En 1950 esto era un pueblo de quinientas personas.
Yamusukro se llamaba N'Gokro y era una aldea baulé. Hoy es la capital política de Costa de Marfil, con avenidas de ocho y diez carriles, hileras de farolas que se pierden en el horizonte y parcelas vacías entre edificio y edificio. Se construyó para una ciudad que todavía no ha llegado, y esa distancia entre el plano y la vida es lo que la hace fascinante.

01 De N'Gokro a capital
El nombre lo explica casi todo. La aldea se llamaba N'Gokro, y «kro» significa pueblo en lengua baulé. A comienzos del siglo XX la gobernaba una mujer, Yamousso, y de ahí salió el topónimo actual: el pueblo de Yamousso. En 1901 se le contaban unos 475 habitantes.
Medio siglo después seguía siendo minúsculo: en 1950 tenía alrededor de 500 habitantes. En 1975 ya eran 37.253. El censo de 2021 registró más de 340.000 en el municipio, y el distrito autónomo que lleva su nombre cubre 2.075 kilómetros cuadrados, una superficie comparable a la de las grandes áreas metropolitanas del mundo.

02 Avenidas de diez carriles
Lo primero que desconcierta al llegar es la escala del viario. La ciudad se trazó como una retícula de avenidas de ocho y diez carriles, iluminadas por hileras larguísimas de farolas y separadas por parcelas que en buena parte siguen sin edificar, cubiertas de hierba alta y matorral.
El efecto es difícil de explicar sin verlo: cruzas una avenida de sesenta metros de ancho sin mirar, porque no viene nadie. Fuera de los ejes que llevan a Abiyán, Bouaké y Daloa, el tráfico es escaso a cualquier hora. Los arcenes son de tierra roja sin acera terminada, y la hierba se come los bordes.
Conviene entenderlo como lo que es: infraestructura construida por adelantado, a la espera de una densidad que no llegó al ritmo previsto. Es lo contrario de casi cualquier otra ciudad africana de este tamaño, donde la vida desborda a la calle. Aquí la calle desborda a la vida.

03 Los edificios sueltos
La otra particularidad es que los edificios importantes no forman un centro: están sueltos, cada uno rodeado de campo. La Fundación Félix Houphouët-Boigny, dedicada a la investigación para la paz, se levanta aislada en una llanura, con un enorme parvis pavimentado y un eje ceremonial que baja hacia la ciudad. El Hotel Président, de 1973, es un bloque de hormigón de 285 habitaciones obra del arquitecto tunecino Olivier Cacoub. El club de golf, de 1980, lo firmó el francés Roger Taillibert con dos conchas de hormigón.
A ellos se suma el campus de la antigua Escuela Nacional Superior de Obras Públicas, terminado hacia 1979 por Henry Pottier con Philippe Godin y Jacques Rechsteiner: cuatro cubos de hormigón enlazados por pasarelas y protegidos por una pantalla de veinticinco arcos monumentales. Y, visible desde casi cualquier punto, la cúpula de la basílica consagrada en 1990, que es el edificio de referencia del horizonte.

04 Cómo se recorre
No es una ciudad para caminar, y no por inseguridad sino por geometría: las distancias entre hitos son de varios kilómetros por avenidas sin sombra. Lo práctico es moverse en taxi comunal o alquilar un coche con conductor por medio día y encadenar los puntos, que están todos sobre dos o tres ejes.
El acceso desde Abiyán son unos 240 kilómetros por autopista, tres horas largas en coche o unas cuatro en autobús interurbano, que salen con frecuencia. También hay aeropuerto internacional, dimensionado en su día para aviones de gran tamaño, con muy poco tráfico regular.
Dos días bastan y sobran para ver la ciudad con calma. El error habitual es tratarla como escala de una hora camino de otro sitio: así solo se ven avenidas vacías. Con tiempo, lo que aparece es una ciudad de barrios normales, mercados y talleres viviendo dentro de un plano que se dibujó cuatro tallas más grande.





