El Algarve tiene dos mitades de playa y casi todo el mundo conoce una: la de los acantilados color miel, las calas pequeñas y los arcos de roca, que está al oeste de Faro. Es fotogénica, es estrecha y en verano está llena.
La otra mitad empieza justo en Faro y va hacia el este. No tiene acantilados ni calas: tiene sesenta kilómetros de islas de arena a las que no llega ninguna carretera.
01 Sesenta kilómetros de cordón
El sistema se llama Ria Formosa y es un parque natural de unas 18.400 hectáreas. Consiste en una laguna somera separada del mar por un cordón de cinco islas-barrera y dos penínsulas, que corre desde la península de Ancão hasta Manta Rota.
Las islas son Barreta, más conocida como Deserta, Culatra, Armona, Tavira y Cabanas. Entre ellas y el continente queda una lámina de agua salada llena de canales, bancos de arena y marisma que se vacía y se llena con cada marea.
Y el cordón no está quieto. Las barras migran, las bocas se abren y se cierran y el conjunto se desplaza despacio hacia el este. Es un accidente geográfico en movimiento, no un decorado.
02 Por qué el barco no es un capricho
La consecuencia práctica es sencilla y es la razón de todo lo demás: a estas playas no se llega conduciendo. Hay ferris regulares desde Faro, desde Olhão y desde Fuseta, y esa es la única manera de entrar.
Un barco no es un aparcamiento. Tiene un número de plazas y un horario, así que el aforo de la isla lo fija el transporte y no la capacidad del arenal. El resultado, en un litoral tan concurrido como este, es una playa ancha con poca gente.
La contrapartida está en el mismo hecho. El último barco es el último, y quien lo pierde se queda en una isla sin coche, sin hotel en la mayoría de los casos y a veces sin más servicio que un restaurante.
El aforo de estas playas no lo fija el aparcamiento: lo fija el número de plazas del barco.
03 Qué isla elegir

La elección importa más de lo que parece, porque las islas no ofrecen lo mismo. Deserta es la más despoblada: no tiene habitantes ni apenas servicios, y la playa es enorme. Es la opción para quien quiere arena y nada más.
Culatra y Armona sí tienen población permanente, con núcleos de casas bajas, algún restaurante y una vida propia que no depende del visitante. Son las islas para quien quiere ver cómo funciona el sitio y no solo tumbarse.
Y hay una diferencia física que conviene conocer antes de bajar del barco: cada isla tiene dos orillas. La del lado de la laguna es de agua quieta, somera y más caliente; la del lado del mar es la playa abierta, con oleaje y con el agua a la temperatura del Atlántico.
Cruzar de una a otra son unos minutos por una pasarela de madera sobre la duna. Muchos visitantes se quedan en la primera orilla que ven sin saber que hay otra.
04 Una laguna que además trabaja
Lo que distingue a este sitio de un cordón de arena cualquiera es que la laguna no está vacía: es una explotación. Los bancos que quedan al descubierto con la bajamar son viveros de almeja, y están repartidos en concesiones trabajadas a mano.
La escala sorprende: la Ria Formosa produce alrededor de la mitad de la almeja de todo Portugal, con unas 3.200 toneladas en 2018. A eso se suman la ostra, que ha ido ganando terreno en los últimos años, y las salinas que ocupan la orilla continental.
Para el visitante eso cambia lo que se ve desde el barco. Las figuras agachadas sobre el fango en bajamar no son bañistas: es el turno de trabajo de la laguna, y funciona con el calendario de las mareas, no con el del verano.
05 Lo que hay que aceptar

La primera limitación es el horario. Fuera de temporada alta los barcos se espacian, y hay islas con solo unas pocas salidas al día. Conviene mirar el horario de vuelta antes de mirar el de ida.
La segunda es la falta de reparo. El cordón es completamente llano y no hay ni acantilado ni arbolado, así que con viento del oeste no existe un rincón resguardado. Tampoco hay sombra salvo la que lleves.
Y la tercera es de expectativa. Quien llegue buscando las formaciones de roca de las postales del Algarve no las va a encontrar aquí: eso está al oeste de Faro y es otro viaje. Aquí hay arena, duna, agua somera y horizonte.
06 Cómo armar el viaje
Cuatro a siete días permiten hacerlo bien: dormir en tierra, en Faro, Olhão o Tavira, y salir cada día a una isla distinta. Las tres ciudades tienen embarcadero en el centro, así que no hace falta coche.
El mes lo decide la combinación de agua y gente. Septiembre es el mejor: 21,5 milímetros de lluvia en 1,9 días, máximas de 26,4 grados y el agua todavía con el calor acumulado del verano, alrededor de los 21,7 grados que alcanza en agosto.
Y conviene consultar la tabla de mareas antes de cada salida. Con bajamar aparecen bancos enormes por los que se camina y se ve trabajar el marisqueo; con pleamar la laguna es una lámina continua y la playa del lado del mar se estrecha. No es lo mismo.
Lo que hace distinto a este viaje no es la playa, que es arena como cualquier otra. Es la barrera de entrada: en una costa donde se aparca a diez metros del agua, aquí hay que subirse a un barco, y eso basta para que la playa se parezca a lo que era antes.


