Este viaje es para un perfil muy concreto, y decirlo pronto ahorra disgustos. Asmara no tiene naturaleza que ofrecer, ni fauna, ni playa, ni una escena gastronómica que justifique el billete por sí sola. Lo que tiene es una ciudad, y una ciudad muy particular. Si viajas por arquitectura, es de las mejores decisiones posibles; si viajas por cualquier otra cosa, no lo es.

Qué esperar de este viaje, medido en lo que le importa a quien viene por los edificios.
Coherencia del conjunto 481 hectáreas construidas casi todas en seis años
Piezas singulares Cine de 1937, estación de servicio futurista de 1938 y decenas más
Facilidad para recorrerlo Ciudad llana y compacta: todo el centro se anda
Estado de conservación En pie y en uso, pero con décadas sin reformas profundas
Servicios e interpretación Casi sin visitas guiadas, señalética ni material publicado
Variedad del viaje Se agota en la ciudad: fuera de ella hay poco programado

Las piezas que todo el mundo busca son tres o cuatro. El Cinema Impero, abierto en 1937, con su fachada de ladrillo rojizo y las letras verticales todavía en su sitio. La estación de servicio Fiat Tagliero, de 1938, construida para parecer un avión, con dos alas de hormigón en voladizo que se sostienen solas. La Africa Pension, cubista. Y el Bar Zilli, art déco de los años treinta.

Lo bueno de Asmara no son los cuatro edificios que salen en las fotos: es la manzana anónima que hay entre uno y otro, y que está construida con el mismo criterio.

Edificio de esquina de tres plantas con el chaflán resuelto en curva: los balcones son semicirculares, con barandilla metálica el del primer piso y antepecho macizo pintado de rosa el superior, y la planta baja se cierra con persianas metálicas y rejas; a la derecha continúa una manzana más larga de color crema con ventanas regulares y toldos verdes sobre los comercios; delante, dos palmeras datileras altas proyectan sombras recortadas sobre la fachada, hay coches aparcados en línea y un taxi amarillo circulando, y varias personas caminan por la acera, pequeñas y de lejos, bajo un cielo azul sin nubes.
Una esquina cualquiera del centro, resuelta en curva. Este nivel medio, y no las piezas famosas, es lo que hace excepcional al conjunto.Sailko / Wikimedia Commons / CC BY 3.0·CC BY 3.0

02 Todo a pie

La ventaja práctica más grande de este destino es que no necesitas nada. Ni coche, ni conductor, ni excursiones contratadas. El centro protegido se recorre andando, la ciudad es llana y las distancias son cortas: 45 kilómetros cuadrados en total, y el conjunto interesante ocupa una fracción de eso.

La forma que funciona es dividirlo. Un día para la avenida principal y sus transversales, que es donde se concentran los cines, los bares y los edificios de esquina. Otro para las calles secundarias, donde el mismo lenguaje se repite en versión doméstica y sin público delante. Y medio día para los barrios de casas bajas con cubierta de chapa, que son la otra mitad de la ciudad y no aparecen en ningún expediente.

Hay un detalle que cambia el ritmo del día: la altitud. A 2.325 metros el cuerpo tarda cuarenta y ocho horas en ajustarse, y una jornada entera de pie caminando se hace más larga de lo que parece sobre el plano. El primer día conviene recortarlo. La ciudad, en cambio, ayuda: es una capital tranquila y de escala baja, sin tráfico agobiante.

