y unos 30 kilómetros de costa en los que una colonia de unas 46.000 parejas de pingüinos de Magallanes ocupa la tierra donde antes pastaban ovejas. La costa santacruceña es así: lo que fue estancia se vuelve parque, y las ciudades conviven con el petróleo y los barcos pesqueros. Es un borde que mira hacia afuera, hacia el mar que lo descubrió.

09 Cómo se siente pasar unos días aquí

El primer ajuste es de escala. Un desplazamiento «corto» son tres horas; un día entero puede ser ir y volver de un solo lugar. En verano la luz ayuda: en diciembre el sol se pone pasadas las diez de la noche en El Calafate, y la cena, casi siempre cordero asado al palo, con la carne abierta en cruz junto a las brasas, se come con claridad en la ventana. El segundo ajuste es el viento, que convierte cualquier plan en una hipótesis.

El tercero es más sutil. En el glaciar, la gente se queda horas en las pasarelas sin hacer otra cosa que esperar a que un bloque de hielo se desprenda. Primero se oye un crujido grave, luego cae una pared y por último llega la ola. En El Chaltén se espera a que la nube suelte la cumbre; en la estepa, a que aparezca un guanaco en la loma. Santa Cruz enseña a esperar, y a aceptar que la montaña o el hielo no siempre conceden lo que uno fue a buscar.

Lo que suele quedar en la memoria no es una sola imagen, sino el contraste entre los dos bordes y el tiempo del medio: la pared azul del glaciar, el acantilado amarillo sobre el Atlántico y, entre ambos, aquellas horas de ripio y viento en que el mapa parecía vacío y en realidad guardaba las manos más antiguas del continente sur. Santa Cruz no se entiende por lo que tiene en cada extremo, sino por la distancia que separa a los dos.

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María Reyes

Editora de Destinos · Flowtravel

María Reyes busca la lógica de cada lugar: por qué su gente vive donde vive y qué explica su forma de habitarlo.

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