01 Un catálogo completo y en pie
Este viaje es para un perfil muy concreto, y decirlo pronto ahorra disgustos. Asmara no tiene naturaleza que ofrecer, ni fauna, ni playa, ni una escena gastronómica que justifique el billete por sí sola. Lo que tiene es una ciudad, y una ciudad muy particular. Si viajas por arquitectura, es de las mejores decisiones posibles; si viajas por cualquier otra cosa, no lo es.
Las piezas que todo el mundo busca son tres o cuatro. El Cinema Impero, abierto en 1937, con su fachada de ladrillo rojizo y las letras verticales todavía en su sitio. La estación de servicio Fiat Tagliero, de 1938, construida para parecer un avión, con dos alas de hormigón en voladizo que se sostienen solas. La Africa Pension, cubista. Y el Bar Zilli, art déco de los años treinta.
Lo bueno de Asmara no son los cuatro edificios que salen en las fotos: es la manzana anónima que hay entre uno y otro, y que está construida con el mismo criterio.
02 Todo a pie
La ventaja práctica más grande de este destino es que no necesitas nada. Ni coche, ni conductor, ni excursiones contratadas. El centro protegido se recorre andando, la ciudad es llana y las distancias son cortas: 45 kilómetros cuadrados en total, y el conjunto interesante ocupa una fracción de eso.
La forma que funciona es dividirlo. Un día para la avenida principal y sus transversales, que es donde se concentran los cines, los bares y los edificios de esquina. Otro para las calles secundarias, donde el mismo lenguaje se repite en versión doméstica y sin público delante. Y medio día para los barrios de casas bajas con cubierta de chapa, que son la otra mitad de la ciudad y no aparecen en ningún expediente.
Hay un detalle que cambia el ritmo del día: la altitud. A 2.325 metros el cuerpo tarda cuarenta y ocho horas en ajustarse, y una jornada entera de pie caminando se hace más larga de lo que parece sobre el plano. El primer día conviene recortarlo. La ciudad, en cambio, ayuda: es una capital tranquila y de escala baja, sin tráfico agobiante.
03 El tren
Hay una segunda pieza del mismo periodo que no está en el centro: el ferrocarril. La línea eritrea se construyó entre 1887 y 1932, con 317 kilómetros de vía estrecha de 950 milímetros, y unía la meseta con el mar Rojo salvando más de dos mil metros de desnivel. Quedó fuera de servicio hacia 1978 y se rehabilitó por tramos tras la independencia; el tramo de Asmara hacia Massaua volvió a estar operativo en 2009.
Hoy no es un servicio regular de pasajeros. Lo que circula son excursiones, principalmente con material de vapor, dirigidas a aficionados y organizadas cuando hay carbón y hay viajeros suficientes. Conviene no darlo por hecho al planificar: si sale, es de lo mejor del viaje; si no sale, la estación se puede visitar igualmente.
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04 Cómo se arma el viaje
Cuatro o cinco días es la medida justa. Dos para el centro protegido, uno para las calles secundarias y los barrios bajos, y el resto de margen para el tren y para repetir. Repetir importa más de lo que parece: los edificios cambian por completo entre la luz dura del mediodía y la luz baja de las seis, y muchas de las mejores fachadas solo funcionan a una de las dos horas.
El mes tiene una respuesta clara. De septiembre a marzo el cielo está abierto —entre 213 y 291 horas de sol al mes— y llueve muy poco: en febrero, dos milímetros en todo el mes. Octubre es el mejor de todos, con el aire limpio recién acabadas las lluvias. Julio y agosto son los dos únicos que conviene evitar: 175 y 156 milímetros, y la mitad de sol.
Sobre el terreno, dos advertencias honestas. La primera: no esperes interpretación. Casi no hay visitas guiadas, ni paneles, ni material publicado sobre los edificios; el trabajo de identificar lo que estás viendo lo haces tú, y conviene llevarlo preparado de casa. La segunda: muchos interiores no se visitan, y muchas fachadas llevan décadas sin una reforma seria.
Y el aviso que decide. Eritrea recibe muy pocos visitantes y no tiene una industria turística montada, de modo que todo —permisos, alojamiento, desplazamientos— se organiza con antelación y con paciencia. A cambio te llevas algo que casi nadie tiene: una ciudad entera de los años treinta, en pie, habitada y sin una sola cola delante de ningún edificio.