Vista de la ciudad desde una terraza elevada, enmarcada a la izquierda por las frondas colgantes de una palmera y por un gran depósito metálico oxidado de forma cilíndrica: en primer término, cubiertas de chapa ondulada y azoteas de casas bajas en tonos naranja, ocre y verde, con muros de bloque y pequeños huertos con flores; en el plano medio, manzanas de dos y tres plantas de color crema y arena, un campanario alto y estrecho de ladrillo a la izquierda y algunos edificios modernos de mayor tamaño hacia el centro y la derecha; al fondo, la ciudad se extiende hasta unas lomas bajas y peladas, y el cielo lo ocupan cúmulos blancos muy definidos sobre azul.
La otra mitad de la ciudad: casas bajas de chapa y patio, justo al lado del centro protegido. Merece medio día tanto como las avenidas.Sailko / Wikimedia Commons / CC BY 3.0·CC BY 3.0

03 El tren

Hay una segunda pieza del mismo periodo que no está en el centro: el ferrocarril. La línea eritrea se construyó entre 1887 y 1932, con 317 kilómetros de vía estrecha de 950 milímetros, y unía la meseta con el mar Rojo salvando más de dos mil metros de desnivel. Quedó fuera de servicio hacia 1978 y se rehabilitó por tramos tras la independencia; el tramo de Asmara hacia Massaua volvió a estar operativo en 2009.

Hoy no es un servicio regular de pasajeros. Lo que circula son excursiones, principalmente con material de vapor, dirigidas a aficionados y organizadas cuando hay carbón y hay viajeros suficientes. Conviene no darlo por hecho al planificar: si sale, es de lo mejor del viaje; si no sale, la estación se puede visitar igualmente.

Estación de ferrocarril de vía estrecha bajo un sol duro: a la izquierda, el edificio de viajeros, de dos plantas, pintado de amarillo ocre con las esquinas y los recercados en un tono más oscuro, cubierta de teja roja a cuatro aguas y una marquesina de madera sobre el andén; delante, en la vía, hay una plataforma de mercancías de bogíes con la caja de madera muy oxidada, cargada con seis grandes rollos de alambre de espino, y detrás un vagón cerrado y un cobertizo; a la derecha, en otra vía, un coche de viajeros antiguo pintado de verde oscuro con la plataforma abierta en el testero; entre los carriles crece hierba seca, y el cielo es azul con alguna nube fina.
La estación de Asmara, con material de vía estrecha de 950 milímetros parado en los andenes. La línea es de la misma época que el centro de la ciudad.David Stanley / Wikimedia Commons / CC BY 2.0·CC BY 2.0

04 Cómo se arma el viaje

Cuatro o cinco días es la medida justa. Dos para el centro protegido, uno para las calles secundarias y los barrios bajos, y el resto de margen para el tren y para repetir. Repetir importa más de lo que parece: los edificios cambian por completo entre la luz dura del mediodía y la luz baja de las seis, y muchas de las mejores fachadas solo funcionan a una de las dos horas.

El mes tiene una respuesta clara. De septiembre a marzo el cielo está abierto —entre 213 y 291 horas de sol al mes— y llueve muy poco: en febrero, dos milímetros en todo el mes. Octubre es el mejor de todos, con el aire limpio recién acabadas las lluvias. Julio y agosto son los dos únicos que conviene evitar: 175 y 156 milímetros, y la mitad de sol.

Sobre el terreno, dos advertencias honestas. La primera: no esperes interpretación. Casi no hay visitas guiadas, ni paneles, ni material publicado sobre los edificios; el trabajo de identificar lo que estás viendo lo haces tú, y conviene llevarlo preparado de casa. La segunda: muchos interiores no se visitan, y muchas fachadas llevan décadas sin una reforma seria.

Y el aviso que decide. Eritrea recibe muy pocos visitantes y no tiene una industria turística montada, de modo que todo —permisos, alojamiento, desplazamientos— se organiza con antelación y con paciencia. A cambio te llevas algo que casi nadie tiene: una ciudad entera de los años treinta, en pie, habitada y sin una sola cola delante de ningún edificio.

Evalua este articulo

Tu voto ayuda a priorizar que historias editar despues.

Sin votos todavia
SN

Sofía Navarro

Editora de Hecho Para Ti · Flowtravel

Sofía empareja viajeros con destinos, y dice cuándo no encajan.