01 Qué es Nisa exactamente
Nisa está junto al barrio de Bagyr, a dieciocho kilómetros al oeste del centro de Asjabad. Según la tradición la fundó Arsaces I, entre aproximadamente el 250 y el 211 a. C., y más tarde Mitrídates I —entre el 171 y el 138 a. C.— le dio el nombre de Mithradatkert. Fue una de las plazas fuertes del mundo parto en su primer siglo de existencia.
Y acabó como acabó Asjabad dos milenios después: la ciudad quedó completamente destruida por un terremoto en la primera década antes de nuestra era. La coincidencia no es poética, es geológica: el mismo contacto tectónico bajo el Kopet Dag.

02 Lo que salió de ahí
Las excavaciones sacaron a la luz edificios de gran tamaño, mausoleos, un buen número de documentos inscritos y un tesoro que ya había sido saqueado en la Antigüedad. También obras de arte de factura helenística, lo que en sí mismo es el argumento del sitio: aquí se ve cómo el mundo griego y el mundo iranio se mezclaron en un mismo edificio.
Los ritones de marfil de Nisa son de las piezas partas más importantes que existen, y no están en Londres ni en París: están a veinte minutos del yacimiento.
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03 Cómo organizar los tres días
Día uno, el Museo Nacional de Historia, en la ciudad. Ahí están los ritones, las piezas arquitectónicas de terracota y las esculturas en mármol que salieron del yacimiento. Ve al museo primero: si haces el camino inverso, en Nisa vas a mirar montículos sin saber qué buscar.
Día dos, el yacimiento, a primera hora. Dieciocho kilómetros son media hora de coche, y la luz de la mañana es la que hace legibles las plantas de los edificios: con el sol alto, los muros de adobe se aplanan y desaparecen. Lleva agua, gorro y calzado cerrado; no hay sombra en todo el recinto.
Día tres, vuelve. Al yacimiento o al museo, según lo que te haya dejado con más preguntas. Es un destino que da poco a la primera visita y bastante a la segunda, y como ya has hecho el esfuerzo de llegar hasta aquí, no tiene sentido racionarlo.

04 Lo que hay que aceptar
Dos cosas, y las digo sin adornos. La primera: todos los extranjeros necesitan visado para entrar en Turkmenistán, y el trámite es lento y poco previsible. Empieza con meses de antelación y no compres vuelos antes de tenerlo resuelto.
La segunda: el mes manda más que en casi cualquier otro destino. De junio a agosto la máxima media en Asjabad está entre 36 y 38 grados, y el yacimiento no tiene ni un árbol. Abril, mayo, septiembre y octubre son los cuatro meses en los que este viaje funciona; el resto, no.

Si encajas en el perfil, el argumento cabe en una frase: vas a tener para ti solo un Patrimonio Mundial que casi nadie visita, en el sitio exacto donde arrancó uno de los grandes imperios de la Antigüedad, y luego vas a ver sus mejores piezas a veinte minutos de allí. Muy pocos destinos ofrecen esa cadena completa.



